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El año que el cáncer no me mató

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Hace una década, un doctor me dijo que tenía el 50% de posibilidad de morir de cáncer. En vez, esto es lo que recuerdo de ese año que en el que no morí.

Hace una década, cuando tenía 25, probablemente debí morir de cáncer. En la primavera del 2004, los doctores me removieron un tumor del tamaño de una pelota de Nerf de mi estómago y, con ella, mis ovarios. Seis meses después , después de la quimioterapia, me hicieron otra cirugía, esta vez para remover mi útero y mis trompas de falopio. Perdí mi cabello y mi capacidad de tener hijos. Gané el sentido de lo absurdo y aprendí el valor de la paciencia. Culpen la quimioterapia, o a mi continuo estado de negación, pero mi memoria de ese tiempo me llega por pedazos. Éstos son los momentos que mejor recuerdo:

1. Día de Limpieza

Una lección rápida sobre el cáncer: Los doctores diagnostican el cáncer en etapas del 0 al IV. La etapa 0 es una especie de pre-cáncer, las células están presentes pero aún no se esparcen. La etapa IV basicamente es, bueno, nada bueno. Después de remover mi tumor, mi doctor me diagnosticó con cáncer de ovario en etapa III que por lo general incluye una probabilidad del 50% de sobrevivir en los próximos cinco años.

Unas de las cosas más irreales de mi diagnóstico fue aprender que tenía un tipo de tumor raro que se llama teratoma inmaduro. Más extraño aún, es que los tumores como el que yo tenía vienen junto con pedazos de cabello, uñas, huesos y dientes.

Yo solía asombrarme de cómo era que mi cáncer de ovario no generaba el despliegue mediático que hacía el cáncer de seno. Digo, algunos hasta dirían que el color oficial del cáncer de ovario (¡turquesa!) es superior al rosa del cáncer de seno. Pero por fin lo entendí: El cáncer de seno es un gran negocio porque hay toneladas de sobrevivientes. El cáncer de ovario no tienen ese nivel de apoyo pues, y odio decirlo, muchas personas mueren.

Como se imaginan, no tenía cáncer en etapa III, tenía etapa I. La patología de laboratorio lo confirmó. Cuando mi doctor me llamó para darme las noticias, estaba en medio de un ataque de limpieza producto de mi ansiedad. Le dije gracias y adios, puse la escoba contra el alféizar y me paré ahí, bañandome en la luz de la tarde.

2. Manifestantes anti aborto.

Cuando me diagnosticaron vivía en Birmingham, Alabama, y la clínica donde recibí mi tratamiento estaba en un antiguo edificio de piedra en el vecindario histórico de Southside. La habitación en la que me sentaba por horas, viendo como veneno líquido entraba en mis venas, era como una especie de sala de estar, con la diferencia de que tenía enfermeras y equipo médico.

Las ventanas estaban abiertas, en los televisores estaban los programas matutinos de chismes y cada paciente tenía a elegir entre siete u ocho reclinadores de piel. Yo me sentaba en una silla normal en la esquina del fondo. La clinica compartía estacionamiento con un centro de salud donde se podía abortar.

Cada mañana, como si siguieran un horario, un montón de manifestantes se reunían para insultar a las mujeres que llegaban. Los gritos de “¡Asesina de bebés!” y “Por favor no me mates, mami” parecían un cruel telón de fondo para las mujeres que estaban siendo tratadas por cáncer.

3. Sándwich de mantequilla de maní

Combina el sentimiento que tienes después de una semana dura en el trabajo con el cansancio tras haber corrido un maratón. Mezclalo con la inercia de la depresión, échale una pizca de una tos terrible y nos acercamos a la increíble fatiga que sentí durante la quimioterapia.

Las mañanas eran difíciles porque, además de todo lo demás, no había comido en ocho horas. Una mañana de mayo, estaba sola en mi departamento y estaba decidida a tomar un baño y sentarme en el sillón. Me levanté de la cama, llegue al baño y me desvestí. Fue entonces que me di cuenta de que literalmente había agotado toda mi energía que me quedaba. Me senté en el piso, desnuda, para valorar mis opciones.

Tomar una ducha estaba fuera, porque no podía pararme. ¿Sentarme en el piso hasta que mi novia regresara del trabajo, ocho horas después? No. La solución a la que llegué es que de verdad tenía que comer un sándwich con mantequilla de maní. Pero para eso, tenía que ir a la cocina.

