Return to start

40 años luz

El pasado 22 de febrero, la NASA reveló haber descubierto un sistema solar que está a 40 años luz de la tierra. Los primeros 20 minutos fueron un escándalo mundial. En las oficinas de los periódicos se escuchaba un tecleo interplanetario; los políticos se sacudieron por unos momentos, entre incrédulos e indefensos ante un posible cambio de planes para los próximos años; la Iglesia fue cautelosa y no emitió declaraciones al respecto; y los usuarios más simples de internet compartieron con un interés más o menos común la buena nueva.

Yo también me sorprendí. Durante esos primeros veinte minutos posteriores al anuncio, pensé en las posibilidades que se abrían para mí y para la humanidad ante un espacio probablemente habitable y probablemente habitado ya. La experiencia de la invasión europea al continente americano en el siglo XV sería, según mi opinión en esos primeros 20 minutos, una lección que ha durado siglos y que podríamos poner a prueba con seres de otros planetas, e intentar que «el encuentro de los mundos» fuera menos violento y miserable en esta ocasión. La oportunidad de demostrarnos como humanidad que habíamos aprendido algo después de medio milenio, estaba frente a nosotros.

Después calmé mis ardorosos deseos de conocer a otras civilizaciones, en caso de que las hubiera en aquellos planetas, y me pregunté si los mismos investigadores de la NASA ya habían descubierto, además de la existencia del sistema solar en cuestión, alguna forma de vida en él, ya fueran grandiosas utopías donde la vida funcionara mejor que aquí, o conglomerados metropolitanos desastrosos como los de la Tierra, o vida animal sin raciocinio, una especie de Edén donde todo brota y se desarrolla sin que la mano del hombre lo corte de un tajo, o en último caso, si al menos había una forma de vida incipiente arrastrándose en el barro.

En todo caso, de no haber vida racional en aquellos planetas, la idea de visitarlos todavía encerraba la euforia de ver aquellos edenes, o de ver escenarios y colores minerales que mi experiencia no imagina. Sólo con pisar aquel suelo nuevo para mí y toda la humanidad y recoger de él un puñado de su materia, mientras el atardecer de su sol anuncia la encendida luz de sus lunas... ya merecía ahorrar para un boleto. «¿Cuánto costaría una visita?», pensé. E inmediatamente después me sentí defraudado por mi forma de razonar, al relacionar la naturaleza de aquellos planetas con el abyecto uso del dinero.

«40 años luz», pensé con un suspiro que encerraba grandes sueños. Entonces me puse a calcular cuánto eran 40 años luz para una persona como yo, que a veces gasta una hora en el metro para visitar a un amigo. Bien. Si la luz viaja a 299 mil 792 km por segundo, y 60 segundos forman un minuto, y 60 minutos forman una hora, y el día tiene 24 horas, y el año tiene 365 días, y se trata de calcular cuántos kilómetros son 40 años luz, se llega a la insoportable cantidad de 945 424 000 000 000 000, es decir novecientos cuarenta y cinco mil cuatrocientos veinticuatro billones de kilómetros. Una cantidad que rebasa por mucho la idea de eternidad que yo tenía hace cuatro semanas, si tuviera el tiempo para recorrerla a la velocidad con que paseo por el malecón.

«Imposible», pensé. «Si no estamos solos en el universo, tal vez estemos infinitamente aislados y perdidos en nuestra perversión». Pensé que una distancia como ésa me convertía en algo infinitamente pequeño, e infinitamente reducida era esa distancia en comparación con los 13 mil 400 millones de años luz que separan a la Tierra de GN-z11, la galaxia más lejana detectada hasta ahora. Me quedé sorprendido de cómo me había sorprendido en un principio la noticia de aquel sistema solar. ¿No había dicho ya Giordano Bruno, en su escrito Del universo infinito y los mundos (1584), que fuera del sistema aristotélico flotan infinitos mundos y seres en ellos, quizá infinitamente más inteligentes que nosotros? ¿No había sido ésa una de las proposiciones que lo llevaron a los calabozos de la Inquisición, torturado durante casi diez años, hasta caminar por el Campo dei Fiori con una aguja cruzada por la lengua para evitar su elocuencia, antes de ser quemado en la hoguera? ¿De qué me sorprendía entonces con esta noticia? ¿No soy yo mismo un escenario por donde transitan partículas infinitamente más pequeñas que un átomo, como los neutrinos, bosones, quarks y otra ralea, y cuya actividad me hace pensar en otros universos dentro de éste?

Infinitamente pequeños... ¿O no?

Cochito de Balandra

Comments have been closed for this article.