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El Holandés Rojo (Parte 2)

blanco, negro, ventana, dibujo, chimenea, sala

–El Holandés Rojo, así lo había traducido el capitán. Me pareció extraño que el nombre estuviera escrito en inglés sobre la cubierta. El barco me pareció muy viejo para poder navegar hasta ahí, en medio de la nada. La hiedra ya había hecho de la suyas con el barco, estaba por doquier.- Los labios de Said temblaban. –Roland, ¿podrías traerme un vaso de whisky? Tengo una botella en la alacena.- Asentí en silencio y caminé por su casa, la alacena estaba enseguida del refrigerador, algo olía mal. No quise fisgonear pero la curiosidad me venció y abrí el refrigerador, la luz automática no funcionaba. Estaba relativamente vacío pero la suciedad era exagerada y apestaba a carne podrida; quizás fue mi propia imaginación, pero creí ver larvas de mosca abrirse paso por la superficie negra de la putrefacta carne. Cerré la puerta asqueado y me dirigí a la alacena. La situación era similar, los gorgojos se habían comido todo el arroz, golosinas y de vez en cuando se asomaban en un frasco de café abierto. La botella estaba detrás.

Cuando regresé a la sala, Said estaba sollozando con una mirada que parecía caminar vivamente en su recuerdo, la imagen me daba escalofríos. Le tendí el vaso que me había pedido. Said se lo acabó de un trago.- ¿Más?- pregunté.

-No, Roland. Con eso me basta.- Said se secó las lágrimas del rostro y me vio con severidad. –Roland, lo que vi en ese barco me ha mantenido despierto por las noches.

-¿Qué fue lo que encontraron?- Alguna parte de mi cerebro pareció apagarse para dar lugar a una alarma de que quizás mi amigo se había vuelto loco.

-Encontramos a la tripulación, por supuesto muchos cuerpos ya estaban en los huesos, pero eso no era lo que nos dejó perturbados, Roland, era la forma en la que estaban dispuestos.- Su voz cambio de manera gradual hasta quedarse apagado en susurros, tuve que inclinarme en mi asiento para alcanzar a escucharlo con claridad.- Existe una leyenda, sobre un rito que se practica en alta mar, un rito profano que aclama a criaturas de las profundidades.

-Usted sabe que yo no creo en esos cuentos.

-Yo tampoco lo creía, hasta que vi los símbolos en los cuerpos sin pies ni manos, con sus rostros putrefactos y llenos de humedad, aterrorizados por algo que vieron o por lo que sintieron al ser asesinados. Tampoco lo creía hasta que los vi dispuestos sobre el suelo del barco, clavados contra el piso en círculos y estrellas paganas.- Said tomó la botella de whisky y comenzó a atragantarse hasta que su garganta no le permitió más.– El capitán ordenó que los que no trajéramos armas regresáramos a nuestro barco, pero yo estaba decidido a conocer la historia de lo que sucedió. A medio camino empezamos a escuchar susurros entre los árboles. Y luego…- Said chocaba con constancia su anillo de graduación contra el brazo de su silla. La madera se estaba astillando, con su otra mano se rascaba la frente. Noté que las velas estaban por derretirse, las sombras ya se habían adueñado de la sala y el tema que precisábamos, me estaba poniendo muy nervioso.–…Bailaban, rodeaban una fogata y algunos levitaban.

-¿Qué hicieron?- pregunté asustado. La vela se apagó. Los ojos de Said brillaban en color plata por la luz nocturna que entraba por la ventana, su expresión horrorizada se acentuaba con la palidez de su rostro.

-¡Sus ojos! ¡Había algo en la oscuridad!- gritó Said. -¡Sus ojos escarlata! ¡Salve Lumort! ¡La luz sombría!- Parecía haber perdido la cabeza, después de los gritos rompió a carcajadas. No sabía qué hacer.

-¿De qué hablas, Said?- La única respuesta que recibí fueron un montón de risas. Desconcertado, decidí llamar a emergencias para que se lo llevaran y le ayudaran. Me retiré a la alacena para poder escuchar a la operadora, mi amigo no paraba de reír. Pasaron un par de segundos que me parecieron eternos, me atendió una voz femenina, dijo que la ambulancia tardaría máximo 15 minutos, colgué y regresé a la sala con la ayuda de la luz del celular, apunté con ella a donde estaba Said.

Mi amigo estaba muerto, tenía una expresión de júbilo en el rostro con una gran sonrisa bosquejada enseñando los dientes, sus manos habían forzado la camisa para mostrar su pecho. La tenue luz dejaba vislumbrar un símbolo que tenía grabado en su piel, las marcas indicaban que se lo hizo el mismo justo antes de fallecer, las uñas de sus dedos estaban llenas de ese fluido rojo que nos corre por las venas, sus heridas desiguales mostraban manchas de un moho negro y vivo. Escuché un ruido justo detrás de mí y volteé con el corazón destrozando en mi pecho. ¡Dios mío!, esa cosa me estaba viendo, esa criatura abismal sonreía y sus ojos, Dios, sus ojos escarlata, salve Lumort, la luz sombría...

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