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¿Cómo nos acostumbramos a la corrupción?

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La corrupción. La usual e incómoda corrupción.

En México se traduce como el pan nuestro de cada día.

Cuando manejan, caminan o van en el transporte público, ¿alguna vez han puesto atención a lo que pasa a su alrededor? Es decir, realmente observar el entorno, el comportamiento habitual de nuestra sociedad. Eso que es tan cotidiano que pasa desapercibido.

Hace poco, la autora del presente artículo iba circulando por avenida Ejército Nacional. El tránsito era muy lento así que al observar con detenimiento, sólo hubo una terrible vivencia: autos esperando la luz verde del semáforo, invadiendo las líneas peatonales; otros, en sentido contrario para dar vuelta donde no deben; un mercado invadiendo la vía pública.

Y lo peor: una patrulla estacionada, estorbando, sin hacer nada.

Lo más triste es que hemos llegado a dos extremos: por un lado nos asombramos al ver actitudes educadas, como dar el paso, ser respetuoso y guardar la calma ante situaciones como manifestaciones y el tránsito que conlleva; y por otro lado, hemos perdido el asombro al escuchar noticias como fosas clandestinas, asesinatos a periodistas, secuestros…eso ya no nos sorprende.

Lamentablemente, en México, la mayoría de la población nos hemos acostumbrado a la corrupción.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Perdimos la empatía. Simplemente ya no nos importa: uno más, uno menos, ¡da igual! Si vemos que una mujer golpea a un hombre en la calle, nos burlamos. ¿Por qué dejar pasar a alguien que pone su direccional con tanto tránsito? ¡Yo primero! Igual que en el transporte público, ¿por qué dejar salir a los pasajeros del vagón si yo quiero entrar? ¡Yo voy primero!

Es nuestra responsabilidad como ciudadanos, como padres, como hermanos, como amigos, como sociedad, cambiar nuestra realidad, aunque sea un poquito. Por el bien de las generaciones próximas, por el bien de todos nosotros.

Alguna vez escribí algo así:

Comportarnos educadamente no quita nada. Al contrario, brinda calidad de vida.  

Ahora leamos sólo las letras en negritas. 


Angie Tovar

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