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Un grito de guerra, antes que una Oda a la Alegría

Apenas levantó la batuta el director Marco Parisotto, apenas sonó la primera nota del allegro ma non troppo y la Novena Sinfonía de Beethoven comenzó a resonar completa en mi cabeza. 

Entonces me sumergí en los gestos de los músicos, las pequeñas batallas entre oboes y flautas, los solos de contrabajo, el contrapunto de los violines, los acentos de las percusiones, la fuerza con que arremetieron los arcos a los chelos, el romanticismo de las violas, la profundidad de los fagots y la sonoridad victoriosa de los metales.

Estos pequeños guiños me permitieron comprender, hasta ahora, lo lejos que estaba el título del poema asociado a esta obra musical, de sus verdaderas motivaciones.

La Novena es a la vez tempestad y emoción; no es un canto de alegría sino una guerra por la libertad

Hacia 1770, en la Prusia de la dinastía de los Hohenzollen, surgió un movimiento literario opuesto a la iliustración. Johann Georg Hamann, Johann Gottfried von Herder, Johann Wolfgang von Goethe, y entre muchos otros autores más, comenzaron a combatir con emociones el falso racionalismo que proclamaba la existencia de un Dios que todo lo creaba.

La rebeldía que nació en las letras pronto se trasladó a otras manifestaciones artísticas, como la plástica y la música. Pero el mecenazgo que mantenían los poderes eclesiásticos y monárquicos les censuraba. Así fue como comenzó una gran batalla por las libertades del hombre, en la cual los artistas luchaban por su derecho a reflejar en sus obras el malestar social de la época, las grandes diferencias sociales y la hipocresía moral entre las clases más altas.

En el medio de esta rebelión estética -denominada justamente Sturm und Drang (tormenta e impetú) debido al título de una pieza teatral compuesta por Friedrich Maximilian Klinger— surgió un poema que pronto se convertiría en himno para la humanidad: An die Freude, de Friederich Schiller.

Fueron los versos de Schiller los que inspiraron a Ludwig von Beethoven a componer una sinfonía distinta con la que rompió, además de los paradigmas sociales, la estructura musical predominante de la época, con la cual aún ahora conmueve al más duro de los corazones.

El desafío de don Ludwig, el primordial, era el de incorporar las letras de Schiller a una sinfonía. No fue sencillo. El poema elegido era ya de por sí controversial.

Según relatos de la época, el título que eligió Schiller originalmente era Ode an die Freiheit, que se traduce como “Oda a la Libertad”.

Algunos historiadores aseguran que la obra fue censurada y que, para garantizar su publicación, se le pidió al autor sustituir la palabra Freiheit (libertad) por la de Freude (alegría) no sólo en el título sino en toda la obra.

Otros aseguran que ya por la época revolucionaria algunos estudiantes la cantaban como himno, utilizando las notas de La Marsellesa, y que fueron ellos quienes sustituyeron la palabra para “ampliar su significado: aunque el destino del hombre es la libertad, el desarrollo completo de ese destino debe desembocar en la alegría”, como lo señalan Nuria C. Arocas, José Antonio Calañas y Ana R. Calero en el libro Friederich Schiller: Estudios sobre la Recepción Literaria e Interdisciplinaria de su Obra.

Cualquiera que sea la realidad, cuando Beethoven conoció el poema en 1793, el texto ya había sido cambiado, pero el espíritu libertario y combativo del mismo permanecía.

Libertad, igualdad y fraternidad

Mientras escucho el segundo movimiento y veo revolotear el recortado copete de Parisotto, me veo yo también entusiasmado, agitando mi cabeza como el director, revoloteando mi propio copete, aun más ralo que el de quien sostiene la batuta, pues por fin entiendo la libertad por la que también luchaba mi padre cuando atacaba con tinta y pasión un pedazo de papel y escuchaba esta sinfonía.

Voy a utilizar las palabras de Matías Rivas porque expresan mejor mi descubrimiento: la libertad que buscaba Beethoven “no es cualquiera, sino que es, en primera instancia, libertad para crear”.

Para encontrarse a sí mismo, Beethoven buscaba “la libertad para ser y, finalmente, la libertad para vivir y relacionarse con los demás”, como escribe Rivas y, como ese mismo autor señala, ésa es la relación entre la libertad y la fraternidad.  

Alegría, bella chispa divina

Nada conmueve tanto como el tercer movimiento. Sus notas fueron las precursoras del romanticismo alemán y se puede apreciar en la expresión de Parisotto.

Mientras conduce esta parte, el cuerpo del director se mece casi con ternura, la mano izquierda pegada al corazón, la derecha ondeando la batuta casi como siguiendo el movimiento que provoca el viento en un campo sembrado con flores.

La mayor alegría, la chispa divina de la que habla Schiller en sus versos, es la del amor incondicional, aquel que se profesa a otros sin esperar nada a cambio.

“Quien haya alcanzado la fortuna / de poseer la amistad de un amigo / quien haya conquistado a una mujer deleitable / una su júbilo al nuestro”, los versos de Schiller me ponen contento.

Si ___ Do Re Re Do Si La Sol Sol La Si Si

Tres sordos resoplidos al contrafagot anticipan las notas más conocidas por la humanidad. Es el cuarto movimiento, el que ha estremecido al mundo entero, y ya el coro ha comenzado a cantar los versos.

Don Ludwig, comprendo ahora, está librando en esas notas una batalla sin cuartel por su derecho a crear con libertad.

Entonces me despiertan los aplausos, los de un teatro que se viene abajo y los míos propios. Grito frenético un solo “¡bravo!”.

Roedor de Lencería

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