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Leviatán de Paul Auster

Hace dos fines de semana me dormí a las cinco de la mañana del sábado, por culpa de una novela que descubrí y que me llenó de una sensibilidad inusual cuando estoy sobrio. Se trata de Leviatán, de Paul Auster. Está en la edición de compactos de Anagrama, de color rojo y con una imagen de la Estatua de la Libertad incendiándose en la portada.

Para mí, la forma de los libros tiene su importancia. No podría leer con igual gusto cuentos de Allan Poe en un libro de texto, de esos amplios y de acabados satinados. Unos cuentos como ésos deben venir dentro de un libro que su sola presencia indique una oportunidad de no estar del todo aquí, de transportarte, aunque se trate de una impostura, de una imitación, al ambiente de lo viejo y de lo horrendo; de lo empastado y perdurable o de las tapas rústicas que acaban como un ave atravesada por una bala, de tanto leerse.

La novela de Auster no tenía ni una característica ni otra. Tapa blanda, pero completamente nuevo. Aun así, me colocó en el ámbito de las novelas modernas. De las novelas que están ya dentro del ciclo «millennials». Al leer los primeros párrafos no tuve duda de que la historia sería complicada, si es que quería explicar la muerte violenta de su principal protagonista, que aparece ya en las primeras páginas desmembrado por una bomba casera que explotó en sus manos («algunas partes de su cuerpo estaban hasta quince metros alejadas del centro de la explosión», explica el autor).

Leviatán entonces es un conjunto de reminiscencias. El narrador necesita ir al pasado para justificar un final que ya anunció desde el principio. Pero conforme vamos avanzando, desde muy temprano de hecho, nos damos cuenta que el poder de los flashbacks en el relato no radican en la justificación del final, sino que por sí mismos son ya pequeñas historias, contextualización de personajes verosímiles pero excéntricos, en la siempre fértil y siempre fuerte ciudad de Nueva York, donde todo puede suceder, y efectivamente sucede en la novela de tal forma que sentimos una especie de envidia por esas vidas o un duelo por lo que pudo haber sido de nosotros y no fue.

A las cinco de la mañana me quedaban sólo aproximadamente 70 páginas por leer. Estaba cansado y estaba asombrado. Como escritor me picaba la idea de estar frente a una novela que yo hubiese querido escribir. El tema igual: esa intervención como testigos invisibles en las cloacas, no demasiado exageradas ni demasiado enfermizas, de la vida de un puñado de sujetos enredados en los alambres de una gran ciudad; comunicados y cargados por esos alambres.

Como lector sentí que el ejercicio de la lectura en mí se había refrescado con este libro. Y se atravesó el viejo e inocente sentimiento de no querer terminar la historia, de querer seguir conociendo los actos de estas personas, con sus frases y sus neurosis, que no soportamos en nuestros semejantes pero que nos cruzan como un rayo cuando las hayamos en la ficción. A cuántos escritores que hemos leído, pensé, les hace falta esa valentía de presionar a sus invenciones para que hagan lo que no haríamos, para que empujen sus vidas desde atrás o desde el centro, pero nunca siendo arrastradas por ellas, de la manera que un niño arrastra un coche, o de la manera en que el ambiente arrastra a la putrefacción a un trozo de carne olvidado fuera del refrigerador, en una casa donde los habitantes salieron de vacaciones.

Al día siguiente terminé de leer el libro. A esas alturas la justificación del final era poco importante para mí. No se puede justificar un acto, como si se tratara de ir recolectando todas las piezas de un juego de mesa, y entenderlo todo cuando estén completas. No es así. Lo que sucede dentro del tiempo no se parece en nada a un juego de mesa, porque el conocimiento de cada una de sus piezas nos lleva a otros juegos, a otros juegos que no imaginábamos, o que no esperábamos que nos sorprendieran (teníamos la esperanza), y terminaron sorprendiendo a nuestra propia esperanza.

Leviatán de Paul Auster, recomendada.

Cochito de Balandra