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La difícil tarea de educar a un niño en México

Niños-mexicanos

Esta vez voy a tratar un tema sobre el que tal vez algunos consideren que no tengo suficiente autoridad pero que considero necesario desarrollar: la educación de los niños en la sociedad mexicana.

Digo que tal vez no tengo autoridad porque no soy madre, sin embargo considero indispensable abordar este tema porque en México, como en otros países de América Latina, hay un problema de violencia de género que parece no detenerse y, además de todo, parece agravarse conforme pasan los años. Más allá de consejos, este texto invita a la reflexión de la manera más objetiva posible y buscando apelar, más que a la ausencia de una ideología o a la necesidad de otra, a la dignidad y el respeto que todos los seres vivos merecemos.

Empezaré por explicar el adjetivo de ‘difícil’ en el encabezado. No lo escribo pensando en que dicha cualidad sea inherente en la educación de un niño sino por el entorno en el que estamos rodeados, ya que es éste el que vuelve difícil una tarea que podría ser mucho más sencilla. Y ¿por qué considero que el entorno mexicano vuelve difícil la tarea de educar a un niño? Voy a empezar por lo más obvio, las emociones.

Este tema probablemente no sea exclusivo del país o la región latinoamericana, pero sin duda es de los primeros obstáculos que representa para los padres de niños o ‘pequeños hombrecitos’. Más allá de que vivimos en una sociedad que no fomenta el autoconocimiento y la contemplación de las emociones, en general, lo que sucede con los niños pequeños es que se les obliga a reprimirlas y a castigar la manifestación de las mismas si es que ven que otros niños están expresándolas pese a la prohibición ancestral.

Con este primer planteamiento, creo que vislumbro el primer obstáculo en la educación de un niño pequeño, ¿cómo educo a mi hijo para que escuche sus emociones, las observe y las atienda si corre el riesgo de ser castigado por los demás si es que las manifiesta? Pareciera, desde mi perspectiva, que nos encontramos frente a una situación sin remedio posible porque una de las opciones lo deja vulnerable frente a los demás y la otra lo hace parte del mismo mecanismo que tanto enferma a un gran porcentaje de las generaciones actuales de adultos.

Siguen después los temas que tienen que ver con los estereotipos y los gustos y, una vez más, todo se complica. Recuerdo que he visto infinidad de veces, en español, en inglés y no sé si hasta en italiano, ese meme de un niño como de seis o siete años cargando una muñeca y jugando a la casita. El texto dice “¿Dejas que tu hijo juegue con muñecas, acaso quieres que se convierta en un buen padre?” La primera vez que lo vi no pude más que sonreír, las siguientes veces me generó una sensación de bienestar en el pecho y sigo considerando que es hermoso, pero situando en el mundo real esta premisa, no sé qué tanto puedan congeniar con la educación de un niño.

Cuando yo era niña jugué mucho con cochecitos, en algún tiempo también veía fútbol y en general siempre me incliné más por actividades que se inclinaban más hacia el estereotipo masculino que el femenino, pero la verdad es que no sé qué tan viable sea fomentar esta apertura de roles con los niños porque, nuevamente, existe la posibilidad de que mi hijo hipotético sea el blanco de burlas para la mayoría de los niños porque no es como los demás.

Otras cosas, sin embargo, parecen ser más sencillas y quizá ya se han logrado cambiar. Muchos de los hombres que conozco saben que no necesitan de una mujer para comer porque también ellos tienen manos y pueden agarrar una sartén, ayudan en la casa porque saben que su madre ya hace bastante trabajando y que no tienen ningún impedimento para usar un trapeador y también hay hombres magníficos que respetan las decisiones que sus parejas tomen porque saben que son personas y no objetos a los que pueden dirigir.

Pero, ¿qué pasa con los niños? El entorno amenazador que rodea a los niños es generado por la actitud de los padres que continúan perpetrando el mismo modelo del ‘hombre fuerte, 100% heterosexual y poderoso’. En convivencia con el hijo al que criamos (o criaremos) se vuelve una especie de antídoto de las actitudes tolerantes y más abiertas. La ventaja al notar esta amenaza es que también se puede ver que el cambiar la educación en muchos hogares podría tener un efecto positivo y ‘facilitar’ la educación de los hijos pues esto tendría un efecto en el entorno de convivencia social entre varios niños.

No me queda, pues, más que pensar que para educar a un niño de una forma sana y respetuosa, digna y verdaderamente humana, es necesario también reeducar a los padres, tanto hombres como mujeres, para que encuentren una nueva forma de manifestar la identidad masculina, para que no vean la burla en las preferencias sexuales y para que no hagan el centro de las risas a quienes lloran o dicen lo que sienten.


Elisa E.

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Comments

Arturo Vega Estrada     29 June 2017

me agrada como lo planteas, si sería muy bueno que no hubiera limitaciones ni para niñas ni niños de hacer y jugar con lo que quieran. Creo que es importante y posible hacer cambios como esos en estos tiempos. En serio que le damos demasiada importancia a cosas superficiales, necesitamos CAMBIOS.