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Rabelais: entre los pedos y los griegos

gargantua-dibujo-obra-François Rabelais

François Rabelais es uno de los escritores más carrilludos que he leído. Según los prólogos y estudios introductorios de algunas ediciones de Gargantúa y Pantagruel, Rabelais era uno de los más cultos de entre los 27 hombres cultos que había en Francia en el siglo XVI. Fue monje erudito y mostró su erudición utilizando el conocimiento académico como instrumento de crítica satírica y vulgar contra los privilegiados de su época, y aun contra otros que no tenían ni para una tortilla de harina con frijoles molidos y una raja de queso fresco.

Los dos gigantes de sus novelas –padre e hijo– se nos presentan como niños malcriados de por vida, que al mismo tiempo hacen uso de una cultura humanista, como correspondía a la época. Los pedos, la borrachera, las grandes comidas, la mierda, el sexo, la guerra chusca, los compromisos incumplidos con las mujeres, son materias recurrentes en ambos textos. Para equilibrar la grosería, mientras Gargantúa se orina encima de un ejército o Pantagruel se bebe toneladas de vino, no se deja de citar a los moralistas grecolatinos; a Aristóteles, a Galeno (Rabelais también fue médico), a los alquimistas y a muchos otros, con insinuaciones, cambios o invención de palabras, reconstrucción de frases para adaptarlas a las bellaquerías de los personajes, a quienes amigos y enemigos respetan como grandes hombres.

Cabe mencionar la temeridad de Rabelais al hacer referencia a autores a través de aforismos, en la mayoría de los casos sin mencionar sus nombres; parecería este método un esfuerzo por reducir el número de lectores o para burlarse de quienes ostentaban un conocimiento amplio de la cultura humanista, presumiendo la suya. En particular nos llama la atención la capacidad de transitar siete veces por un mismo párrafo entre lo universitario y lo vulgar, libre de los complejos que a veces vemos por ahí, cuando se quiere presentar una obra como algo clandestino e informal, de ser posible surgida de la ebriedad y la negligencia y se piensa que para ello debe estar limpia de academicismo y pies de página.

Hay que señalar que el cultismo en la literatura no es sinónimo de lo aburrido, obsoleto, conformista, senil, pedante o necio. Mucho menos significa falta de originalidad o el aferrarse al canon como mejor fuente de conocimiento. La obra de Rabelais nos muestra con qué fuerza pueden actuar la erudición y la cultura más popular, así como la más vulgar, cuando logran el equilibrio en una misma prosa. El ideal de poeta maldito ha sido a veces tan mal entendido, que se cree en él como si fuese un justificante para escribir con negligencia. La necesidad de una renovación, sin conocer las letras que nos preceden e incluso de desdeñar lo que nos precede, es una actitud que nos hace perder el placer de las letras clásicas por un prejuicio no verificado.

En fin, recomendamos la edición de Cátedra, por estar llena de comentarios que le facilitarán al lector ciertas sonrisas. Después de su lectura se tendrá una idea más clara de lo que quiere decir Kennedy Toole cuando se refiere a su personaje Ignatius Reilly como pantagruélico o gargantuesco. Pero esa es otra historia.


Cochito de Balandra

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