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La relación entre padres e hijos

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Las relaciones familiares son tan complejas como lo es la relación entre los planetas de un mismo sistema solar: cada uno de sus integrantes posee cualidades particulares que los distingue del resto de los demás y que a la vez los hace únicos en el mismo sistema que habitan; de igual manera, la pertenencia a ese entorno colectivo los convierte en elementos individuales de un todo más grande.

Cuando se trata de observar, estudiar y analizar cómo se desarrollan los movimientos, reacciones y relaciones sociales entre los diversos miembros familiares, aquella entre el padre y el hijo es de un carácter muy interesante. Mientras que entre la madre y la hija existe un vínculo muy cercano por la pertenencia al mismo sexo, con el padre y el hijo no necesariamente ocurre lo mismo.

Esto se debe a que las madres suelen ser mucho más protectoras con sus hijas que los padres con sus hijos, pues desde que éstas entran a la adolescencia la madre es la guía en los cambios sexuales y mentales que experimenta la hija. La figura materna se convierte, para la hija, en la fuente de toda sabiduría, comprensión y tolerancia.

Contrario a los vínculos que se crean entre madre e hija, con los hijos la relación no es obligadamente tan cercana, pues los jóvenes hombres acostumbran formar otro círculo particular que en la edad de la adolescencia les brinda pertenencia, seguridad y comprensión: los amigos. Así, suele ocurrir que los papás arrastran formas de ser hombre de sus propias experiencias que, de una u otra manera, buscan transmitir a sus hijos, la nueva generación de varones. Sin embargo, estos optan por distanciarse relativamente de los padres para involucrarse más en la pertenencia amistosa.

Es de esta forma que, si bien el padre representa a lo largo de la vida un modelo a seguir para los hijos, durante la adolescencia los jóvenes varones suelen buscar otras formas de ser entre los grupos sociales de otros contextos, ya sean los amigos o compañeros de la escuela o el grupo de amigos del vecindario. El caso es que el proceso de crecimiento del hijo suele ser un poco más distanciado del padre a como transcurre el de la madre con la hija.

Hoy en día vivimos en un mundo donde las tecnologías de la información han pasado a robarse gran parte de la atención de todos los seres humanos. Esto tiene serias implicaciones en la forma en la que nos relacionamos unos con otros, en particular, en las relaciones familiares. Este factor, producto de la revolución digital heredada por la globalización y la expansión del Internet, provoca que sea todavía más difícil generar vínculos fuertes entre padres e hijos durante la adolescencia.

El hombre joven, antes que buscar los consejos de su padre, quien seguramente habrá representado hasta ese momento una figura incuestionable de autoridad e impartición de castigos, preferirá sumergirse en las aguas infinitas del mundo virtual antes que hacer el esfuerzo por entablar una conversación amistosa con su progenitor. Claro, aquí hablo desde un análisis parcial de los cientos de escenarios posibles.

Sin embargo, independientemente de cuáles sean las propiedades más particulares del sistema solar familiar —y de la adicción digital de sus miembros—, es indispensable tener siempre presente algunas ideas clave para que la relación entre padres e hijos funcione con normalidad, cariño y apoyo mutuo.

Para empezar, es preciso que el padre deje de ver al hijo como a un niño pequeño. Si bien quizás esta es una acción imposible de realizarse total y absolutamente, lo que sí es posible es mirar al hijo con respeto y admiración; claro que será imposible no hacerle alguna que otra observación frecuente como muestra de preocupación por su mejora constante, pero expresada de la manera correcta, no tiene por qué representar un problema.

Otro detalle de ambas partes es aprender a escuchar. Si los dos integrantes de la familia no son capaces de escuchar el uno al otro con respeto, atención y comprensión, la relación no contará con las condiciones necesarias para prosperar. Escuchar y compartir es, pues, vital para el diálogo fraternal y la prosperidad de una relación como la del padre e hijo.

Por último, pedir perdón por acciones o acontecimientos dolosos ocurridos en el pasado es un buen inicio para expresar el compromiso de mejorar la relación. Quizás aquella vez que el padre no llegó a tiempo por su hijo generó un daño imperceptible en el niño, o quizás éste fracturó los sentimientos de su padre al insultarlo de una manera muy infantil aquella vez que no le quiso comprar su helado.

Quién sabe, las combinaciones son infinitas, y seguro hay por ahí algún rencor, así que qué mejor para construir una relación sana entre padre e hijo que reconociendo los errores propios.

Las relaciones humanas son híper complejas. Sin embargo, no son imposibles de sobrellevar. Por el contrario, nos son indispensables para darle sentido a nuestra vida y mantener nuestra estabilidad emocional en orden. La vida dura muy poco para no tener una relación sana con nuestros padres. Hagámosles saber que los apreciamos. 


Dogo Filósofo

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