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Toda mi familia es religiosa menos yo

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Toda mi familia es religiosa menos yo. ¿Desde cuándo ocurrió esta separación? No estoy seguro, creo que desde mi adolescencia. El punto de quiebre comenzó como todo proceso de cuestionamiento: con algunas preguntas. ¿Existe Dios? ¿De verdad hay un cielo y un infierno? ¿Hay alguien allá arriba que está pendiente de todas mis acciones? Conforme fue pasando el tiempo más se agudizaban y afinaban mis preguntas y más era mi curiosidad y mis deseos de encontrar respuestas.

Desde que tengo memoria mis padres han creído en la religión católica. Han sido, pues, fieles devotos de una institución multimillonaria, que a lo largo de la historia ha provocado (y sigue provocando) infinitas “guerras santas”. ¿Mencioné que una de las creencias más populares de esta religión tiene que ver con el primer zombie sobre la faz de la tierra, que en vida se dedicaba a convertir el agua en vino y revivir a los muertos? ¿No? Bueno, pues les aconsejaría que lean la Biblia, es un compendio de historias muy interesantes.

Y bueno, del punto anterior podemos partir para señalar un punto muy importante por el que yo no comparto la religión familiar: la religión católica está basada en un “libro de libros”. ¿Cómo puede la gente basar sus creencias en algo tan ilógico, tan irracional? Deja tú eso, ¡las mismas “enseñanzas de la biblia te dicen que tienes que golpear a tu mujer!

Bueno, quizás me dejé llevar un poco, volvamos al asunto principal. Desde que hiciera mi primera comunión recuerdo que me resistía a asistir a las “clases de catecismo”. Imagínate, desperdiciar 3 horas de tu vida todos los días para ir a rezar a la iglesia, aprenderte de memoria oraciones y no sé qué tanta mamada más. ¡Eso sí era un castigo divino! Cuando por fin terminó ese año eterno de acudir a la iglesia —en el que desperdicié horas que bien pude haber utilizado para aprender un instrumento o, por lo menos, para dormir—, mis dudas se afianzaron y dialogando con mis amigos de la preparatoria me di cuenta de que el escepticismo era algo que todos compartíamos.

Claro, mis padres siempre insistieron en que retomara mis estudios bíblicos, o bueno, a quien engaño, ni siquiera vengo de una familia que se dedique de verdad a estudiar a fondo la biblia. No, mi familia es de la vieja escuela católica, que se conforma con aprenderse un par de rezos de memoria, acudir a la iglesia todos los domingos (eso sí, con sus mejores prendas), y tener algún objeto alusivo al catolicismo colgado en la sala o la cocina (una pintura de Jesús, la Virgencita de Guadalupe, o qué sé yo).

Pero mencionaba lo anterior porque durante mi adolescencia, al percatarse mis padres de la repulsión que sentía de su religión, decidieron mandarme en cierta ocasión a un campamento católico, “retiros” les llaman. Lo único divertido fue conocer a otros chicos y chicas de la edad que se habían visto envueltos en la misma situación. Recuerdo que una chica me llamó la atención en aquella ocasión, me acerqué, platicamos y salí victorioso con su MySpace.

También me viene a la memoria que en aquella vez uno de los actos que más me sorprendieron del campamento fue romper una alcancía de Jesús, para mostrarnos cómo cuando “obramos mal” estamos “lastimando a Jesús”. ¿Qué saqué de todo el campamento? Un reforzamiento de mi actitud repulsiva hacia la religión, algunas nuevas amistades, y quinientos pesos (el soborno de mis padres para que acudiera a la iglesia).

Conforme fui creciendo, mis ideas contra la religión fueron cobrando más fuerza. Las redes sociales tuvieron mucho que ver. Recuerdo que seguía en Facebook una página que se llamaba “Ateísmo Brillante”, donde siempre publicaban críticas contundentes contra el catolicismo y el cristianismo, y se armaban buenos debates, ¡cuántas horas no pasé leyendo esas conversaciones de extraños!

Finalmente, creo que el punto culminante de mi separación definitiva de la religión de mi familia ocurrió al entrar a la universidad. Durante mis estudios universitarios tuve la oportunidad de acercarme a pensadores de todo tipo: filósofos, críticos, sociólogos y escritores que durante su vida hicieron diferentes aportaciones para desnudar el gran negocio que representa el comercio de la Fe. Nietzsche fue uno de los filósofos que más me marcó, con su gran pronunciamiento de “Dios ha muerto” y su obra “El Anticristo”.

En fin, desde hace años que mi familia y yo no compartimos las mismas creencias religiosas. Sin embargo, me alegra poder afirmar que eso no ha sido un impedimento para que sigamos siendo una familia unida, que se respeta entre sí y cuyos miembros sabe demostrarse afecto y amor los unos a los otros. 


Dogo Filósofo

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