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Sueño de mar

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Era un viaje tardío como forma de pago a aquella vieja promesa de mi padre, él pensaba que el mar aliviaría ciertos extraños pesares de años atrás, exactamente tres años cuando mamá murió y habían tomado por decisión vender la casa para mudarnos con la abuela. En aquel entonces mi padre me prometió un viaje al mar, viaje que nunca pedí ni necesite. Él aseguraba el mar limpiaría todas nuestras tristezas y pronto aquella promesa se convirtió en un compromiso consigo mismo, es como si mi figura de niño herido fuese la excusa para el viaje.

Sinceramente nunca fue un viaje esperado para mí, pero mi padre cada mes lo nombraba y requería espiritualmente. Parecía que desde la muerte de mi madre sus ánimos se hubieran descompuesto irremediablemente y lo único que lo obligaba a levantarse cada mañana era la esperanza de volver al mar. Años atrás, cuando mi padre era joven, mi abuelo y él viajaban todos los veranos al mar, cada año durante muchos años, tal vez la única fe de mi padre era volver a esa masa violenta de la que siempre hablaba.

-Pero sólo es una masa de agua, padre, sin nada que ver.

-No sabes de lo que hablas- decía con voz firme- los niños conocen poco del mundo para opinar de cosas tan complejas.

Tres años de no nombrar a mamá más allá de por aquella promesa de viaje que nació con su muerte y ahora aquí el mar como esa masa de agua absoluta a nuestros pies. Tenemos tres días navegando por mis sueños y pesadillas durante tres años y por la memoria de mi padre feliz de joven. Creo esta es la única manera de sentir a mi madre cerca, volver a aquel día de su muerte donde mi padre triste se acercó hacia mí y con voz de consuelo me habló del mar. Si, hoy es ese día y él lo sabe.

Pasamos horas viendo por la barandilla en silencio, como si fuéramos a atrapar algún pez con sólo mirarlo, pero la verdad estábamos tristes igual al día del funeral de mamá, el mar no había limpiado ninguna de nuestras heridas, al contrario, había traído recuerdos, sensaciones, olores que recordaban viejas tristezas nunca habladas, nunca hablábamos de mamá en casa desde su muerte. Esa charla silenciosa era un dolor entre nuestras miradas que no se cruzaban.

-Creo que vi un pez verde amarillento- hizo un largo silencio y luego continuó- se parecía tanto, era idéntico, a los ojos de tu madre, si tan sólo…

-¿Tan sólo qué? ¿Pudieras atraparlo y encerrarlo en una pecera?

-No, hijo, hay cosas que pertenecen al mar y desde hoy tu madre pertenece al mar, hoy que he visto aquel pez y otra vez recuerdo el color de sus ojos como si por última vez la mirara fijamente. Ya no hay nada más que hacer que esperar.

-¿Esperar…?

Un extraño silencio inundaba aquel barco mientras caía la noche sobre el mar y mi padre miraba con ojos de sueño el agua como si de repente fuese a ocurrir algo, fuera a decir algo que no podía decir. Lo vi unos segundos por última vez y supe que moría, moría desde hace tres años y nunca lo dijo, el corazón le pesaba, el cuerpo duro y figura opaca, esperando el cuerpo violento del mar terminara de consumirlo, dormido o despierto, en aquel pez verde que nunca más volverá a mirarnos.


Paola Carolina Valencia Villalobos

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Comments

Juan José Perez Gonzalez     13 October 2017

Que bello y que triste a la vez, es una reflexión bella. Gracias