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Los peces pueden recordar caras humanas

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“Una ciudad que olvida lo que pasó el día anterior, una sociedad que rinde culto al oblivion…”, piensa Javier mientras observa los rascacielos desplazarse por las ventanas del metro. En su mano lleva un libro sobre la memoria de los peces y su capacidad para reconocer y recordar las caras humanas. Según el biólogo del texto, estos animales acuáticos son capaces de recordar cualquier fisionomía que hayan visto desde su primer día de nacimiento.

Ese pensamiento lleva al joven a pensar en la posibilidad de recordar no sólo cada rostro, sino también cada momento, cada instante de la vida. “No me imagino a un individuo capaz de evocar en cualquier segundo cualquier memoria de los infinitos mundos vividos en su tiempo sobre la tierra. Sin embargo, estoy seguro que alguna vez leí sobre un caso así, de un hombre con esa habilidad; era curioso, porque mencionaba que para recordar los detalles de veinte segundos vividos hace 30 años tenía que invertir la misma cantidad de tiempo, dando como resultado una máxima interesante: todo recuerdo requiere de la misma inversión de tiempo para su rememoración”.

El siguiente paso en el razonamiento de Javier es pasar a un análisis breve de la sociedad contemporánea, idea sugerida a partir de observar como una mujer de 40 años, con aspecto cansado tras haber trabajado nueve horas en la maquiladora, desliza sus dedos rápidamente sobre la superficie del aparato telefónico en sus manos. “Los celulares han generado definitivamente el efecto contrario en nuestra memoria. La inmediatez ha desplazado la retención, la atención se ha dispersado en un sinfín de mensajes que son consumidos a una velocidad mucho mayor de nuestra capacidad para crear una memoria al respecto. Olvidamos las caras tan rápido como las vemos, pero porque vivimos bajo la suposición de que, en caso de ser necesario, mañana también podremos consultar esa enorme base de datos que suponen las redes sociales”.

Mientras el metro de la Ciudad de México sigue dando sus tumbos y ruidos de costumbre, el estudiante de biología recuerda la ocasión en que visitó el Museo de la Memoria, en el Centro Histórico. Aquella vez se exhibía una serie de fotografías sobre los acontecimientos del 2 de Octubre de 1968 en Tlatelolco, cuando el ejército mexicano abrió fuego contra estudiantes y civiles.

Javier recuerda el escalofrío que recorrió su espalda dorsal conforme iba descubriendo los detalles de aquella historia atroz, tan llena de inhumanidad, violencia, cobardía y abuso del poder. “Oh México, la justicia ha sido desde hace tantos años un sueño inalcanzable para ti; a la vez, aquella esperanza que te ha ayudado a caminar…”.

Otra incógnita azota entonces a Javier: “¿Qué ocurre con la relación entre las emociones y los recuerdos?”, esto lo piensa tras recordar en el centro de su pecho la sensación que una de las fotografías de aquella exposición le provocó. “¿Los sentimientos entonces también habitan en la memoria, y son evocables a través del recuerdo?”. Siguiendo su lógica científica, como buen biólogo, una pregunta en apariencia más ridícula pero que recupera el pensamiento circular del inicio de sus reflexiones se hace presente: “Cuando un pez recuerda una cara humana, ¿recuerda también la emoción que ese humano le provocó? ¿Recuerda la gratitud al haber recibido comida del dios-humano?”.

Va siendo la hora de bajarse del metro. Al momento de acercarse a la puerta tropieza ligeramente (y por accidente) con un anciano de aspecto senil, quién le recrimina por el roce con tono añejo, pero tras cinco segundos cambia su actitud de molestia por una de alegría y sorpresa, para pronunciar entonces: “¡Eduardo, cuanto tiempo sin verte! ¿Cómo están los niños? Mándale a Gladis mis felicitaciones por su cumpleaños, ¿Acaba de cumplir 28 hace unos días no es así?”.

El desconcierto de Javier se prolonga hasta que una jovencita a su lado le explica que el viejo padece de Alzheimer, y que ahora sus recuerdos suelen aparecer en los momentos menos esperados, saltando de un punto temporal a otro en cuestión de segundos. Esa declaración deja estupefacto al joven, quien asiente lentamente para luego descender de la máquina movilizadora de masas. Piensa entonces una última cosa, antes de proseguir su camino a casa por las intrincadas calles de la Ciudad de México: “¿Los peces también podrán padecer alzheimer?”.


Dogo Filósofo

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