Go Back

Tan grande como la idea de un ratón para un elefante

piña-cuyos-roedores

Alguna vez dentro de esas charlas constructivas de mis jefes, porque nunca es un regaño, es una recomendación, me reclamaban una de las frases más utilizadas y menos útiles del lenguaje; y es que parece redundante, o bueno, lo es, pero cuando se le da a las personas por usarlo de verdad no lo ven así.

Es de esta manera que nuestra famosa frase: “Tengo que pensarlo” sale a la luz por lo menos una o dos veces a diario. Ya sé que todos van a empezar a decir: No, yo, ¡Jamás!

Pero no hay mucho que pensar al respecto. Por ejemplo: Una mujer, bella ella, me la imaginé, sale a hacer compras con sus amigas. Tranquilamente se acercan a un almacén de ropa, al que nunca van por supuesto, a medirse algunas prendas para deslumbrar a su pareja, verse aún mejores o simplemente por matar el tiempo. Se acerca la señora vendedora, siempre muy amable, y con una sonrisa le dice:

-¿Le puedo ayudar?

-No, no se preocupe, solo estoy mirando.

Al cabo de cinco minutos, o incluso menos, revisa el precio, porque definitivamente le gusto, y dejándose llevar por una conversación amena con la encargada en ventas, perseverante ella después de un: “Eso le queda muy bien” o “Con ese vestido se ve muy bonita”, terminan en: “Bueno déjeme pensarlo, voy a dar una vuelta y si no encuentro nada vuelvo por él.”

Por otro lado, aunque no muy distantes, estamos los hombres viendo fútbol, algún deporte o por la calle caminando y hablando mierda, sí, no se imaginarían las mujeres cuánto de esto llegamos a hablar en un día cotidiano. En fin, estando en esas, es recurrente decirle a cualquier amigo: ¿Cuánto quieres apostar?- ¡Apostemos! O todas sus variaciones posibles y por haber. Acto seguido, se disponen a hacerlo y siempre alguno sale alguno con un: “No sé, lo voy a pensar” o algo más coloquial: “Espera, espera, ¿Cómo está la cosa?”

Todo esto claramente puede ser algo que sólo me haya pasado a mí, de pronto se sienten identificados o de pronto simplemente son ideas mías aunque todas con algo en común, van resumidas con la “enseñanza” de mi jefe. Cierren los ojos y piensen en un elefante… ¿Ya? ¿Qué tan grande es?… No respondan, sólo piensen en cuánto se demoraron.

¿Hay algo en lo que verdaderamente pensar o solamente lo pienso y sé que no es una buena decisión? Somos muy astutos nosotros en sacar una buena excusa, pero tal vez es por esto que el elefante le teme al ratón, no porque le tenga miedo, sino porque cualquier mínima duda de verlo bien, le hace dudar de lo que realmente es. Un simple roedor.


Camilo Andrés Severiche Ortegón

Create your own