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Comunicación familiar

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La comunicación es una disciplina social que se encarga de estudiar las interacciones humanas en todos sus niveles, desde el significado de las palabras, hasta el proceso de creación, emisión, recepción e interpretación de mensajes. Esta hija bastarda de la antropología es una ciencia indispensable para entender las relaciones humanas y, combinada con ramas como la psicología y la sociología, se pueden llegar a estudiar a profundidad diferentes fenómenos de gran importancia para la convivencia social, por ejemplo, la comunicación familiar.

La comunicación familiar podría determinarse como el conjunto de interacciones, relaciones simbólicas y semióticas que se desarrollan en un entorno de familia, donde todos los individuos que participan en el proceso comunicativo tienen una relación genética que los convierte en familia y, que a la par, han desarrollado patrones de convivencia al interior del mismo grupo.

El problema de la comunicación familiar se puede abordar desde distintas perspectivas. Sin embargo, aquí haremos un repaso general del asunto. Podemos iniciar mencionado que, al igual que en todo grupo social, en las relaciones familiares la comunicación también está determinada por los roles, el nivel de autoridad que ostenta cada individuo, además del nivel jerárquico en la toma de decisiones. En fin, la familia también atraviesa un plano político. Como dijera Manuell Castells, teórico de la comunicación, hablar de comunicación es hablar de poder.

Así pues, al haber relaciones de poder al interior de una familia, sucede que muchas veces los conflictos comunicativos en este grupo social surgen porque hay una mala distribución del mismo. El padre y la madre suelen ser los sujetos que mayor autoridad poseen, aunque según el modelo familiar tradicional, quien ocupa el puesto “más alto” sería el padre, pues la sociedad patriarcal siempre ha privilegia el cuidado y el sustento de la familia sobre el cuidado que la madre hace de los hijos y de la casa.

Ante esta situación, muchos de los problemas comunicativos de las familias se derivan a que los padres no saben cómo comunicarse con sus hijos sin mediar el intercambio de mensajes a través de una orden, un regaño o una llamada de atención.

Pongamos un ejemplo. Uno de los hijos de una familia de cuatro personas se levanta temprano por la mañana a la cocina para hacerse algo de desayunar. Una vez en el lugar en cuestión, se sirve una taza de café y mientras prende la estufa para prepararse un huevo, su padre se asoma y lo primero que le dice cualquier regaño antes que un “buenos días” o un “cómo dormiste anoche”.

Lo mismo puede ocurrir con la madre en otro escenario. Después de llegar cansado de la escuela, el mismo joven se quita los zapatos en la sala de la casa y se dispone a descansar un momento. Sin embargo, no pasan ni cinco segundos cuando la madre entra y empieza a armar un escándalo por que los zapatos estén tirados en la sala y no en donde “deberían de estar”. No hay un “¿cómo te fue?” o un “¿qué tal la escuela hoy?”, sino una llamada de atención es el primer mensaje enviado y con el que se inicia la interacción, que de antemano ya predispone mucho el transcurso de la conversación subsecuente.

Este tipo de problemas son muy comunes en muchas familias, sobre todo en aquellas que tienen valores muy conservadores, por ejemplo, de corrientes religiosas católicas. En este tipo de escenarios la autoridad de los padres suele alcanzar un punto muy alto, por lo que la comunicación familiar suele ser uno de los mayores problemas a los que se enfrentan tanto padres como hijos al momento de querer entablar una buena y armónica convivencia.

Lo que se recomienda hacer en este tipo de casos es lo mismo que se propondría en una sociedad cuando se impone una dictadura: promover la libertad de expresión, la tolerancia y la democracia. Llevando estos dos principios a la práctica de la convivencia familiar, será más fácil iniciar un diálogo que lleve a conversaciones y convivencias más llevaderas, y poco a poco el despotismo debe tender a la baja.

Una recomendación para ejercer estos principios pudiera ser proponer que todos tengan el mismo derecho al momento de tomar decisiones y que no sólo los padres sean quienes tengan la autoridad para dictaminar qué se puede hacer y qué no. Quizás invitar a los padres a alguna de las actividades que uno como hijo realiza también sea una vía para abrir espacios en común entre ambas partes de la familia.

Hay que recordar que padres e hijos siempre están separados por varias generaciones, por lo que encontrar puntos de encuentro a través de actividades recreativas, deportivas o lúdicas es una buena forma de crear vínculos más fuertes entre los miembros de una familia, que, finalmente, devienen en una convivencia más empática con aquellos con los que compartes tu hogar. 


Dogo Filósofo

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