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Las 9 cosas que no deberías decir a tus hijos

Padre-hija-hablando

Trataba de hacer dos cosas al mismo tiempo; cocinar (en la cocina) mientras descifraba un papeleo (en el cuarto de al lado). Me interrumpían una y otra vez con peticiones de bocadillos, lloriqueos por pintura derramada, preguntas sobre qué es lo que comen las ardillas y discusiones sobre si las nubes podrían ser azules y las flores verdes. ¿Y mencioné la hernia de disco que me dolía aún más que la cabeza?

“¡Dejenme En Paz!”

Un padre que no desea un descanso ocasional es un santo, un mártir o alguien que en mucho tiempo no ha tenido tiempo para sí mismo que ha olvidado los beneficios de recargarse. El problema viene cuando diariamente le dices a tus hijos “No me molestes” o “estoy ocupado”, se guardan ese mensaje, “Comienzan a pensar que no tiene caso hablarte porque siempre tratas de alejarlos”. Si creas ese patrón cuando tus hijos son pequeños, entonces puede que ellos ni se preocupen por decirte cosas cuando sean más grandes.

Desde la infancia, los niños deben tener el hábito de ver que sus padres se toman un tiempo para ellos. Usa válvulas de liberación de presión, como una niñera, o intercambiar tiempos con tu pareja o un amigo e incluso ponerle un video a tu hijo para que puedas tener media hora de relajación y recuperarte.

Todas esas veces que estás preocupado (o estresado, cómo yo lo estaba cuando exploté frente a mis hijas), establece algunos parámetros de antemano. Puede que haya dicho “Mamá tiene que terminar esto, así que necesito que pinten despacito por algunos minutos. Cuando termine, iremos afuera.”

Sólo se realista. Un bebé y un niño pequeño no pueden entretenerse por sí mismos por una hora entera.

“Eres tan…”

Las etiquetas son atajos que engañan a los niños: “¿Por qué eres tan malo con Katie?” o “Cómo puedes ser tan torpe” Algunas veces los niños alcanzan a escuchar nuestras pláticas: “Ella es la tímida”. Los niños pequeños creen lo que escuchan sin cuestionar, incluso si es sobre ellos. Así que las etiquetas negativas pueden convertirse en profecía autocumplida. Incluso las que parecen neutras o positivas (“tímido” o “inteligente”) pueden encasillar a un niño y crearle expectativas innecesarias e inapropiadas.

Las peores son las que quedan peligrosamente marcadas. Muchos padres pueden recordar amargamente cuando sus propios padres les dijeron algo como “Eres tan tonto” (o “flojo” o “sin remedio”)

Un enfoque mucho mejor es afrontar el comportamiento en específico y dejar los adjetivos sobre tu hijo de lado. Por ejemplo, “Heriste los sentimientos de Katie cuando dijiste que nadie jugara con ella. ¿Cómo la podemos ayudar a que se sienta mejor?”

“No llores.”

Variaciones: “No estés triste”, “no seas un bebé”, “Ya, ya, no hay razones para tener miedo”. Pero los niños se molestan lo suficiente como para llorar, en especial los pequeños, que no siempre pueden describir sus sentimientos con palabras. Ellos se ponen tristes. Se asustan. Es natural querer protegerlos de ese tipo de sentimientos, pero decir “No estés…” no hace que el niño se sienta mejor, incluso puede mandar un mensaje diciendo que sus emociones no son válidas, que no está bien ponerse triste o asustarse.

En vez de negar que tu hijo se siente de una manera en particular, cuando obviamente lo hace, reconoce la emoción desde el principio. “Debe ponerte muy triste cuando Jason dice que ya no quiere ser tu amigo”.  “Sí, las olas pueden ser peligrosas cuando no estás acostumbrado a ellas. Pero estarémos aquí juntos, deja que te cosquilleen los pies. Te prometo que no te soltaré la mano”.

Nombrando los verdaderos sentimientos que tu hijo tiene, le darás las palabras para expresarse por sí mismo, y le mostrarás lo que significa ser empático. Al final, llorará menos y en su lugar describirá sus emociones.

“¿Porqué no puedes ser como tu hermana?”

Puede parecer de gran ayuda tener a un hermano o amigo cómo un ejemplo a seguir. Puede que digas “Mira lo bien que Sam amarra su chamarra” o “Jenna ya va al baño, ¿Por qué tú no puedes?” Pero las comparaciones casi siempre son contraproducentes. Tu hija es ella, no Sam o Jenna.

Expertos dicen que es natural que los padres comparen a los niños para tener un marco de referencia sobre sus etapas o su comportamiento.

Pero no dejes que tu hijo te escuche hacerlo. Los niños se desarrollan a su propio ritmo y tienen sus propios temperamentos y personalidades. Comparar a tu hijo con alguien más implica que deseas que sea diferente.

Tampoco hacer comparaciones ayuda a cambiar el comportamiento. Sentirse presionada para hacer algo de lo que no se siente lista (o no le  gusta hacer) puede ser confuso para un niña pequeña  y puede perjudicar su confianza personal. Incluso puede resentirse contigo y decidir no hacer lo que quieres, en una prueba de voluntades.

