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A veces el amor cura

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Antes solía quedarme en la segunda estación del metro a las 6  y 30 de la mañana, la noche se largaba a mis espaldas y yo no lo lamentaba porque la rutina me envolvía en el amor sencillo de lo invisible, es decir, las aves y la alegría del amanecer. De alguna forma recordaba tristemente el aroma de ciertos libros, un perfume muy dulce de mi madre cuando joven y mi primera comunión, esta especie de enlazamiento irregular de cosas tan lejanas era mi día a día.

Yo caminaba con mi largo cabello enredándose entre las plantaciones secretas del parque abandonado, apenas era octubre y mi padre cortaba flores amarillas del  jardín para la vecina. Fue hace un año,  pero me he mudado y ya no tomo el tren a las seis de la mañana. Actualmente escribo en mi diario para hablarme a mi misma:

“Ana, mi nuevo empleo es interesante, ahora observo los pájaros nocturnos y no le tengo miedo a la noche”

La nueva casa permanece vacía a excepción de las noches donde las figuras carnívoras la visitan y crean sombra en las paredes, entonces me despojan de mi nombre, me transformo en un personaje, todo lo que no soy ni poseo; a veces siento un poco de vergüenza por las marcas que traspasan el antifaz, tal vez es vergüenza por mi padre. Sí, mi padre, él solía cortar flores del jardín para aquella mujer que mi madre llamaba prostituta.

Camino hacia el apartamento de mi novio mientras enciendo un cigarro demasiado amargo y recuerdo a mi madre. Al huir de casa nunca pensé llegaría a extrañarla, odié mi imagen retratada en aquel vivo espejo de sus ojos. Mi madre creía conocer mi cuerpo como su propia mano, hoy mi madre se equivoca.

-No fui lo que ella quiso- digo.
-Nunca somos lo que ellos quieren, por lo menos tienes empleo- me responde el reflejo en el espejo.


Pero aquel reflejo no es Ana, no soy yo frente al espejo, y mi empleo carnívoro ha dolido por dentro tanto tiempo que en realidad no sé si debo decírselo. Decirle cuántas noches he llorado con mi cuerpo sangrante y he implorado una nobleza que nunca poseeré. No puedo arrancarme la piel vendida, ofertada a animales impetuosos. Los moretones en las piernas y pechos, el perfume ajeno incrustado como un golpe y la suciedad en la piel como si no pudiese amarme. Trabajo de 11 pm a 4 am, en una casa estable, tengo mi propia habitación y una reputación.

Tomo de la mano a mi novio como si fuese la primera piel que tocara, su tersura y la blanca mano perfumada me recuerda a mi madre. Lloro porque soy el hombre que toma mi piel y la chamusca hasta convertirme en cenizas.

-¿Me amarías a pesar de todo?
-¿Pasa algo? En verdad te amo, Ana. ¿Por qué?, ¿No lo crees?- me dice.


Corro mi cabeza hasta su hombro y descanso. En el sueño observo el pasillo de aquella carnicería nocturna donde desfila mi cuerpo desollado, vendido por partes, mi carne pasiva inaugurando el ministerio del amor, la fiesta, los embriagantes sudores ajenos conjugados con mi frío sudor. Y lamento no poder darle a este cuerpo donde ahora descanso algo más que sólo mis pedazos, la figura de una mujer mutilada.

-Yo te amo más- le digo con los ojos cerrados.

Y él me mira, coloca sus brazos alrededor de mí y besa mi frente. Tal vez mi carencia se hunda y difumine en la noche de sus brazos.

Paola Carolina Valencia Villalobos

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Comments

Casia Cifres Valdivia     4 December 2017

Muy interesante un poco oscuro y con algo de misterio y un final feliz.

Laura Patricia Mateo Rojo     1 December 2017

Algo muy profundo, interesante una historia algo triste con un cierto final algo feliz.