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¿Son los políticos buenas o malas personas?

Prendes la tele y ahí están. Sales a la tienda de la esquina y las paredes lucen tapizadas con sus caras, colores y consignas. Entras a las redes sociales y un nuevo escándalo mediático está siendo compartido por varios de tus contactos. Los políticos, lo queramos o no, están en todas partes, ya sea porque quieren convencerte de que votes por ellos y te afilies a su partido, o simplemente porque desean persuadirte para que pienses que son gente honesta que trabaja para la comunidad.

En este panorama, donde pareciera que por doquier hay un político saqueando al erario público,  surge una pregunta inevitable: ¿Son los políticos buenas o malas personas? ¿Podemos de verdad confiar en los encargados de decidir—en una supuesta “representación popular”— las leyes del juego? ¿O lo funcionarios públicos son, por el contrario, gente mala que deberíamos meter a la cárcel de una vez por todas?

Esta pregunta es compleja, y por lo tanto no tiene una respuesta que se reduzca a un sí o un no. Así como cada cabeza es un mundo, cada político es una enredadera de acciones buenas y malas: no podemos juzgar a todos por igual, sino que tenemos que hacerlo por separado, analizando y observando con criterio cómo los distintos servidores públicos desempeñan el cargo que les corresponde.

Si bien en los últimos años pareciera que no, que lo políticos definitivamente no son buenas personas, afirmar esto sería generalizar demasiado, porque también existen individuos que nos han demostrado todo lo contrario. Ahí tenemos a José Mujica, ex presidente de Uruguay, quien ha sido un parteaguas en el estereotipo de político —una persona que se roba el dinero de los impuestos y sólo hace negocios para beneficio personal desde su posición—. Por el contrario, con todo y su bocho del 68, Mujica ha puesto el ejemplo de que se puede ser un político austero, un verdadero servidor público que trabaja para el pueblo y no derrocha (ni se roba) millones de pesos para vivir como rey a costa de la gente que gobierna.

En México también está el ejemplo de Pedro Kumamoto, un diputado jalisciense de tan sólo 25 años que ha demostrado cómo se puede gobernar por y para el pueblo, invitando a la ciudadanía a participar y a ser individuos comprometidos en la construcción de una sociedad más justa y equitativa, donde todas las voces sean escuchadas y tomadas en cuenta. Todo esto con el apoyo de las nuevas tecnologías y las redes sociales para generar estrategias de inclusión y participación comunitaria.

Sin embargo, tampoco podemos ocultar que existen políticos de la más alta corrupción. Continuando con el país mexicano, el presidente Enrique Peña Nieto ha sido señalado reiteradas veces por múltiples actos de corrupción, como la Casa Blanca, el plagio de su tesis de licenciatura, los casos de Ayotzinapa y Tlatlaya, y un largo, largo etcétera. Sin embargo, y contrario a lo que toda persona buena y honesta haría, en cada ocasión el presidente lo ha negado todo, evitando dar la cara y aceptar la responsabilidad de haber actuado indebidamente.

Pero, ¿a qué se deberá tanta corrupción? ¿Por qué son tan pocos los políticos buenos, en contraste con los malos? Quizás estas personas no inician su carrera política como malas personas, pero es bien sabido el dicho que reza “el poder corrompe”. Así pues, si lo que queremos es ser representados por personas buenas y verdaderamente honestas, quizás tendríamos que desconfiar más de los políticos, y limitar su actuar a la voluntad del pueblo desarrollando mecanismos de impartición de justicia que le concedan más poder a los ciudadanos. O quizás deberíamos aprender a votar con mayor criterio y dejar de poner en puestos públicos a personas que, desde antes de ocupar estos cargos, ya vienen arrastrando un historial de malos actos y corrupción.

A fin de cuentas, de eso se trata la democracia, de conseguir que la voluntad del pueblo sea la que mande y decida las reglas jurídico-políticas de la sociedad. Pero mientras no comprendamos que de nosotros depende vigilar y exigir que los políticos se comporten y actúen como se debe, las cosas no van a cambiar. Porque, buenos o malos, los políticos siguen siendo, queramos o no, las personas que "escogemos" para que nos gobiernen. 

Dogo Filósofo