En lugar de eso, apoya sus logros actuales: “increíble, pusiste ambos brazos en la chamarra tú solita” o “Gracias por avisarme que tu pañal está sucio”.

“¡Eres mejor que eso!”

Cómo las comparaciones, pequeñas burlas pueden doler de maneras que los padres no se imaginan. Por ejemplo, un niño realmente puede no saber mejor. Aprender es un proceso de prueba y error. ¿Tu hijo enserio sabía que puede ser difícil servir de una jarra pesada? Tal vez no se veía tan llena, o fue diferente con la que se pudo servir exitosamente en su escuela.

Incluso si cometió el mismo error el día anterior, tu comentario no es productivo ni alentador. Dale a tu hijo el beneficio de la duda, y sé específico. Di “Me gustaría que mejor lo hicieras de esta manera, gracias”.

Frases similares incluyen “¡No puedo creer que hayas hecho eso!” y “¡Ya era hora!” Pueden no sonar dañinas, pero no deberías decirlas tan seguido. Se apilan y el mensaje oculto que el niño escucha es: “Eres una molestia y nunca harás nada bien”.

“¡Basta, o te voy a dar razones para llorar!”

Las amenazas usualmente son el resultado de frustración paterna y raramente son efectivas. Aventamos advertencias como “¡haz esto o vas a ver!” o “¡Si haces eso una vez más, te voy a pegar!” El problema es que tarde o temprano debes cumplir la amenaza o pierde su poder. Se dice que las amenazas de pegarles suelen llevar a más nalgadas, lo que por su cuenta ha demostrado ser una forma ineficiente de cambiar el comportamiento.

Entre más pequeños, más le toma a una lección absorberse. “Estudios han demostrado que las probabilidades de que un niño de dos años cometa una travesura otra vez en el mismo día es del ochenta porciento, no importa el tipo de disciplina uses.

Incluso con niños más grandes, ninguna estrategia de disciplina rinde frutos más de una vez. Por eso es más efectivo tener un repertorio de tácticas constructivas, como redireccionamiento, sacar al niño de la situación, o tiempos fuera, en vez de confiar en esos métodos que han demostrado tener consecuencias negativas, incluyendo amenazas verbales y las nalgadas.

“¡Ya verás cuando papi llegue a casa!”

Este cliché familiar de paternidad no sólo es otra forma de amenaza, también es disciplina diluida. Para que sea efectiva, debes encargarte de la situación inmediatamente por ti misma. La disciplina que se pospone no se conecta con las consecuencias de las acciones de tu hijo. Para el momento que el papá llega a casa, es muy probable que tu hijo ya se haya olvidado de lo que hizo mal. Alternativamente, la agonía de anticiparse un castigo puede ser peor de lo que el crimen original merecía.

Pasar la pelota a otra persona que también socava tu autoridad. tu hijo puede pensar: "¿Por qué debería escuchar a mamá si ella no va a hacer nada de todos modos?"  No menos importante, estás poniendo a tu pareja en un papel no merecido del policía malo.

“¡Apúrate!”

¿Quién no ha dicho estas inmortales palabras en este mundo lleno de citas, horarios sobrecargados, problemas para dormir y gritos de tránsito?

Ciertamente, cada padre cuyo bebé no puede encontrar sus zapatos o su cobijita o  quien es felizmente ajeno a todo menos a ponerse los calcetines “por sí solo” las ha dicho. Pero considera el tono de tu voz al pedirle a un niño que se apure, y qué tan seguido lo dices.

Si empiezas a quejarte, chillar o suspirar cada día, poner las manos en tu cadera y mover tu pie, cuidado. Hay una tendencia cuando nos apuramos a hacer sentir a nuestros hijos culpables por hacer que nos apuremos. La culpa puede hacerlos sentir mal pero no los motiva a moverse más rápido.

“¡Buen trabajo!” o “¡Buena niña!”

¿Que puede estar mal con un elogio? Refuerzo positivo, después de todo, es una de las herramientas más efectivas que un padre tiene. El problema viene cuando el elogio es vago e indiscriminado. Decir “Buen trabajo” por cualquier cosita que tu hijo haga, (desde terminarse su leche o hacer un dibujo) puede volverse insignificante. Los niños comienzan a ignorarlo. También pueden ver la diferencia entre elogiarlos por hacer algo simple o un elogio por algo con un esfuerzo verdadero.

Para salir de la costumbre de tal efusividad:

  • Celebra solo esos logros que requieran de un esfuerzo real. Terminar un vaso de leche no es suficiente. Tampoco hacer un dibujo, si tu hijo es el tipo de los que hace docenas de ellos al día.
  • Sé específico. En vez de decir “que hermoso trabajo” di, “que colores tan brillantes y bonitos elegiste para las manchas del perro” o “Veo que dibujaste la historia que leímos esta mañana”.
  • Elogia el comportamiento en vez de al niño: “Estuviste muy callado con tu rompecabezas cuando terminaba mi papeleo, justo cómo lo pedí”.

Hubiera sido más lindo si hubiera dicho eso a mis hijas en vez de volverme un volcán en erupción. Afortunadamente, estoy segura de que tendré otra oportunidad el día de mañana.


Taciana Bañuelos Sauceda

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