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El gran misterio de la consciencia

cuerpo, hombre, espiritualidad

Enfócate por un momento en tu respiración, viendo cómo entra y sale el aire de tus pulmones. Tienes una sensación en tu cuerpo. Ahora escucha a tu alrededor o mira el monitor enfrente de ti, como si estuvieras viéndolo por primera vez, presenciando sus formas, colores y figuras. ¿Cómo podrías describir esas sensaciones a un ciego o a un sordo? Al comenzar a reflexionar, te darás cuenta de que no existiría ninguna posibilidad de que pudieras transmitirle un atardecer, o una noche de luna, a quien nunca ha podido ver.  

Todos nuestros órganos sensoriales son ventanas que nos permiten acceder a diferentes partes de la realidad: auditivas, visuales, táctiles, olfativas o gustativas; mas ellos no crean esas experiencias. Los ojos reciben luz del ambiente, la cual llega al cerebro y es interpretada por éste. A partir de entonces surge el mundo, con sus tonos y tinturas, tan familiares para nosotros en nuestra vida cotidiana. Los sentidos no dan lugar a la consciencia, sino que dan entrada a cierto tipo de información física (rayos de luz, vibraciones de aire), la cual es transformada en experiencias conscientes.  

La experiencia directa es nuestra facultad más primaria, fundamental y esencial, pues no podríamos pensar, enamorarnos o entristecernos sin ella. ¿Pero cómo surge? ¿En qué consiste? Este gran misterio ha fascinado a innumerables filósofos y científicos, sean de la antigüedad o del mundo contemporáneo, hayan nacido en Oriente u Occidente. Lo cierto es que nuestra mejor neurociencia es incapaz de ofrecernos una respuesta.

El problema surge al tratar con dos dimensiones diferentes del universo: su parte material y su parte mental. René Descartes – el famoso padre de la modernidad, fundador de la geometría analítica – vio esta diferencia con mucha claridad. Por ese motivo separó a la realidad en dos substancias diferentes, atribuyéndole nuestra consciencia al alma y dejando al cuerpo como una mera máquina, un artefacto esparcido en el espacio. De acuerdo con él, ambas entidades se comunicaban a través de una pequeña región cerebral conocida como la glándula pineal. A esto se le llamó dualismo cartesiano.

Pero muchos consideraron que esta opción era inaceptable. ¿Cómo es posible que dos cosas totalmente opuestas, totalmente diferentes en su esencia, puedan comunicarse? Para que hubiera un puente entre ellas sería necesario que tuvieran algo en común. Por ello, numerosos filósofos, científicos y pensadores han decidido rechazar categóricamente el dualismo, volcándose en el puro materialismo del cerebro.

Esta alternativa enfrenta sus propios desafíos, pues no parece haber ninguna manera de explicar cómo surge nuestra mente a través de sus bases materiales. Nuevamente se presenta el desafío de entender cómo se relacionan dos naturalezas tan distintas. Si un científico explica todas y cada una de nuestras estructuras cerebrales, sin perder ningún detalle, sigue sin conocer cómo se siente ser nosotros. El mundo pareciera seguir teniendo dos perspectivas: el del científico que ve nuestra materia gris en un escáner y el de la persona que vive su vida. Es como si tratáramos de explicar cómo se siente ser un murciélago a partir del conocimiento de su sistema nervioso (este fue, de hecho, un famoso experimento mental concebido por Thomas Nagel, profesor de filosofía en la universidad de Nueva York).

De acuerdo con algunos especialistas, nunca resolveremos este misterio, una postura conocida como “misterianismo”. Otros piensan que el problema no existe, pues nuestra consciencia es una ilusión, un engaño creado por nuestro lenguaje. Pero hay quienes proponen teorías radicales (al menos para el materialismo), al afirmar que no existe una diferencia real entre mente y materia: la materia es mente y la mente es materia. Ambas son dos caras distintas de una misma realidad subyacente.  

¿Y tú qué piensas? ¿Qué nos dice el problema de la consciencia acerca de nuestro mundo?


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