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Paparazzi del Siglo XXI

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Soy un Paparazzi. Bueno, más bien debería decir que hoy todos somos paparazzis. En los últimos diez años la cultura ha dado un salto tan tremendo que todavía no comprendemos los alcances y el impacto que está teniendo la revolución digital en nuestra forma de relacionarnos. Quienes nacimos antes de las redes sociales tendrá una vago recuerdo de cómo era la vida antes de Internet. Quienes nacieron después no tendrán ni la menor idea.

Desde que tenemos internet inalámbrico, teléfonos móviles y redes sociales, todas al alcance de nuestros dedos, las relaciones sociales han dado un cambio drástico. ¿Para bien? ¿Para mal? Quizás debamos ir más allá y preguntarnos cuáles son los cambios específicos y sus consecuencias antes de querer enmarcar la discusión en una dicotomía moral de “buenos y malos”.

Sin lugar a dudas las relaciones han cambiado por la inmediatez. Nunca como antes había sido tan fácil comunicarnos con seres lejanos. Esto ha provocado una doble reacción: a la vez que nos conectamos más con relaciones lejanas, nos desapegamos por igual de las cercanas.

No se trata de que se reemplacen las relaciones unas por otras. Más bien podemos medir el impacto a partir de la atención. Un ejemplo sencillo, si antes íbamos a tomar un café con un amigo o una cerveza, nuestra atención se volcaba casi por entero a nuestro interlocutor, con una que otra ligera distracción esporádica, según el entorno donde transcurriese la conversación. Hoy en día la situación es completamente distinta, pues sufrimos de una dispersión de atención tremenda, provocando que la conversación narrada hace un momento cobre nuevos matices, al verse interrumpida por volcar la atención hacia nuestros teléfonos celulares cada cinco segundos.

El ejemplo arriba citado es representativo, por lo que se puede extrapolar a una diversidad de situaciones de las relaciones humanas. Es decir, el fenómenos lo vemos en las relaciones de pareja, las relaciones familiares, las relaciones laborales, las relaciones amistosas y también la relación con uno mismo.

Otro cambio que han provocado las nuevas tecnologías, aparte de la inmediatez de la comunicación y la desatención de las relaciones cercanas, es la práctica del acoso. Sí, así como suena. Lo hemos visto en los últimos años. Con teléfono en mano, personas de todas las edades —en particular los adolescentes— no dudan en tomar fotos o videos de las personas que cometen algún acto determinado o que lucen cierto aspecto para ellos atractivo.

Las redes sociales y los teléfonos móviles han provocado que cualquiera sea un paparazzi. Basta con sacar discretamente el celular, enfocar a la persona que se desea acosar y hacer un par de clics disimulados. Y listo, se tiene material de una persona para hacer con que ella lo que se plazca. Se puede crear un meme con esa imagen, se puede compartir con amigos en algún grupo o se pueden realizar actos de masturbación con ella. Lo siento, hay que llegar a los extremos para dejar claro el punto.

Vivimos pues, en una sociedad del espectáculo renovada, donde cualquiera puede acosar a quien sea en cualquier momento. Vivimos lo que en antaño vivieran las estrellas del espectáculo, un acoso constante. Claro, puede que este discurso caiga en algo de paranoia, pero la realidad es que la frontera entre ésta y la verdad no se perfila muy bien en estos días.

¿Qué implicaciones tiene ser paparazzi y ser víctima constante (y por lo general ignorada), de los paparazzi? Las consecuencias pueden ser de todo tipo. Por ejemplo, una sensación constante de inseguridad. El miedo constante de salir a la calle por temor a ser fotografiado. Precauciones exageradas para que no se nos tome una foto contra nuestra voluntad.

La pregunta de lo que somos entra en esta discusión. Pero seguramente es una diatriba para otro artículo. Este lo podemos concluir asegurando que la revolución digital nos ha acercado a una sociedad más viciada, más apocalíptica. Claro, se vale no estar de acuerdo. Pero no estarlo no hará que las cámaras desaparezcan. Los teléfonos y las redes sociales están ahí e ignorarlos no cambiará nada. Más bien es momento de confrontar la realidad y comenzar a preguntarse “Bueno, si estoy en este escenario, ¿qué es lo que yo puedo hacer para cambiarlo?”. ¿Un primero paso? Comparte este artículo, pues una máxima política sigue vigente en nuestros días: la verdad nos hará libres.


Dogo Filósofo

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