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La vida consiste en aprender

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Los seres humanos comenzamos a aprender desde que somos pequeños y nunca terminamos con esa ardua y difícil tarea. Ésta no se agota cuando aprendemos a hablar y a caminar, o cuando nos obligan a ir a la escuela y aprender algo nuevo acerca del mundo. La vida no tiene necesariamente materias ni está clasificada en departamentos culturales como ocurre en las facultades de nuestras universidades.

Esta es sólo otra manera de decir que la educación no está vinculada primordialmente con un conocimiento teórico que obtenemos a partir de una instrucción directa. Esa es únicamente la forma oficial e institucionalizada con la que hemos estandarizado un proceso que ocurre espontáneamente a lo largo de toda nuestra vida. Un proceso que no tiene un fin definido.

¿Qué tipo de aprendizajes podemos tener? Éstos son diversos y muy variados. Podemos aprender hechos concretos en libros de historia o biología, los cuales usaremos después para tener cierta visión acerca de qué es lo que se ha descubierto o se ha hecho en la historia de la humanidad. Pero también podemos aprender a comportarnos en la mesa, a relacionarnos con otras personas, a controlar nuestras propias emociones, a tocar un instrumento musical, a pensar correctamente o a apreciar una obra de arte.

Todo esto forma parte de un proceso en el que podemos crecer y desarrollarnos como seres inteligentes y sensibles. No se trata únicamente de que podamos escribir un libro o pasar un examen, sino de que cultivemos nuestra manera de estar en el mundo, de ser felices o de adquirir tolerancia hacia personas que son diferentes a nosotros. En este sentido aprender es expandir nuestro mundo y hallar posibilidades donde antes parecía que no existían.

Por ello vamos pasando por diferentes etapas en nuestra vida. Se nos dice que es un recorrido más o menos claro, con algunas características específicas:

Cuando somos niños aprendemos las habilidades y comportamientos más básicos que nos serán esenciales el resto de nuestra vida. En algunos casos este aprendizaje queda truncado en alguna área y después aparecen problemas relacionados con ella. Por ejemplo, no nos enseñan a expresar nuestras emociones o no nos dicen cómo es que debemos tolerar la frustración cuando las cosas no salen tal y como nosotros queríamos o habíamos planeado.  

Después llega la adolescencia y ocurren un gran número de cambios fisiológicos, hormonales y cerebrales. En ese momento empezamos a interesarnos por personas del sexo opuesto y nuestras necesidades sociales aumentan. Por ello resulta sumamente importante aprender cómo lidiar con todas las emociones que surgen con estos cambios. En esta fase también aumenta el pensamiento abstracto y nociones religiosas y políticas empiezan a jugar un papel más importante. El modo en el que aprendemos cambia.

Después vendrá la adultez y volverán a aparecer nuevos problemas y dificultades. De acuerdo con Erik Erikson, el inicio de esta etapa se caracteriza por una mayor intimidad emocional y es necesario que la persona desarrolle aún más su empatía. También será cuando deba adquirir destrezas específicas que pueda aplicar en el trabajo y se independice de su familia.

Finalmente está la vejez.  En ella ocurre el momento de la integración, cuando recordamos toda nuestra vida y debemos aprender a aceptar o rechazar las decisiones que tomamos. También es cuando nuestras capacidades físicas y mentales disminuyen, por lo cual es necesario que la persona se ajuste a su nueva realidad y desarrolle vías alternativas para hacer lo que generalmente hacía.  

A grandes rasgos esa es la trayectoria que se supone que sigue una persona criada en un mundo occidental como el nuestro. ¿Pero realmente ocurre así? Parece que no todos los caminos son iguales. Todas las personas tienen su propia vida y ésta puede llegar a  tomar cursos muy diferentes a los que se esperan para cada etapa de ella. También es importante aprender que no podemos tener un plan fijo para la existencia sino que ésta puede ser muy impredecible. Hay que aprender a abrirnos a la aventura.

Por eso puede haber personas que aprendan lo que significa el amor a los veinte años, mientras que otras lo hagan a los cuarenta. De la misma manera es posible que un ser humano llegue hasta la vejez sin haber aprendido nunca a sentirse agradecido por la vida, mientras que otro haya obtenido esa lección cuando era solo un niño. El aprendizaje es diferente para cada persona.

Asimismo debemos aceptar que no siempre podemos forzar nuestro desarrollo de la manera en que quisiéramos. En ocasiones no estamos listos, por una razón o por otra. Existe un dicho taoísta que captura muy bien esa idea al decir: “El maestro aparece cuando el estudiante está listo”. Es necesario que estemos listos para reconocer al maestro, aun cuando éste pudo haber estado justo delante de nuestros ojos durante toda nuestra vida.

¿Y quién es el maestro? Pueden ser nuestros padres, nuestros amigos, nuestros enemigos o un evento cualquiera que de pronto nos haga comprender algo nuevo, como se supone que la manzana que le cayó a Newton en la cabeza le hizo pensar en la gravedad. De esa manera el aprendizaje se hace abierto, constante, espontáneo y propio para cada persona, aunque haya ciertas etapas de la vida que hagan más probable cierto tipo de evolución personal.


Un Dasein cualquiera

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