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¿Por qué amo a Dios?

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“Tienes cáncer de mama en etapa cuatro...”

Siete palabras que cambian la vida. Después de que el doctor las pronunciara, sólo pude pensar en mi hijo Manuel. Alonso, el mayor, ya está casado y tiene familia propia. Isaac, el pequeño, tiene a su padre que lo ama. Pero Manuel... Manuel está tan solo y desubicado. ¿Y ahora qué pasará con él?

“... así que dentro de cinco días extirparemos el seno izquierdo y se someterá a cinco quimioterapias.”

Al salir del consultorio se vino a mi mente la noche anterior. Manuel llegó con tres amigos cayéndose de borracho. Sentí tanta rabia que los corrí a gritos.

Ayúdame Dios, dame entendimiento para iluminar a mi muchacho.

Al día siguiente mi hijo seguía borracho de tanta fiesta. Al despertar me vio sentada en la mesa de la cocina. Sin decir nada (porque seguía enojado por cómo había corrido a sus amigos) abrió el refrigerador y tomó una cerveza. Al destaparla, le dije: “hijo, tengo cáncer de mama y he decidido no hacer nada al respecto; no pienso someterme a las horribles quimioterapias”. En ese momento, Manuel rompió en llanto y me abrazó. Tenía tres años que no lo hacía. “Por favor, mamá, reconsidera el tratamiento”, decía él. Yo en todo momento mostré mi postura; no, no y no. “¡Eres tan terca, mamá!”, y azotó la puerta. Yo fui a mi recámara y me quedé dormida hasta el día siguiente.

Al despertar, en mi sala estaban mis hermanas e hijos. Era una intervención. “Patricia, piensa en tus hijos”, decían ellas. Los dejé hablar por dos horas hasta que me harté y gritando respondí: “¡Es mi vida y dije que no me someteré a quimioterapia! ¡Y mucho menos a una mutilación! Punto final.”

Lo cierto es que nunca había visto esa mirada en mi hijo Isaac, Manuel estaba sobrio por primera vez en mucho tiempo y Alonso, siempre platicador, no dijo una sola palabra. ¿Será que en verdad estoy siendo muy terca? ¿Será esto una señal para volver a empezar? Dios, con tu enorme sabiduría te pido de favor, con toda la humildad de mi corazón, que me mandes una señal; ¿me someto o no al tratamiento y a una extirpación? ¿Valdrá la pena pasar todo eso, mi Señor? Me pongo en tus manos...

En ese preciso momento sonó el teléfono. No podía creer lo que leía en el identificador de llamadas. Sí, "Jesús". Respondí titubeando un “bue-bueno”, y una voz dulce, de mujer, me dijo: “Somos parte de la legión de María y su número fue elegido al azar. Queríamos comentarle que estamos en una cadena de oración y saber si necesita unirse a la fuerza de las plegarias”. Quedé atónita. No pude evitar contarle mi historia. Ella también quedó sorprendida al encontrarme pero más me sorprendió su nombre: Emma, como mi mamá quien había muerto un año antes.

Ahí estaban las señales. Mi Dios, Jesús y la Virgen María me decían que me sometiera a todo, que valía la pena seguir viva. Así que accedí.

La extirpación no fue tan difícil como la primer quimio; era tan agresiva que sentía cómo me quemaba por dentro. Es un dolor que no le deseo a NADIE, jamás. En la segunda quimio, muy enérgica, le pedí al Señor que me acompañara: “dijiste que sí, Señor, ahora te pido me acompañes en el duro tratamiento”. Y lo hizo porque no me volvió a doler. Además, mis hijos no me dejaron nunca. Estuvieron conmigo en todo momento. Manuel dejó el alcohol, encontró una buena mujer que lo ama y me convirtió en la abuela de la nena más preciosa del mundo; mi cariñito, mi cielo: mi hermosa Eva.

Hoy llevo siete años libre de cáncer y desde entonces pertenezco a la Legión de María; Emma se convirtió en mi mejor amiga.

Esta es la historia del porqué creo en Dios. No busco imponer mis creencias, sólo busco que sepan que Dios existe, que está presente en todos lados y mostrarles Su Bondad y el inmenso amor que Él nos tiene.

¡Gracias Virgencita por ayudarme a superar esta prueba!

¡Gracias a ti Señor Jesús por tantas bendiciones!

¡Gracias, gracias Diosito por tu misericordia!

Les recomiendo el poema de “Me encanta Dios”, de Jaime Sabines.


Angie Tovar

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