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Parejas e hijos: Dos relaciones aparte

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Siempre me he considerado una observadora y quizá éste sea el motivo por el que me atrevo a comentar sobre un tema en el cual no tendría por qué opinar, dado que no tengo hijos ni estoy casada. De cualquier manera, es un tema que me parece importante porque pareciera ser que es de los que más problemas ocasionan en la actualidad. Hace cincuenta años quizá todavía era extraño oír de parejas divorciándose, pero las cosas han cambiado desde entonces y los divorcios son cada vez más comunes entre parejas con y sin hijos. Aunque podría hablar de por qué han ido en aumento los divorcios, el tema que me parece más relevante tiene que ver con qué se hace una vez que no se ha llegado a una resolución y el divorcio es ya un hecho.

Cuando dos personas adultas comienzan a tener demasiadas diferencias, lo más lógico sería pensar que se pasará por un proceso de ruptura, de duelo y de adaptación, pero creo que muchas parejas se quedan atascadas en el proceso. Si bien es cierto que las peleas pueden no ser signo de que las cosas no tienen solución, también es verdad que hay un límite para cada situación y para cada persona. El problema está en que muchas veces suele ser un tipo de freno de mano la progenie en común.

En más de una ocasión he escuchado de parejas de las generaciones pasadas que decidieron permanecer juntas “por el bien de los niños”; incluso me he llegado a enterar de una que otra persona que continúa con su relación después de que han crecido los hijos porque “así es como nos conocieron siempre, no hay motivo para cambiar”. Independientemente de la edad de los hijos, creo que no es saludable conservar una relación deteriorada por muchos o pocos años. Pensar que la relación que tenemos con otras personas salvará lo que tenemos con individuos distintos es como creer que sumar seis más siete es igual que sumar seis más dos y uno.

Claro que es difícil terminar una relación y me puedo imaginar que se complica aún más si hay niños, pero si ya se han agotado todas las vías, lo mejor es terminar. Lo que vale la pena dejar claro aquí es que el fin de la relación entre los padres no debería afectar a la relación que estos tengan con los hijos. Por más que las circunstancias hagan insufrible la convivencia entre los padres, los niños no deberían salir afectados porque para ellos ambos son importantes y queridos. Los rencores y la ira no son sanos y hablar mal de cualquiera de las dos partes en la pareja con el hijo no traerá más que tristeza para el niño.

En resumidas cuentas, lo que hay que dejar claro es que una cosa es la relación con los hijos y la otra con la pareja. Si por azares de la vida nos toca vivir con el padre o la madre de nuestros hijos por el resto de nuestros días, seremos muy afortunados y quizá nuestros hijos también lo sean, pero si no se diera el caso, deberíamos recordar siempre que la relación con los niños no condiciona la relación con la pareja. Además, los rencores que puedan quedar no pertenecen a la relación que se tiene con los hijos sino, exclusivamente, a la persona que también es padre o madre de los niños.


Elisa E.

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Comments

Alicia Carolina Zazueta Lucio     13 October 2017

Es una lastima que no luchen por esa relación, he visto tantas parejas que se casa tan enamorados, hacen unos gastos tremendos para el día de la boda y al final parece que el amor se esfuma. Al principio no lo entendía, pero ahora veo que cuando se casan no están bien informados de que el matrimonio es para siempre y que es un pacto que se hace para crear una familia en las buenas y en las malas. Que este pacto es de dos, que los dos tienen que poner de su parte, Con uno solo no es posible.