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Facebook y la Vigilancia Masiva del Siglo XXI

ojo, ojo de la cerradura, espionaje

"Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas" — 1984, George Orwell

En el mundo actual nos vanagloriamos de los progresos tecnológicos que hemos alcanzado como civilización, ¡imagínese usted, podemos conectarnos con cualquier individuo en cualquier parte del mundo con un solo clic! Así pues, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ha sido uno de los saltos más grandes que hemos dado en el Siglo XXI.

Las ventajas y virtudes de estas tecnologías han sido repetidas una infinidad de veces, realzando propiedades como el multi-formato que permite la comunicación vía redes sociales, la rapidez de conectividad, el acceso libre a todo tipo de informaciones, el amplio abanico de aplicaciones que facilitan las tareas del día a día, y así un largo, largo etcétera.

Sin embargo, enfocarnos tanto en los aspectos “positivos” del desarrollo de los Smartphones es mirar sólo una cara de la moneda, pues, como suele suceder con todos los avances tecnológicos, la llegada de las redes sociales y los teléfonos inteligentes a grandes sectores de la sociedad también han supuesto una invasión sin precedentes a nuestra soledad y nuestra privacidad.

En las redes sociales publicamos hasta los aspectos más superfluos de nuestra vida cotidiana, subimos fotos de los lugares que visitamos, compartimos las cosas que comemos y dejamos registro de las personas que nos acompañan. En fin, no es raro que redes como Facebook sean utilizadas como un diario personal por muchos de sus usuarios. Sin embargo, las redes sociales son un arma de doble filo.

Una de las características que más resaltan sobre este tipo de plataformas es que los servicios que prestan son completamente gratuitos, o al menos, eso es lo que las grandes compañías de telecomunicaciones nos hacen creer, que no hay que pagar nada a cambio de conectarnos a la red. Nada más falso que eso. Lo que pasa es que no pagamos con lo que estamos acostumbrados, no pagamos con dinero, sino con información y privacidad. Todos esos datos que subimos a las redes son utilizadas por Facebook, Instagram, Google+ y demás negocios telecomunicativos como mercancías para las empresas de marketing, con la que éstas afinan y delimitan con mayor precisión el público al que destinan sus productos. La retroalimentación consumidor-empresa nunca había sido tan estrecha.

Sin embargo, desgraciadamente nuestra información no sólo es revendida a empresas de marketing, sino que las cosas van más allá. En los últimos dos años han salido a flote muchos escándalos sobre el espionaje internacional y la colusión entre agencias de información norteamericanas (como la NSA) y compañías de comunicación digital como Facebook y Gmail.

En otras palabras, las grandes empresas le han dado permiso a servicios de inteligencia para que espíen nuestras conversaciones íntimas, revisen con minuciosidad nuestros mensajes privados, accedan sin problemas ni consecuencias a toda la información que subimos a nuestros muros, hagan un seguimiento de los lugares que visitamos. Muchos compartimos toda nuestra vida con nuestros contactos, pero nunca subimos esa información a las redes con la intención de que seamos espiados por alguien que no tengamos agregado.

Así, el siglo XXI se ha ido convirtiendo poco a poco en un escenario distópico donde El Gran Hermano sobre el que escribiera George Orwell en su obra literaria 1984 ha cobrado nuevas formas y renovados matices. Sin embargo, la vigilancia omnipresente y omnipotente que augurara Orwell no es ni de cerca la misma que estamos viviendo hoy en día, pues las diferencias son abundantes: el ojo vigilante no es hijo de un gobierno socialista totalitario, sino del desarrollo tecnológico de un capitalismo neoliberal abusivo; la vigilancia no es una norma social pública y bien sabida por todos, sino una invasión clandestina a nuestra información —cuya difusión tratan de acallar y silenciar los gobiernos—.

Pero quizás la diferencia principal (y a su vez la más irónica) es que seamos nosotros quienes voluntariamente estamos colaborando en permitir que se profane nuestra intimidad. Lo reconozcamos o no, seguimos siendo nosotros los dueños y amos de nuestra privacidad e información, pues nadie nos obliga a publicar nada en las redes sociales. Pero bueno, en estos tiempos modernos, donde no publicar algo en Facebook equivale a que ese hecho no haya existido jamás, ¿quién va a dejar de compartir su vida privada en las redes sociales? La vigilancia seguirá siendo el pan nuestro de cada día mientras no nos organicemos para combatir al Gran Hermano posmoderno que han parido las tecnologías del Siglo XXI.

Quisiera terminar este artículo con una cita textual de Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos de mayor prestigio de las últimas décadas, quien sintetiza lo expuesto en este texto en un solo párrafo:

"Millones de usuarios de Facebook corren carreras para hacer públicos los aspectos más íntimos y por lo tanto más inaccesibles de sus propias intimidades. Y no sólo eso: de sus propias relaciones sociales, de sus propios pensamientos. Las redes sociales son el terreno de una forma de vigilancia voluntaria, hecha en casa, preferible a las agencias especializadas en las que operan profesionales del espionaje". 


Dogo Filósofo

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