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Carta a Neruda: Marinero, he conocido el mar

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Neruda. Atardeceres largos de café. Poema 10. Meses, años, días eternos que se repiten. Como un árbol lleno de frutos dolorosos y dulces, allí estás, inmóvil en la repisa de enfrente fingiendo morir. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? Aquella ocasión que tus palabras anduvieron en mi boca. Miércoles, 12 de Julio: “Te amo directamente sin problemas ni orgullo”, y ojos abiertos que alguna vez me miraron y brazos ceñidos a mi cuerpo como si una tormenta de adiós se acercara y pudiese acostar mi sueño en esa tempestad de su pecho. Neruda, vuelvo a ti, esta madrugada que no se nombrar las cosas y éstas ya no me divierten, mirar la agónica luz del techo que hace la ventana de la habitación. Han sido dos largos meses.

Pero tal vez tú me esperabas. Sí, tú me esperabas callado, tú me viste alejarme en silencio, tú sabías mi partida, cuanta estrella nocturna di de mi corazón hasta esperar otra muerte. ¿Cuántas veces me has visto morir como esta noche?...

Las palabras salvan…

             Las palabras salvan…


No siempre. Seis años hablándome al oído en aquel grueso libro donde te conocí y todas las tardes en el rincón oscuro leyéndote. Porque la soledad era un ente peligroso ingobernable y me hablabas, Neruda, con lengua imposible y a esa imposibilidad le llamabas poema. Poco a poco fui descomponiendo un universo en signos para entenderte, tú fuiste el primero de muchos, pero alguna especie de amor siempre me retorno a ti cual puerto seguro de mi adolescencia, a las tardes en el rincón oscuro huyendo de mi.

Neruda, hombre gigante fumando detrás de una puerta, soy la misma muchacha cuyo beso de tus labios, por primera vez, le sonrojó el rostro. Y pensé llevaría flores sobre mi piel el resto de la juventud, pero esa desnudez es una condición del alma que cada día deseo cubrir con máscaras predefinidas.

La primera vez bendije en fuego mi dolor haciendo ceniza cuanta palabra nombrara lo que contigo compartí. Hace cinco años creía conocer el mar, fue una gran osadía.

La última vez, hace unos meses, descubrí mi cuerpo inmerso, hundido, devorado por el mar, como una muerte que inaugura un nacimiento me sentí florecida, vi la primavera y anduve en cuantas cosas enormes me contaste. El sonido del mar encerrado en caracoles y la primavera de un beso.

Ay, Marinero, yo no conozco nada del mar y cada día se acrecienta en mí y es más incontrolable. Ahora me posee y no sé donde comienza el cuerpo del mar y donde termina el mío. El amor es aun ese planeta extraño donde el horizonte se aleja y tal vez no debas intentar alcanzar sin importar cuantas veces haya rozado tu dedo. Y se aleja, y se aleja, hasta que no puedo nombrarlo porque se me olvida su sonido como una palabra cuya lengua es un enigma.

“Y cuanta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte”. Y Neruda, toda la sombra no bastaría para volver a oír la lluvia como antes. No, Neruda, no. Los días pasan como una fiebre y hace frío sin que llueva o nubes se aproximen. En el metro mientras esperaba, ya sin flor amarilla y sin libro, lo que no existe; entendí aquellos crepúsculos aún naranjas. Siempre miraremos los mismos crepúsculos aunque las muertes fingidas ronden esos lugares, testigos del amor, como fantasmas.

Por eso, viejo marinero, vuelvo a ti, vencida, sin palabras y pecho marchito. Vuelvo para huir de lo de siempre, Neruda, huir de la noche en el corazón.


Paola Carolina Valencia Villalobos

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Comments

Melissa Martha Mora     20 October 2017

Muy bonito. gracias