Levantarme, como ya había mencionado, no era una opción. Ponerme la ropa parecía no tener sentido. Asi que me arrastre, desnuda, fuera del baño, pasando por la sala de estar y hasta la cocina. Por fortuna, era un departamento pequeño. Desde el piso, pude encontrar el pan, la mantequilla de maní y un cuchillo. Y me hice un sandwich, que comí con las nalgas desnudas en el piso de la cocina. Sabía delicioso.

4. El corte de cabello

Después de dos semanas de quimioterapia, mi cabello comenzó a caerse, También el pelo de mis cejas, el de mis piernas, antebrazos, pestañas y vello púbico. Un sábado por la mañana. Tome una ducha y se juntó alrededor de las tuberías más cabello que el acostumbrado. Mi doctor me lo había advertido asi que no fue tan sorprendente.

Más tarde ese dia, mi novia y yo conducimos a la farmacia y compramos una afeitadora eléctrica. Le hable a una buena amiga y le dije que íbamos a tener una fiesta por la calvicie. De vuelta a casa, entre las tres movimos la mesa para que no estorbara y pusimos una silla en medio de la habitación. Me senté y cubrieron mi cuerpo esquelético con una capa negra de peluquero.

Mi amiga hizo lo honores, cortando mi cabello de raiz de lado a lado. De hecho me emocionaba el prospecto de ser calva. Me imaginaba a Sinead O’Connor, Sigourney Weaver, Demi Moore. Después del corte, fui al baño a observar. Mis grandes ojos café me miraban de vuelta, tristes y húmedos. Mi piel estaba amarillenta. No me veia imponente. Me veia enferma.

5. Baile

Si manejas hacia el noreste de Birmingham en la L-59, tomas la salida 134 y das vuelta a las derecha en la carretera  Gadsden, te encontrarás en Yellow Rose, un establecimiento que era, en el 2004, uno de los mejores destinos para bailar musica country. ¿Y qué mejor lugar para celebrar el cumpleaños de mi mejor amiga adoradora de Dolly Parton, comedora de pan de elote, poseedora de un acento sureño que en el Yellow (Yella) Rose?

Sí, estaba a mitad de mi quimioterapia. Pero tu mejor amiga solo cumple 26 años una vez. Así que ahí estaba, calva y enferma, formando parte de la locura del country que me rodeaba. La verdad es: no creo que nadie se haya dado cuenta. Estabas demasiado ocupados en bailar en sus atuendos de lentejuelas y siendo tirados del toro mecanico como para notarlo.

6. El correo

Cuando estaba enferma, recibí mucho correo. Digo, tarjetas reales con mi nombre y direccion en el frente. Durante casi todo un dia por un año, recibí notas de algunos de mis más queridos amigos y de personas que nunca había conocido.

Normalmente soy una recicladora activa pero no pude deshacerme de esas tarjetas. Mientras se apilaban por docenas, tenía un recuerdo visual de todas esas personas que se preocupaban por mi, que me deseaban el bien, que oraban por mi salud. Aparte de mis cicatrices, esas cartas, amarradas con ligas de plástico y guardadas en una caja de cartón, son los únicos artefactos de ese tiempo que conservo aún.

Epilogo

El ombligo es de hecho un tejido cicatricial circular que no es fácil de cortar. Es por eso que mi cicatriz de casi 13 centímetros empieza arriba de mi ombligo, lo rodea en direccion contraria a las manecillas del reloj y desciende al sur. Al descender dos tercios, se junta con otra pequeña cicatriz productos de mi primera cirugía, creando un área plana y dormida.

A pesar de que esas líneas son las más visibles, mis favoritas son las más pequeñas, apenas notables que marcan puntos en mi estomago como las direccionales de una brújula. Esas tres líneas pequeñas con forma de equis indican los puntos en los que los doctores insertaron pequeñas cámaras en mi abdomen para mirar por dentro. Una parece un avión, volando hacia el oeste.

Algunos militares conmemoran lo que llaman “Día Vivo”, el aniversario del día en el que escaparon la muerte en la batalla. Algunos hacen una gran fiesta, otros se sientan en sus autos a llorar.

Yo no arriesgue mi vida por mi país y en realidad no “pelee” contra nada. Pero se que cada año, el 20 de abril, el aniversario del día en el que pude haber muerto, hago una pausa para apreciar a las personas que me sostuvieron cuando estuve enferma y a la luz que entra por mi ventana cada mañana.
 


Baudilio Sosa Mayonga

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