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Perder amigos: el ciclo de las relaciones y el proceso de duelo

Hace unos meses mi mamá tuvo una decepción con una de las que consideraba su mejor amiga. Desde entonces ha sacado el tema en varias ocasiones en nuestras pláticas preguntándose, y preguntándome, si es que ella hizo algo como para merecer los últimos tratos que ella consideró muy poco amables en su último encuentro. Al respecto de este caso, yo creo varias cosas, pero la que me parece importante, y por lo que conté la anécdota, es que la amistad es como el amor: a veces sí dura para siempre, pero la mayoría de las ocasiones es algo temporal; no porque alguna de las dos partes haga algo malo, simplemente porque todos cambiamos.

Cuando empieza una buena amistad, siempre tenemos varios puntos de contacto que nos hacen sentir cerca, pero el tiempo va pasando y las necesidades y deseos que tenemos van cambiando. Las mejores amistades son esas que van caminando juntas y siguen compartiendo los mismos intereses, pero muchas veces sucederá que, aunque hayamos sido los mejores amigos del mundo, empezaremos a notar que se manifiesta una distancia que poco a poco va creciendo.

Cuando una de las dos personas en la amistad hace o dice algo que pone en evidencia el cambio de prioridades en su círculo amistoso o en su vida, entre lo que también se puede incluir no hacer o no decir nada porque la negación también es una acción, la otra persona puede entrar en conflicto. Me viene a la mente una canción que habla sobre la culpabilidad que puede sentir una persona por la distancia que crece entre dos personas. La realidad, creo yo, no es que una de las dos personas en la relación sea la responsable de esa distancia, simplemente es que todos nos movemos y cambiamos.

Si lo digo es porque creo haber vivido esa experiencia en otras etapas de mi vida y sucedió con completa naturalidad. Aunque continúo viendo a una amiga de la primaria, la mejor amiga que tuve entonces, ya no es siquiera una persona a la que pueda contactar, con todo y que existe el dichoso facebook. Lo mismo me sucedió con la mejor amiga que conocí en la preparatoria, seguimos viéndonos durante un buen tramo de la universidad, pero al finalizar las materias nuestros correos fueron cada vez menos frecuentes y al final, simplemente ya nunca me contestó.

Ahora, que no sintamos culpa no significa que no deba de dolernos, como cualquier otra relación interpersonal es una pérdida y se merece su tiempo de duelo. En lo que quiero hacer énfasis es en que el hecho de que perdamos amistades es parte del ciclo natural de las relaciones de amistad pero también relaciones humanas en general. La vida está llena de encuentros y desencuentros, pero eso nunca determinará la calidad de persona que somos. La gente no se va porque ‘hagamos algo mal’, se va porque dejamos de compartir intereses, porque las prioridades cambian y porque la vida avanza. Muchas veces nosotros mismos seremos los que decidiremos partir.

Claro, no es que no entienda la reacción de duda o cuestionamiento, tal vez yo misma algún día pase por una situación igual o similar a la de mi madre, pero sí creo que no debemos quedarnos anclados en esa sensación ni pensar, por una experiencia así, que algo está mal con nosotros. Lo bello de las amistades, a fin de cuentas, es que podemos seguir cultivándolas a lo largo de toda la vida. La amistad es un recurso renovable y a lo largo de nuestro paso por este mundo rinde frutos hermosos, si los amigos nos acompañan toda la vida o un instante es lo de menos porque las experiencias y conocimientos que aprendemos se quedarán con nosotros hasta el último suspiro.

Elisa E.

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