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Fumar es sexy

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Sales a la calle. Comienzas a caminar mientras miras sobre el asfalto el camino de colillas acumuladas que te indican que alguien igual a ti ha pasado por aquí en muchas otras ocasiones. Te preguntas entonces por la vida de todas esas personas mientras sigues caminando hacia tu destino, con tus cuestionamientos partiendo de un sólo hábito: fumar. “¿Todos esos cigarros habrán sido fumados bajo qué premisa? ¿Habrán sido fumados por placer? ¿Para acompañar la miseria y el vacío de sus vidas? ¿Lo habrán hecho como hábito heredado de algún familiar?”. Enciendes uno de tus Camel y sigues recorriendo la oscuridad de la ciudad dormida.

En la esquina de la otra cuadra hay un vagabundo hurgando en el bote de basura por comida o ropa. Tú sigues tu camino, decidido a no ofrecerle un cigarro, aunque no sabiendo si es por el egoísmo de no querer compartir tu humo, o por esgrimir la absurda justificación de no querer dañar los pulmones de tan pobre hombre.

En tu chaqueta llevas el encendedor que te regaló tu ex novia antes de largarse con aquel cabrón. Lo llevas contigo a todas partes para no olvidar que las personas que más quieres son las que eventualmente también más te van a lastimar. Por lo menos eso es lo que la experiencia a ti te ha enseñado. Recuerdas entonces cómo después del sexo, del gran sexo, ella solía prender uno de sus Lucky Strikes y la figura seductora que formaban sus labios cuando sacaba el humo. Desde aquel adiós te prometiste no volver a comprar unos Lucky Strikes, mucho menos salir con alguna chica que guste de esa marca de veneno.

A dos cuadras del bar comienzas a preguntarte si vale la pena haber salido de tu apartamento esta noche, siendo que bien pudiste haber pasado la noche escuchando alguno de tus discos favoritos en casa, en compañía de los 12 soldados que todavía reposan en tu cajetilla. Si algo me encanta de portar cigarros conmigo es que ellos no te abandonan por nada del mundo, te siguen a cualquier destino al que decidas ir, por más miserable que sea, por más absurdo o ridículo que este resulte.

Contemplas a lo lejos la señal Neón de “La Cantina”, de cuya puerta emana una ligera estela de humo —quién sabe de qué marca—, invitándote a unirte a la fiesta de los desgraciados que ahí adentro encuentran su espacio de torcida hermandad.

Entras al lugar tras saludar a Mike, el vigilante eterno de la entrada, y te diriges a la barra para pedirle a Joaquín un buen trago de whiskey; es noche de disfrutar la perdición. En la rockola suena una vieja canción de los Scorpions y mientras llega tu primer trago metes la mano a tu chaqueta para continuar con la destrucción gradual pero segura de tus pulmones y tu vida.

Cuando ya tienes el siguiente cilindro entre tus labios la ves entrar por la puerta. Te congelas, pero superada ya la etapa romántica de tu vida la petrificación dura apenas 2 segundos. Prendes tu cigarrillo y sigues en lo tuyo. ¿Por qué una mujer vendría a un lugar como éste?, te preguntas. La chica se sienta en la barra y también pide un whiskey. De su falda emana un olor a coño que se te antoja sucio. O quizás es que la nueva versión de los Camel ya viene con hormonas sexuales incluidas.

Con su trago en mano, la chica voltea hacia ti y con un gesto seductor te invita a brindar con ella mientras alza su vaso a la altura de los ojos.

-Por un buen cigarro- dice, chocando de inmediato su recipiente con el tuyo. Saca entonces una cajetilla de su bolsa, en un movimiento lento que se extiende por el aire y te permite pausar el tiempo para consternarte pensando "Por favor que no sean Lucky Strikes, que no sean Lucky Strikes…".

Los cigarros son Camel. Se lleva un soldado a la boca, lo enciende con un fósforo sacado de la nada y tras exhalar el humo que sale de entre sus labios rojos hechos por Dios para el placer humano, te pregunta por tu nombre. No dices nada. Tu mente ha volado lejos, muy lejos. En tu cuerpo sólo permanece una certeza: fumar es jodidamente sexy. 


Dogo Filósofo

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Comments

Sarahí Hernández     21 August 2017

Linda historia