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Daniela

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-Simplemente es... –Me miró como si yo tuviera la culpa, pero aguanté su mirada, casi temblando de miedo. Muy pocas veces lograba hacerlo-. No puedo entender cómo fue que paso. ¿Qué motivo debió de tener? –Volvió a mirarme, pero esta vez con lágrimas, gigantes gotas de agua salada.

     -No lo sé. –Y de verdad no lo sabía. Además, no tenía palabras para hablar. También estaba a punto de llorar, pero más que nada estaba sorprendido por su posición, como si estuviera durmiendo.

Lo que estábamos mirando mi madre y yo era el cadáver de mi hermana de 16 años, sentada enfrente de su escritorio. Ella se llamaba Daniela, y en su perfil de Facebook tenía 80 amigos, 60 de las escuelas por donde había pasado y 20 desconocidos.

Cuando revisamos sus mensajes, encontramos varios que le llamaban «pequeña zorra», «puta barata», «sube un video desnudándote», y la que más aparecía fue «suicídate». Al parecer ésta última había surtido efecto más que las anteriores. Mi hermana tenía una navaja en su palma derecha, roja como su falda escolar, como el moño que llevaba siempre en el cabello. Sus venas habían vaciado la poca vida que le quedaba después de todos aquellos insultos.

Tras una búsqueda más profunda en sus conversaciones, hallamos una plática con un niño que se hacía llamar su exnovio. Al inicio se hablaban cariñosamente. Daniela le había enviado unas fotos de ella sólo con ropa interior. Él sólo le decía «Gracias». Ella le decía que lo amaba; él la terminó por mensaje. Por supuesto, hubo un intento de arreglar las cosas, pero no funcionó.

Unos días después, en la plática, él le había mandado un enlace con una de sus fotos a otra página en donde él maldecía a mi hermana por hacerlo perder su tiempo. La foto también tenía comentarios soeces como «qué buena estás», «si te hacía un hijo» o «¿ya eres legal? Si no, no importa». Después de ello, mi hermana le recriminó el uso de la foto y le reclamó las solicitudes de hombres (varios de ellos adultos) que le llegaron. Él sólo se reía y la dejaba hablando sola.

Los comentarios subieron de tono. La afluencia de ellos también creció exponencialmente. Mi hermana nunca nos dijo nada, siempre pensé que estaba triste por algo de la edad. Tengo dos años menos y no me contaba nada.

El desastre llegó hace dos días, cuando ella decidió quedarse en casa mientras mi madre y yo íbamos a visitar a mi abuela. Nos dijo que estaría bien y le creímos, le creímos todo lo que nos dijo, le creímos cuando nos dijo que estaba perfectamente bien, le creímos cuando nos dijo que no pasaba nada, le creímos siempre a pesar de que lo que veíamos era otra cosa.


Thomas Walker

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