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Relaciones del siglo XXI: Smartphones

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Estás en una reunión de amigos. Todos están bebiendo una cerveza, hablando amenamente sobre la última película, serie o chisme. De pronto, uno empieza a reír, mientras todos lo miran algo desconcertados. Entonces él les muestra la pantalla del celular y todos ven el divertido meme que acaba de recibir. Ríen con él. Cinco minutos después, le hacen una pregunta a Juan, quien no responde. Está en el celular, discutiendo con su novia. Todos ignoran la situación: es usual, a todos nos ha pasado.

Porque están en todos lados. Posiblemente estés leyendo este artículo en uno. Los Smartphones se han convertido en el gadget del siglo. Tienen todo: la hora, tu agenda, apps de estudio, celular, reproductor de música, navegador de internet, cámara fotográfica, Uber… y redes sociales. Dios nos ampare.

La verdad es que nunca tuvimos oportunidad contra ellos. Llegaron y arrasaron con el estilo de vida de la gente, reconfiguraron nuestra manera de vivir, acelerando el ritmo en que nos desenvolvemos a diario. Va, el cambio es a menudo bueno. La tecnología siempre tiende a facilitar muchos aspectos de la vida cotidiana. Pero no es la panacea. Si a principios del siglo pasado se esperaba que la tecnología resolviera todos nuestros problemas, ahora nos podemos sentar a reírnos de la ingenuidad que tuvieron los partidarios de semejante disparate.

Nos encontramos ante un fenómeno social de magnitud sólo comparable al surgimiento de internet. El Internet prometía mucho: poner al mundo en contacto, generar cohesión entre los pueblos y proporcionar una vía para que los ciudadanos de diferentes naciones compartieran información. Esa es la palabra clave: la información. Se creyó que la información, al compartirse de manera casi inmediata y a distancias tan enormes, podría dar pie a cambios harto positivos a nivel mundial. Sin embargo, el resultado fue diferente: videos de gatos, pornografía y desinformación inundaron la red. Un reflejo del Zeitgeist.

Añadamos ahora las redes sociales, estudiadas y tan condenadas ya (pero en creciente popularidad y más poderosas que nunca), que se han vuelto tan vitales en el funcionamiento diario de las personas por incontables razones, la mayoría de ellas nada nobles y ampliamente vacuas (incluso ideológicas). Si por último agregamos a la ecuación la portabilidad… tenemos al monstruo que portamos en el bolsillo. El monstruo cuya pantalla apagada y oscura revela su naturaleza: un agujero negro, vacío, en el que nosotros somos quienes se vierten y generan el contenido. Un agujero insustancial y sin fondo donde caemos sin freno, que nos absorbe.

¿En qué situación quedan las relaciones sociales? Ya lo habrás visto. Amigos tendrás que ya no te miran a los ojos cuando están contigo, sino que están 'scrolleando' sin parar en Instagram, Facebook, Tumblr o están “comunicándose” con otras personas que no se encuentran frente a ellos. La dinámica de la convivencia ha mutado. Se ha deformado hasta convertirse en una vil caricatura de lo que alguna vez fue. Es intrascendente. Amistades enteras ya no dependen del conocimiento profundo de la otra persona, de gustos compartidos o de espíritus entrelazados, sino de memes.

Y las parejas la tienen peor. Si ya había un declive en las relaciones amorosas formales, ahora además son fugaces. No es difícil, verán, que ahora te manden una foto de tu pareja en un bar con otra persona. No es inusual que estés con tu pareja y estés coqueteando con 4 personas más por Messenger. La relación es frágil, insignificante y al final del día tienes 800 amigos en Facebook. Además, siempre puedes abrir Tinder. No hay necesidad de cuidar tu relación. ¿Para qué ver a tu pareja a los ojos y decirle “te amo”, cuando puedes ver sus ojos en una foto de perfil, darle “Me encanta” y escribir un comentario sobre lo importante que es en tu vida, para que todos vean? ¿Para qué cuidarla, si le acabo de mandar tres “changuitos” a otra persona en WhatsApp? ¿Para qué despegar la mirada del celular?

Tenemos que tomar el timón. Aprender autocontrol. Replantearnos a dónde nos está llevando este actuar. Y claro, preguntarse sobre el futuro es algo que aterra a esta generación de lo inmediato. Pero es que no podemos seguir sentados unos al lado de los otros, en silencio, mientras nos mandamos un emoji y un “jaja”. Estamos perdidos, es cierto. Pero no condenados. Podemos escapar del agujero negro.


Dogo Filósofo

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