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Historia de un dibujo

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Han pasado dos años desde entonces, digo, desde la última vez que lo vi. Los mensajes, las llamadas, los “Buenos días” desaparecieron progresivamente en cuanto acepté el olvido interpuesto por mi condición de fantasma del pasado. Es cierto, había estado mucho tiempo pretendiendo una amistad que llegó a tornarse larga y nostálgica, pero había sido así por decisión mía.

Cuando al fin nos alejamos pude olvidarme, después de tanto, de aquel fantasma que rondaba mis noches, mis desvelos y mis palpitares del corazón. Ese año me dedique por entero a mi obra, hice una catarsis de años y años callando tantas cosas. Como resultado fui seleccionada a participar en la exposición internacional de dibujo. Fue un año fructífero; mis estudios y el arte me proporcionaron un nuevo colchón de sensaciones que años atrás permanecían vacíos o en conflicto.  

¡Fue un gran año! ¡Ay! pero como empecé a pagarlo con extrañas enfermedades, inestabilidades emocionales y un quiebre en mi obra. Creía que al dibujar, el mundo permanecía en mi palma como un efímero suspiro que solo yo podía poseer y así atrapaba un poco a la vida, pero dicho suspiro se volvió oscuras visiones y cosas que no puedo descifrar.

 

Empecé a trabajar con la sombra desde aquel sueño donde un radiante muro de cuerpos eran una masa abalanzándose sobre mí y entendí que no podía atrapar a la vida. La imagen es un ente peligroso que rodeo y luego observo antes de besar, parecido a un amante intangible. Mis breves soledades volvieron y con ellas veía pasar nombre tras nombre en mi cuerpo  y mi cuerpo maldecido hasta el último instante. Seguí trabajando la sombra sin poder descifrar aún la imagen, los tonos me atraían a la muerte y en las mañanas la rechazaba con un café en la cafetería “Je ne suis nova”, pero  mi café comenzó a padecer de moscas y otros insectos raros que aparecían en mis sueños, mis sueños estaban en todo, y así transcurrieron meses.

Una mañana en el Je ne suis nova me reencontré, accidentalmente, con mi amor de adolescente. El también había cambiado a un ser oscuro y raro donde, desde su exterioridad, notaba el vacío que le colmaba por dentro cada espacio.

-Hasta luego, Eugenia, ¡Que pases un feliz día!- me dijo.

Yo hubiera querido responderle pero no tenía las palabras, luego en mi casa le escribí un mensaje por Messenger. Nuestra extraña conversación, dura y fingida, lo fue porque nos habíamos dado cuenta no éramos los mismos, extrañas verdades relucieron y en mi una roja flor apareció.

-Te odio, creo que siempre te he odiado, desde aquella vez- me escribió.

Y me miré en el espejo, vi mi rostro, pero ya no pedí disculpas, disculpas que nunca había dicho, y al fin comprendí la sombra que me habitaba. Era lo que era, alguien que siempre había tenido miedo a demostrar amor, porque sabía que la sombra llegaría como una avalancha, se apoderaría de todo y terminaría por apagar las últimas luces. Esa noche me encerré en la habitación y dibuje la imagen del amor a oscuras.

Paola Carolina Valencia Villalobos

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Comments

Alison Ruigomez Bellera     14 November 2017

Nunca me ha pasado eso de tener un amigo casi imaginario se puede decir.

Aileen Rivera Diaz     14 November 2017

Interesante, imaginación y creatividad.