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Miedo y asco en Las Vegas

«En un sitio donde todos son culpables, el único delito es que te atrapen. El único pecado es la estupidez»

Hunter S. Thompson

No tengo una fecha precisa de cuándo comenzó a ser la drogadicción un tema de interés en la literatura. No quiero irme muy atrás en ello, porque tendría que recurrir a libros sobre cultura greco-romana (remontémonos a los griegos) y no cabrían las notas al pie en este blog. Quiero recordar antes que todo a La leyenda del santo bebedor. Un cuento largo o novela corta sobre la fortuna de un ebrio que tiene todo para convertirse en la leyenda de todo un pueblo, o de la comunidad de borrachos del mundo.

En el siglo pasado hay otra obra que se ha vuelto leyenda, y película; es Miedo y asco en Las Vegas. Yo nunca la había leído antes de este fin de semana. Me había limitado a intentar ver la película una sola vez pero sentí tanto hastío (no asco) y los diálogos se me hicieron tan desagradables en ese momento de mi vida, que preferí no seguir viéndola. Mi interés por esa película se debía a mi interés por las drogas en general, específicamente el LSD y otros alucinógenos. Pero al verla no sentí nada más allá de lo que había experimentado cuando no estaba demasiado hasta el culo como para soportar la borrachera de mis amigos, que tenían ya muchas horas bebiendo y se creían los dioses del mundo.

Miedo y asco en Las Vegas, a fin de cuenta, como película, es la reseña de un libro escrita en su solapa, y no nos ofrece a los lectores más que imágenes de una tortuosa caminata por un mundo de artificio, como las sustancias que se meten dos hombres poco menos repelentes que medio kilo de mierda. No los quisiera ni como suegros, ni como yernos. Y si alguna vez me topo con ellos quisiera ser el que bebe más del grupo, y el que se mete más porquería, para no tener que estar soportando sus caprichos de yonkis que buscan convertirse en bebés a través de las drogas porque les deprime actuar de otra manera.

En fin. No hay ninguna superioridad moral sobre nadie. El texto de Miedo y asco en Las Vegas es simpatiquísimo, o así lo vi, en comparación con la película y en comparación con lo que había oído acerca de ello. Es increíble, en el sentido de que es dificil creer que después de pasar una semana consumiendo toda clase de psicotrópicos, hayan podido mantenerse en pie sin dormir una sola hora y teniendo diálogos gramaticalmente aceptables. Hay que ver que el texto no estaba siendo escrito en tiempo real, y que tampoco fue escrito a la semana siguiente de los acontecimientos, sino que tuvieron que pasar unos cinco años, para que el autor defecara en una crónica un cuerpo bien formado, coherente dentro de sus barbaridades y a ratos muy divertido.

La locura del sueño americano se ve expresada grotescamente, lamentablemente, si es que fuiste educado en una escuela católica o cristiana y te enseñaron que la verdadera vida tiene un solo camino. Es en muchos aspectos un perfil de quienes son capaces de pasar por encima de las leyes en busca de su propia satisfacción, y que tergiversan en su fuero interno las opiniones o participaciones de los demás, a través de un filtro que lo justifica y lo hace sentir cómodo éticamente, pues al fin y al cabo todo es una locura, una falacia, una hipocresía por aquí y por allá, y una bandeja llena de corrupción y excrecencias.

Siendo una crónica, la voz en primera persona nos obliga a no quedarnos en lo que acabo de decir, o sea a no quedarnos en el comportamiento del protagonista, sino escuchar con detenimiento sus observaciones, en este caso casi todas relacionadas con la cultura de las drogas y la ebriedad a finales de los sesenta en Estados Unidos. Y como ya he dicho, con la hipocresía de la que están rodeadas, o de una peligrosa sinceridad por aquéllos que se han creído el cuento de papá Gobierno, mamá Iglesia, y hermana Sociedad, y que trabajan para ellos, no sólo como empleados, policías, curas, sino como consumidores pasivos de esas ideas y velocirraptors silenciosos dispuestos a devorarte si tienes algo que ver con la metanfetamina o la mezcalina.

En conclusión, buen libro, resultado sin duda de una civilización que puede encerrar dentro de sí un sitio como Las Vegas, en el que «cada noche es crucificado un gorila en un círculo giratorio, encima de la rueda del Black Jack antes de que toda clase de psicópatas apuesten su sueldo».

Cochito de Balandra

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