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El Signo (Parte 1)

símbolos

Habían pasado varias horas desde que terminé mi investigación. Mis ojos estaban clavados en la piedra azul de la escalinata que quedaba como apertura a la gran catedral, el distintivo tono escarlata del atardecer caía como una sábana de luz agonizante sobre las cruces y estatuillas de santos olvidados. La campana sonaba por última vez para llamar a los fieles (cada vez más escasos) a la celebración de las seis. Cerré mis ojos para recordar la primera vez que crucé aquella puerta de madera vieja.

Mi madre me llevaba de la mano con una sonrisa dibujada en su rostro derruido por las marcas del cansancio y la humillación. Sus ojos vidriosos, confundidos ante la sortija que llevaba en su mano derecha dejaba a mi merced miles de preguntas sobre que creer. Siempre me gustó la idea de un despertar intenso, que me dejara recorrer pasillos de oro blanco y que mis brazos descansaran en un amanecer eterno con Dios a mi lado, pero cuando crecí descubrí que hay placeres terrenales que te hacen visitar el cielo de vez en cuando, también comprendí porque mi madre siempre lloraba por las noches. Se sentía sola.

Mi madre trabajaba de sol a sol, incansable, lamentando la muerte de mi padre quien en extrañas condiciones, solo me dejo un libro lleno de símbolos que en ese entonces no tenía un maldito sentido. Eran los ojos dibujados al inicio, los que me daban un pinchazo de nervios y una dosis terrible de pesadillas donde encontraba una muerte lenta en una tierra pútrida llena de cadáveres y criaturas que se alimentaban de ellos mismos.

Estudié arqueología siguiendo el ejemplo de mi madre, que aunque nunca pudo seguir con su trabajo, me preparó lentamente con la idea de que el mundo podía caber en un bolsillo de mi pantalón.

Cuando falleció, su abogado me hizo entrega de los papeles del hogar y un libro viejo, ahora tenía una casa propia y otro libro con dos ojos rojos pintados en la portada. No le preste atención al libro, me conformé con la casa y la tranquilidad de que había conseguido un trabajo estable.

Después de superar a medias la ausencia de mi madre, recurrí al alcohol para adormecer las sensación de soledad y falta de cariño. Mis amigos más cercanos ya no me hablaban a menos que requirieran algo, trataba de hablar con las personas que quería pero ya no contestaban; sobre todo aquella mujer de la falda escarlata y cabello corto que conocí, jamás pude borrarme la sensación de cuando me encontraba con ella. Jamás le dije lo que sentía. El sueño de casarme ahora era difuso y lejano.

El camino siniestro de la bebida me hizo derrochar un montón de dinero en servidoras de la merced para mantener nutrido el vacío de la soledad, y peor aún, el asco en mí mismo.

Una noche después de tirarme a la Luna por tercera vez en una hora, observe el libro olvidado, una runa brillaba rojiza, como una de esas luces parpadeantes de los teléfonos inteligentes. Molesta y agonizante, era un brillo que encendía una angustia terrible en mi pensamiento. Tuve que despachar a Luna de una manera muy poco caballerosa, usualmente la despedía con una cena en algún restaurante caro y con la promesa de que la contrataría la siguiente semana; detesto admitirlo, pero me enamore de ella. Aquella noche vi por última vez su hermosa silueta esconderse entre medias y un vestido corto, ella nunca lo mencionó, pero dejó el oficio por mí y así le pagué, echándola a la calle. Pero si tan solo hubiera visto esa luz roja como yo, lo habría comprendido.

La textura del libro me pareció que tenía una capa viscosa y negra. Mis dedos se sumergieron en la pasta por instinto y mi respiración comenzó a entrecortarse, las hojas dentro se estaban llevando mi aliento. La primera página amarillenta estaba limpia, sin ningún escrito, pero tenía algunas manchas de tinta que delataban ese descuidado aspecto de mi madre al escribir con su pluma fuente. Las siguientes páginas comprendían un montón de símbolos que en un inicio pensé que no tenían una clara explicación, pero al adentrarme un poco más en los escritos, levanté el libro y una hoja cayó al suelo, lenta, como esperando que vislumbrara el significado de los símbolos en un pequeño solucionario y una nota dedicada:

“Hijo, he descifrado casi todo lo que tu padre encontró en aquel viaje a las pirámides Atlantes. Lamentablemente la enfermedad me está jalando cada vez más a la oscuridad, termina este trabajo que empezamos, su contenido te podrá llevar a comprender muchas cosas sobre la verdadera cara del universo. Te amo hijo, no nos olvides.”

Sin demora, me enfoque a traducir.

Continuará...

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