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Historia de amor en verano

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Las mañanas de verano son siempre en mi cara un triste resoplido recordándome cuán inútil se ha tornado la espera del mes que sigue. Me despierto, enjabono mi piel cansada de malas noches y lavo mis dientes; no hay mucha ciencia en seguir viviendo y tachar un día más en el almanaque de la pared. La calle, que también es una especie de mujer violentada por su padre, me reconoce y antes de posarse las palomas en el parque, el mismo hombre de todos los días me observa consumirme en un cigarrillo barato. Soy cadáver exquisito de cada transeúnte a eso de las 6: 45 am.

La ciudad se ha levantado y camina hacia mí la mujer de mis sueños. Pesada, como un animal al borde de la muerte, sabe que deseo su putrefacción de ninfa exiliada sentada a sesenta centímetros del corazón:

-Sí, hoy pienso decirle a mi madre lo de Antonia. Es duro vernos porque sí y ocultarle la verdad. Obviamente ella deberá suponerlo, mi madre nunca la quiso.

Sus ridículos gestos descomponiéndose en su cara para ocultar el dolor y una absurda melancolía de vacío en la vida, la hacen la muchacha más despreciable de la humanidad, en su pecho el dolor guardado de adolescente rota sin lograr olvidar el primer amor, por eso, por sus senos hinchados de tristeza banal y pueril, creo representa la corporeidad enferma del verano.

-Has bajado mucho de peso este verano- agrego sin quejarme demasiado.

-Es el mal clima- responde.

En la habitación se arrastra hacia mi cuerpo cual sombra nociva, y violenta la breve luz, semejante a un suspiro, que se cuela por el umbral. Cierro los ojos. Es un deshuesadero y mis manos y brazos amarrados a un plato giratorio que dibuja el muestrario de mi anatomía fatal: sin boca y sin sexo. Abro los ojos. El ancho mar caníbal de sus piernas rodea cada espacio de mi mente, me consume como el cigarro que persiste en mis labios aún porque aquel calor derritiendo las palabras de su lengua en mi oído es alguna especie de lenguaje secreto. Un agua que resbala por sus piernas arrancándole pedazos de carne que consumo hasta dejarla desposeída. Soy un monstruo sin boca  y sin sexo evocando el amor.

-¿Puedes creer que de verdad a Antonia le puedan gustar las mujeres? Es algo enfermo, Daniela.

Yo rodeada de verbos pasivos y bañada en sudor, confieso al fin:

-En realidad es una locura. Deberías ayudar a tu hermana.

Luego camino unas cuadras desde su edificio hasta el parque donde enciendo el mismo cigarrillo que me consume… debería dejar de fumar. Y mi mano lanza el cigarro al suelo como quien se quita una prenda o cambia de máscara. Soy un monstruo recorriendo los meses igual al humo espeso en mi boca. Veo las palomas irse, veo el mismo hombre que me mira quedarse ciego y ese maldito calor tornarse frígido. Esta noche amo el sol guardado en mis pupilas.

Paola Carolina Valencia Villalobos

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