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Otro conejo más para sus ojos

conejo

Roger era un conejo con una familia bastante abundante.  Vivían juntos en una pequeña madriguera en el norte de los Estados Unidos.  Cada poco decidían viajar con el propósito de conocer tierras cercanas y así darle entretenimiento a sus 5 hijos y a sus 12 nietos.

No obstante, sus miedos comenzaron a crecer desde que un día se acercaron a una casa que coloreada de negro y marrón irradiaba una mala energía.  Roger decidió entrar para revisar que contenía el sitio y tener plena seguridad que no se trataba de nada hostil para su familia.  Sin embargo, al entrar se llevó semejante sorpresa.

A su derecha encontró muestras de sangre dentro de unos tubos con nombre que le sonaban familiares.  A su izquierda unas pastillas que daban todos los componentes para dormir a un animal.  Caminó 5 metros más y al levantar su cabeza se encontró con un hombre.  Los ojos del hombre se iluminaron al ver los ojos rojizos de Roger, fue entonces cuando Roger se dio a la huida ya que su miedo lo absorbió con una duda infernal sobre los proyectos que ese hombre tenía en su hogar.

Al volver con su familia a la hoguera, se quedó pensando un tiempo y quiso regresar a la casa del hombre a revisar de que se trataba toda esa cantidad de sangre.  Al llegar observó por la ventana y vio al hombre con un ratón en sus manos.  En un principio el hombre acariciaba al ratón y le daba mimos mientras preparaba unos líquidos que Roger desconocía.  Parecía algo amigable.  No obstante, el hombre en un dado momento agarro los líquidos y los regó en los ojos del ratón y en menos de un segundo se escuchó un chillido que retumbaría lo oídos de Roger, ocasionando los gritos del anciano conejo.  En ese instante el hombre se dio cuenta que el conejo miraba por la ventana y agarró su rifle con unos dardos para perseguir al conejo.

Roger corría y se daba cuenta que su edad repercutía en su velocidad.  Sintió un pinchazo en la cola y cayó inmóvil en el pasto, dándose cuenta que sus ojos se ponían borrosos.

Al abrir los ojos se encontró en una jaula con otros conejos que estaban moribundos.  Muchos le comenzaron a gritar diciéndole que escapara mientras pudiera.  Pasaba muy poco tiempo y a cada conejo se lo iba llevando el hombre a pesar de la resistencia puesta por cada uno intentando evitar algún tipo de tortura extraña.

Los gritos de los animales retumbaban en los muros de la cabaña de madera, mientras Roger, consumido del miedo, intentaba roer la jaula en un desesperado intento de escapar.  Al poco tiempo, llegaría el hombre en búsqueda de Roger, mientras este intentaba morderlo tratando de no dejar llegar la mano del ser humano.  Sin embargo, sus intentos fueron fallidos y ya comenzaba a entrar a un laboratorio en el que vería imágenes que más tarde no podría recordar.

Vería un cepillo de rímel acercándose a sus ojos con un líquido negro untado el cual desconocía.  Sintió sus ojos arder. Comenzó a gritar despavorido pidiendo ayuda, pero sus intentos no lograban tocar ninguna reacción por parte de nadie.

Luego de un tiempo, perdió la vista y comenzó a sentir que su cuerpo se arrugaba.  Escucho la voz de un hombre aquejado y sólo entendió las palabras de “ya no sirve”.  Se sentía débil y en contados instantes sintió como una navaja le atravesaba la piel y otra mano le arrancaba su pelo consumando la muerte de Roger, otro conejo más que vivió los vestigios del maquillaje del ser humano.


Santiago Gómez Schrader

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