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¿Reforma pedagógica? Sólo si también hay una laboral

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Hace un par de semanas terminé un diplomado sobre la enseñanza de las artes en el nivel básico. Muy contrario a lo que pensé en un inicio, esta experiencia significó un cambio de paradigma para mí. Recuerdo que al entrar al diplomado me sentía completamente ajena porque casi todos los asistentes eran profesores y yo sólo he dado uno que otro taller. No obstante, al terminar el diplomado terminé enamorada de la labor que los maestros realizan y me llevé muchos conocimientos a casa.

Uno de estos conocimientos no fue expuesto de manera explícita, sino que fue fruto de la reflexión. En muchas de las sesiones estaba siempre presente la idea de cambiar el modo en que se enseña, lo que se ha hecho famoso a nivel institucional como “aprender a aprender”. Básicamente el cambio consiste en que no se continúe con el sistema de repetición y memorización autómata.

Lo que dicen varios pedagogos, y no recientemente sino desde hace ya bastantes años, es la naturaleza de un niño lo motiva más a moverse y jugar que a mantenerse quieto y aprender solamente con la mente y sin involucrar el cuerpo o elementos lúdicos. Entre algunas de las dinámicas llevadas a cabo en el diplomado se encontraban actividades que involucraban contacto físico con los otros, juegos de resistencia, equilibrio y de creatividad.

Al terminar no me quedó duda de que este método es mucho más natural y forma a personas mucho más completas y plenas, pero lo que me terminó de convencer fue comenzar a trabajar con un horario de oficina convencional (para estos días). Pasar tantas horas frente a un monitor, leyendo, escribiendo y sólo haciendo labores relacionadas, me hizo pensar que probablemente así es como se sentían muchos de mis compañeros en la escuela.

Curiosamente, la falta de resistencia no la presenté en el ámbito escolar: siempre fui una alumna modelo y hasta el último momento en que estuve inscrita a un sistema escolarizado tradicional supe rendir sin cuestionar o fastidiarme de las normas establecidas, pese a que no quisiera o no me interesara del todo el aprendizaje que adquiriría.

Pero al estar 10 horas y tener sólo una hora para comer y esparcirme, me quedé pensando que quizás esa sensación era la misma que tenían los compañeros de cualquier nivel escolar al perder la compostura o tener mala conducta. La palabra que me llegó de inmediato, y previo a mi analogía, fue “inhumano”.

Y si algo es inhumano para un adulto, ¿cuánto más no lo será para un niño que apenas está en proceso de desarrollo? Aunque las horas sean menos para niños y adolescentes, también es verdad que proporcionalmente podría ser igual de tedioso pasarse seis horas en una escuela con solo media hora o veinte minutos de receso.

Las propuestas de cambio en el sistema pedagógico buscan estar más en sintonía con la naturaleza infantil y formar a seres humanos más plenos y mejor desarrollados; pero yo me pregunto ¿de qué servirán todos esos esfuerzos si al integrarse al mundo adulto la esfera laboral sigue siendo igual que el sistema educativo decimonónico que se está combatiendo ahora? De nada si me preguntan, y eso si es que soy optimista.

Evidentemente el cambio de paradigma en el rubro laboral llegará de manera mucho más difícil porque éste es mucho más cercano a aspectos sociales que se relacionan con el poder y el control del mismo. Pese a ello creo que es posible lograr este cambio porque los mismos países que decidieron modificar su sistema educativo también han comenzado a hacer lo mismo con el sistema laboral.

Claro que cuando digo esto me refiero a países como Finlandia, Noruega, Dinamarca y otros más que han demostrado que, tanto en la educación como en el sector laboral, pueden manejarse con sistemas poco convencionales y que dan más tiempo libre, pero no por ello menos calidad.


Elisa E.

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