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De religión y política

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Recuerdo cuando era un niño, tan lleno de energía y entusiasmo, pero también de dudas, miedos, desconfianza del futuro. Una de las dudas que más me aterraban era la de la muerte. “¿Qué va a pasar cuando me muera?”, recuerdo haberle preguntado a mis padres. Es curioso cómo desde temprana edad buscamos una respuesta a esta pregunta tan inquietante.

Mis padres, como todos aquellos patrones conservadores nacidos en su época, me dijeron que al morir uno se va al cielo, con Dios, y ahí uno vive eternamente con sus seres queridos sin tener que preocuparse de nada más, “¡es el paraíso!”, decían.

El consuelo que sentí al escuchar esa respuesta fue tal que a partir de ese momento decidí entregarme en carne y alma a rendirle mi ser completo a Cristo Redentor. Me convertí en monaguillo desde los 12 años y no había semana que no pasara gran cantidad de horas dentro de la iglesia, prestando mi servicio a los representantes en la tierra del poder divino.

Y era feliz haciendo todo esto, sentía cómo me ganaba mi pase directo al cielo, a la par que dentro de mí se desarrollaba un sentimiento muy profundo de superioridad moral. Ahora veía a mis amigos y conocidos como simples mortales, pecadores incapaces de resistir las tentaciones del demonio, pobres almas condenadas a arder en los hornos del infierno.

Claro, a veces me reprochaba tales pensamientos y decidía acercarme a ellos, ofrecerles una opción, —claro, todo en razón del miedo a perder mi entrada a la divinidad por pensar cosas semejantes—. Sin embargo, vez que me acercaba a mis compañeros, vez que era rechazado rotundamente. Con el tiempo simplemente dejé de intentarlo.

Llegó la adolescencia y en la preparatoria conocí a una chica que despertó mi curiosidad y se robó mi mirada desde la primera vez que la vi. Contra todos mis pronósticos, mis sólidos cimientos erguidos sobre la lealtad católica temblaron ante la presencia de esa diosa encarnada en mujer.

Al haber pasado tanto tiempo con el cura de la iglesia, había aprendido a hacer uso de la palabra como él, por lo que no me fue difícil acercarme a la chica —Jennifer, era su nombre— y comenzar a cortejarla. No me esperaba, por supuesto, encontrarme con una chica tan cultivada y lista como lo era Jennifer, asidua lectora de filósofos, literatos y demás intelectuales del hoy y el ayer.

Fueron momentos totalmente ambivalentes. Por un lado sentía la pasión del amor, el éxtasis de estar en contacto con alguien del otro sexo como nunca lo había estado, y por el otro sentía la condena de Cristo, la dura y pesada roca de estar obrando mal.

No fue hasta que Jennifer puso en mis manos la obra del Anticristo que pude romper mis cadenas. Con esa obra pude comprender finalmente cómo obraba la iglesia. Aquellos rituales que había vivido una inmensidad de veces con pleno goce ahora me resultaban repulsivos. Tuve una crisis profunda de identidad. Llegaron las preguntas existenciales. Pasé semanas en pésimo estado de salud, no comía, no tenía ganas de hacer nada. Sólo Jennifer me ayudó a sostenerme en pie.

A lo largo de la preparatoria Jennifer y yo compartimos muchas experiencias que nos unieron muchísimo. Sin embargo, llegado el momento de escoger los estudios universitarios, tuvimos que tomar caminos separados. Eso me volvió a destrozar. Si antes de ella tenía a la iglesia como mi respalda al vacío de la vida, ahora que se alejaba de mí el ángel encarnado, me quedaba completamente solo, aislado de todo sentido existencial.

Sin embargo, antes de marcharse Jennifer me dejó un último regalo. En mis manos había depositado un nuevo libro: “El Príncipe”, de Nicolás Maquiavelo. Su lectura me hizo darme cuenta de cómo obran los políticos desde hace más de quinientos años. Si bien no tuvo el mismo impacto que lo hiciera el Anticristo, sí me permitió establecer una conexión entre dos mundos que yo pensaba distintos: la Iglesia y el Estado. Fue entonces que me di cuenta que el poder lo era todo, que ostentar el poder era la única vía de ser recordado en este mundo, no importaba si fuese usado para bien o para mal. “El fin justifica los medios”, pensaría a partir de aquel entonces.

Decidido a no morir sin antes haber dejado un legado, me interné en el truculento mundo de la política. Y en realidad me fue fácil. Utilice las palabras como buen clérigo, me valí de algunas bases de justicia social fundadas en designios bíblicos, y cuando menos me di cuenta, ya tenía a mis fieles seguidores. Llamé a mi partido “Renovación Institucional”, gané mi primer cargo público y desde entonces, desde entonces yo mismo me he convertido en Dios.


Dogo Filósofo

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