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Tarde en el parque

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Hoy te llamé desde el parque donde están Don Quijote y Sancho Panza paralizados frente a un espejo de agua. Caminé y crucé por esa calle Estrella, miré las bancas acomodadas en un círculo incompleto y me senté junto a una anciana (antes de ella había un viejito hermoso, precristiano, con esa barba de los servidores de Jehová, que guardan sus leyes en barro o en cuero).

Ya sentado miré hacia el cielo, porque entre yo y el cielo se atravesaban los colores de estos árboles híbridos, que son eucaliptos con hojas de uva, sin ser ni uno ni otro. Bajé la vista y me puse a leer: Bukowski contando la historia de los últimos 8 años de mi padre. Después de eso no pude evitar que me cagara un pájaro. Una gotita de mierda en la manga de mi chamarra negra. Una gotita de esa mierda inofensiva que es la mierda de los pájaros, siempre más cercana a los helados y al yogur que al detritus humano (o perruno) con el que ofendemos o matizamos la calidad de las cosas.

Se acercó un hombre a preguntar por callejones, iglesias, enanos recovecos del pasado que son el blanco del turista. Confesé mi total ignorancia y mi desinterés, convencido de que ya no queda mucho en el presente de aquellos decibeles palatinos que atizaron nuestras curiosidades; y que había más sedimentos de esa historia en los gitanos con celular, que aún formulan frases mendicantes con el espíritu de la peste o la lepra. El hombre, blanco y alargado, siguió su camino, pero antes brilló en su mirada un grumo de sal, propio de algún marinero antepasado.

Confié en que no caerían sobre mí más gotas de yogur y continué leyendo. «Es tan alto el Quijote desde esta perspectiva», pensé, inspirado por los diminutos fotógrafos que lo espiaban desde las patas de Rocinante. En ese momento fui feliz. Con esa felicidad inventada, manufacturada desde hace algunas décadas y a la que podemos acomodarnos, reacomodarnos, maniobrar, emplastar y recocer, aunque nos castren las piedras de nuestros zapatos o de nuestros riñones.

Esta tarde había un pequeño mercadito de biscochos, hojaldres, cacahuates caramelizados, chucherías porosas pero dulces, que no alcancé a probar pero cuyo aroma cubría el parque como un velo de novia. Comenzó a llover una lluvia pequeña, pedacitos de gotas que levantaron, como es costumbre, el olor a tierra, el recuerdo mutilado o erróneo, pero agradable, de los niños que fuimos chapoteando en los charcos. «Es como estar soñando», pensé. Sin entender por qué. «La extrañeza de los sueños aumenta cuando se parecen demasiado a la vigilia», pensé. Pero no quise sumergirme en sueños mientras veía llover, y preferí combinar el paisaje con el recuerdo de tu cabeza envuelta en ese gorro con forma de conejo, y tus ojos, dos cofres llenos de miel, y tu sonrisa, y tu cuerpo turquesa y submarino. Volví a marcar tu número. Las psicofonías del celular indicaban que esta tarde no hablaría contigo. Quería decirte que estaba ahí donde estuvimos. Que esta tarde no se parecía nada a esa otra tarde de sol en la que nosotros fuimos los fotógrafos entre las patas de Rocinante.


Cochito de Balandra

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