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¿Estás listo para iniciar una relación?

Estás solo, sales a caminar por la ciudad y pareciera que todas las parejas del puerto se hubieran puesto de acuerdo para echarte en cara que ellos sí tienen a alguien con quien pasear de la mano. Mientras continúas con tu solitaria travesía te preguntas si te quedaras solo para siempre, pensamientos de que nunca encontrarás a alguien como tú te asaltan desde todos los frentes, y te vas hundiendo más y más en ese bucle infinito de angustia y soledad.

Sin embargo, cuando piensas que no queda nada de esperanza y que todo está perdido, llegas al malecón de la ciudad y ¡sorpresa! Te encuentras con el amor de tu vida, una chica preciosa e igual de sola que tú, que fuma un cigarrillo mientras reflexiona con la mirada perdida en el atardecer. Te armas de valor, te acercas a ella, y sin saber cómo ni cuándo inicias una conversación donde cada palabra nace desde lo más profundo de sus almas.

Lo has conseguido, has conectado con ella, deciden ir a cenar a algún lugar. Siguen charlando amenamente, comienzan a descubrir sus puntos en común y sus discrepancias sobre todo tipo de temas. La velada se llena de risas, vino, miradas coquetas, hasta que deciden no postergar más aquello que ambos quieren y se van en busca de la habitación con la cama donde llegarán al éxtasis de su encuentro teniendo relaciones sexuales.

Los dos han quedado tan dormidos como un muerto, desnudos y abrazados. La luz de la mañana ya comienza a entrar por la ventana, tu mente comienza a despejarse de los sueños y el vino de anoche, y de repente un sentir inesperado te asalta. La ansiedad se apodera poco a poco de tu mente, haciéndote preguntas para las que no estabas preparado: “¿Es ésto lo que realmente quiero? Pero, ¿y mis planes de viajar por todo el mundo? No la puedo llevar conmigo, no podría con los gastos. Ni hablar de soportar ese detalle suyo de sacarse el moco en público, seguramente su cuarto es un desorden, no podría vivir con una persona así, ¿mencionó si tenía trabajo?”.

Asustado y dejándote guiar por tus impulsos primitivos de supervivencia te escabulles discretamente de la cama, te vistes rápidamente tratando de hacer el menor ruido posible y cuando estás listo para partir la volteas a ver una última vez, y otra pregunta aparece en tu interior: “¿Estoy haciendo lo correcto?”. Hay un caos en tu conciencia, y finalmente decides salir antes de que se despierte y te mire vestido a punto de salir por la puerta como un cobarde. No le has dejado tu número de teléfono ni ningún medio por dónde contactarte.

Mientras caminas por la calle enciendes un cigarrillo y comienzas a reflexionar sobre todo lo que acaba de pasar. Las preguntas llueven como balas en el frente de guerra. “¿No era justo esto lo que estaba buscando, compañía, una chica interesante, que tuviera algo de qué hablar que no tuviera que ver con las nuevas películas en taquilla o los últimos escándalos del mundo del espectáculo? ¿Por qué me fui?”.

Llegas a tu departamento, tan vacío y solitario como siempre, y te diriges derecho hacia tu cama. Hay un desorden en todo tu piso, pateas cosas en tu camino hacia tu habitación, igual de oscura que todos los días. Te preguntas entonces si lo que pensaste sobre todo lo malo de la chica no era más bien una proyección de ti mismo. Te empieza a doler la cabeza por la contradicción interior que has descubierto tras esta experiencia. “¿Por qué me fui?”, insiste la incógnita en tu cabeza. Otro polo de tu conciencia, harto de ver cómo lloriqueas y te quejas como un niño que no sabe lo que hace, te regala la respuesta que tanto buscas: “porque tienes miedo”.

“¿Miedo? ¿Miedo de qué? ¡Si soy la persona más valiente, siempre enfrento los retos con valor, no soy un cobarde!”. Cierras los ojos, tratando de entenderte a ti mismo. “Sí, sí lo eres. Hace unas horas te lamentabas como llevas haciendo desde hace meses por no conocer a alguien, por lo injusto de un mundo que te había dejado sin posibilidades de conectar con otra persona, y ahora que por fin pudiste hacerlo, saliste corriendo como la persona inmadura y cobarde que eres”. La negación persiste, te niegas a creer que lo que te está susurrando ese interlocutor dentro de ti sea verdad.

Y entonces lo entiendes. La voz en tu interior tiene toda la razón. Decides revelar la verdad pronunciándola con las palabras que le corresponden: “Le tengo miedo al compromiso”. De repente todo adquiere una gran claridad. Una rápida retrospección te hace descubrir que en realidad ese ha sido tu problema desde hace tiempo, y que tu última relación amorosa fracasó por lo mismo. “Tengo miedo de comprometerme, porque siento que no podría con una responsabilidad tan grande como lo es vivir en pareja, y terminaría por… huir”.

Cierto alivio acompaña tu último suspiro, y ahora que sabes que no estás listo para iniciar una relación, decides que tienes un pendiente que resolver: “¿Por qué le tengo tanto miedo al compromiso de vivir con alguien?”, te preguntas mientras te paras de la cama, decidido a encontrar la respuesta a esa pregunta, para después reprender nuevamente la travesía en busca de la chica que dejaste ir esta mañana. 

Dogo Filósofo