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¿Cuál es la relación que existe entre la política y el subdesarrollo en Latinoamérica?

Hay teóricos y estudiosos de las ciencias políticas que piensan que el debate político para Latinoamérica ya no puede girar alrededor de derechas o izquierdas, como ha venido ocurriendo durante los últimos setenta años; en los que las ideologías liberales y conservadoras han gozado de periodos de preeminencia alternándose el poder. Sino que la batalla política actual, lejos de ser ideológica, es práctica; y los que se enfrentan son dos modos de hacer política y dos maneras de manejar la cosa pública diametralmente opuestas. Se trata de un enfrentamiento entre populismo versus república.

Comencemos por decir que el populismo no es una ideología, tampoco es una filosofía política o un programa político estructurado. El populismo se define como una actitud política que consiste en hacer uso de cualquier estrategia persuasiva (sea leal o desleal, cierta o engañosa), para captar la atención y los sentimientos del público. Los populistas buscan capitalizar electoralmente la inconformidad y el rechazo de aquellos que los escuchan.

Desde el gobierno de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, hasta el gobierno de Evo Morales en Bolivia han pasado casi cien años, en los cuales numerosos líderes populistas gobernaron por casi todos los países de Latinoamérica y el común denominador de estos gobiernos populistas (sean de derecha o de izquierda) es el marcado clientelismo y corrupción en todos los asuntos del Estado.

Cuando un líder populista conquista el cargo más importante de elección popular de un país, inicia un proceso sistemático de cooptación de poder. Poco a poco van amalgamando poder mediante la utilización de todo tipo de esguinces a la regla democrática, tales como: Desmantelando instituciones, reescribiendo constituciones, cambiando códigos y leyes, y lo más preocupante, restringiendo las libertades individuales y de comercio de sus pobladores.

Pero, el populismo no llega al poder por pura casualidad ¡Siempre hay una causa! lo cierto es que nuestras democracias han sido poco republicanas: No hemos logrado crear sociedades en las que prevalezca el imperio de la ley, tampoco pudimos establecer justicia para todos, no pudimos impedir que los empresarios buscaran privilegios o los sindicalistas amigos del poder también buscaran los suyos. Las graves fallas de nuestros gobiernos e instituciones democráticas demoraron nuestro desarrollo y crearon las condiciones para caer en las redes del populismo.

Los carismáticos líderes populistas consideran que el voto de las mayorías les otorga la facultad para hacer cumplir la denominada “voluntad popular”, no importa si en el intento quebrantan las leyes y la constitución vigentes. Pero, ¿Quién decide cuál es esa voluntad popular?

Eso lo define el mismo líder populista por supuesto.

Por lo tanto, poco importa como el ciudadano decide gastar, ahorrar o invertir su dinero, ya que es el Estado (o sea el líder populista) quien mejor sabe cómo administrar las opciones económicas de las personas. Es un escenario en el que se promueve la idea de que solo los funcionarios del gobierno tienen el conocimiento para tomar las decisiones importantes, incluyendo las individuales, claro que según el populista, éstas medidas redundarán en un beneficio para los más pobres (las mayorías).

Obviamente, esa promesa de bienestar colectivo finalmente nunca llega; pero algunos sí mejoran su nivel de vida, los que ejercen el gobierno y su círculo más cercano.

Los grandes líderes populistas como Juan Domingo Perón, Benito Mussollini, Cristina Fernández de Kirchner, Hugo Chávez Frías o Getúlio Vargas, coinciden en tomar una parte de la población y volverla el enemigo interno, que junto con el enemigo externo, se convierten en lo que los populistas llaman “el antipueblo”. Entonces, por un lado está el pueblo y por otro lado está el antipueblo.

En cada discurso, el populista busca insertar odio en la sociedad, hacer que el pueblo odie al antipueblo. Como dijimos, el antipueblo puede tomar diferentes formas externas o internas: La oligarquía, la plutocracia, los yanquis, los españoles conquistadores o los empresarios locales. Por el contrario, el pueblo es el súmmum de todas las virtudes de una sociedad: El pueblo es honrado, es trabajador, es desinteresado, es humilde, es generoso y nunca se equivoca; y en consecuencia, siempre escoge al mejor líder.

Con este discurso polarizador en el que se ofrece una dicotomía o una realidad maniquea (pueblo y antipueblo), el populista logra que una gran parte de la sociedad crea ciegamente en él. Le perdonan todos los robos, actos de corrupción, cambios de constitución, falta de justicia y crisis económica, porque supuestamente todo lo que el populista hace es en nombre del pueblo y cualquier cosa que vaya mal, siempre será culpa del antipueblo.

Todo esto se refuerza con actos de adoctrinamiento masivo en los programas de radio, televisión, redes sociales y también en el sistema educativo.

Todo proyecto populista busca apoderarse de los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). El programa populista se completa con la implementación de misiones, planes, subsidios y dádivas a gran escala que buscan satisfacer ciertas necesidades sociales. Por supuesto, estos planes o misiones se publicitan de tal manera que el líder populista es quien pareciera curar la desigualdad y miseria en la sociedad.

Para poder financiar todo lo anterior tienen que aumentar los impuestos, aumentar la deuda pública y aumentar la inflación que se come el ahorro de los pobres.

Este desbordado incremento de los gastos del Estado nunca alcanza; y las misiones, dádivas y subsidios distribuidas a los ciudadanos cada vez son menos eficientes y de menor calidad. Finalmente, cuando el dinero se acaba, la economía entra en estanflación (estancamiento e inflación), y los gobiernos desesperados empiezan a tomar otras medidas, como: Controles de precios, controles de tarifas, controles a las importaciones y exportaciones del país. Hasta que llega un punto en que la economía colapsa, tal como está sucediendo en Venezuela.

De cualquier modo, la culpa nunca será del populista, para eso está el antipueblo. Es decir, los enemigos internos y externos que previamente el populista inventó. Y mientras en el resto del mundo 2/3 partes de la población dejan de vivir en pobreza, en los países populistas sin que haya guerra, la pobreza sigue aumentando.

Sergio Augusto Alvarez Vargas

Comments

arturove     26 January 2017

En resumen, no se puede confiar en ningun político... muy triste, pero el gobierno del hombre no tiene futuro, y caerá de una u otra forma.

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