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El peor crimen de la religión

En una muestra de examen de conciencia sin precedentes, y aprovechando la cercanía del año 2000, que marcaba la celebración del jubileo de la Iglesia católica, en octubre de 1998, el papa Juan Pablo II convocó un tribunal especial de historiadores y académicos para celebrar un simposio que investigaría lo que él mismo denominó “una fase tormentosa en la historia de la iglesia”. El papa polaco se refería con estas palabras a la “Santa Inquisición”.

Pero ¿Qué era la Inquisición?

Bueno, la inquisición no era una sola, sino que se trataba de varias Instituciones dedicadas a neutralizar la herejía. Recordemos que en el medioevo la herejía muchas veces se castigaba con la pena de muerte.

Para facilitar la investigación del tribunal, el papa anunció la apertura pública de los archivos secretos de la Inquisición, que habían estado fuera del alcance de los académicos por más de 200 años.

El pontífice de 79 años de edad, se enfrentaba en ese momento a una de las cuestiones más cruciales de su trayectoria:

¿Debería la iglesia Católica pedir disculpas por los pecados cometidos durante la Inquisición?

De antemano, aclaremos que la Iglesia no está detrás de la mayoría de las persecuciones que se perpetraron en el pasado Europeo y Americano. Pero en el caso concreto de la Inquisición, la Iglesia sí tiene alguna responsabilidad histórica, pues las miles de torturas y muertes cometidas por la Inquisición fueron legitimadas por el papado.

Los miembros del tribunal especial a su vez deben enfrentar una cuestión central y perturbadora: ¿Cómo pudo una Institución como la iglesia ser el instrumento a través del cual se destruyeron miles de vidas durante seis siglos?

Por un oscuro y profundo miedo, la Iglesia sentía miedo de la herejía religiosa.

Recordemos que la religión católica fue la única fe legal en Europa durante más de mil años; el catolicismo era considerado una fuerza civilizadora en medio de un mundo bárbaro y, también, traía consigo la promesa de la salvación después de la muerte; el clero y los ciudadanos vivían temerosos del férreo juicio de Dios.

Pero aun con esto, seguían existiendo disidentes que se atrevían a desafiar la sagrada doctrina cristiana, a estas personas rebeldes la iglesia los tachó de pecadores o herejes.

En el siglo XII, la herejía era considerada como un peligro mortal para la sociedad; y para el hombre significaba traicionar a Dios.

Los inquisidores solían ser personas extremadamente devotas, incompetentes y proclives a los excesos, se registraron casos en los que se quemaron vivas cientos de personas en Francia y Alemania. Por eso el papa Gregorio IX adjudicó a la orden de los Dominicos realizar el trabajo inquisidor. Los miembros de la orden fundada por Santo Domingo eran educados en teología, estaban habituados a la vida en la calle y a predicar contra la herejía.

Así llegaron los nuevos inquisidores a los pueblos de Francia, Alemania, España e Italia.

Sofisticado procedimiento inquisitorial

Había una enorme red de espías (miembros del clero de cada parroquia) que suministraba información al inquisidor antes de llegar a determinado pueblo o burgo. Una vez llegaban a su destino, los inquisidores eran acompañados de un notario o escribiente que documentaba el procedimiento. Entonces, el párroco convocaba a los habitantes del pueblo para que escucharan al visitante predicar sobre los pecados y los peligros de la herejía; una vez terminado el sermón, el inquisidor anunciaba un periodo de gracia en el que cualquiera que hubiera cometido herejía pudiera confesar sus pecados a cambio de un trato clemente. Unas semanas más tarde, el inquisidor anunciaba el fin del periodo de gracia, momento en el que iniciaba la fase más nefasta del edicto de fe, desde ese momento, cualquier acusado se convertía en víctima de interrogatorios o arrestos; y dado que la información siempre se daba en secreto, el inquisidor animaba a todos los buenos ciudadanos a que denunciaran a cualquier vecino que creyeran pudiera ser hereje.

El inquisidor debía tener por lo menos dos testimonios incriminatorios antes de poder seguir adelante; en ocasiones, los sujetos víctimas de investigación no sabían que eran sospechosos hasta el día que les convocaban.

Conscientes del peligro de las acusaciones falsas o maliciosas, los inquisidores trataban de diferenciar las mentiras de la verdad, cuando hacían subir al estrado a un acusado por primera vez, le hacían nombrar a todos sus enemigos, si alguno de esos nombres coincidían con cualquiera de los nombres de la lista de testigos, el inquisidor debía desestimar ese testimonio; sin embargo, la protección legal acababa ahí; el enjuiciado nunca llegaba a saber los nombres de las personas que le acusaban ni tampoco los motivos por los que se le acusaba.

Si el procesado no cooperaba o entorpecía la investigación, se arriesgaba a sentencias de cárcel, a perder todas sus propiedades, se les reducía las raciones de comida y se encadenaba a la pared. Así mismo, se provocaban confesiones de culpabilidad mediante métodos de tortura tristemente célebres.

Entre las decenas de miles de víctimas de la Santa Inquisición están personajes como Galileo Galilei, Juana de Arco y los monjes de la orden de los caballeros Templarios.

Finalmente, el 12 de Marzo del año 2000, durante un acto litúrgico, Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de la Iglesia católica en sus 2000 años de historia, repasando hechos como la Inquisición Española y la persecución a los judíos.

Sergio Augusto Alvarez Vargas