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La era del vacío

La primera edición de La era del vacío fue en 1983, es decir hace 34 años. Lo que el autor plantea en ella es un estado de cosas en las que la paradoja parece ser el eje central. Ruptura y continuidad por aquí y por allá, o ambas en un mismo fenómeno. El autor publicaría años después un ensayo en el que trataría el funcionamiento de esas grandes paradojas en La felicidad paradójica. Sin embargo, el prólogo valdría para presentarlo hoy en día como si hubiese sido escrito ayer. Quiero decir que después de 34 años sigue siendo un prólogo actual para una era de vacío, agregando, por supuesto, muchos detalles sobre la tecnología de la comunicación, que no obstante pareciera que vienen incluidos en los últimos párrafos, cuando se refiere a la insignificancia del contenido de la expresión, en un escenario de libertad, donde el primer receptor y el más interesado es el emisor mismo, un Narciso.

Por otra parte, por muchos aciertos que tenga el texto de Lipovetsky, son aciertos que a mi juicio se basan en las experiencias subjetivas de los lectores, que pueden verse identificados o ver en el texto reflejos reconocibles de la realidad en la que viven. Así como, según Graeber, las hipótesis sobre la economía incipiente pueden no ser más que mundos imaginarios, pero verosímiles, los ejemplos en la prosa de Lipovetsky son verosímiles porque los vemos todos los días, pero no conforman una tesis sólida sobre el carácter de esta era. Esa manera de presentar su pensamiento es una ventaja para el escritor. Recuérdese que él mismo es resultado de la era que describe, una de cuyas características principales es lo paradójico. Y así como habla de la hiperespecialización, del estudio de pequeñas parcelas que crece en esta época, confirmamos en su texto esa misma parcialidad que él señala pero, ojo, que no condena, porque lo que está intentando hacer es describir, no militar de un lado u otro.

Nosotros deberíamos preguntarnos ahora si la hiperespecialización, como la lucha por las minorías, por ideales específicos y que aparentemente tiene poca repercusión para cambios grandes en la sociedad son un mero narcisismo colectivo por nuestra parte, o si obedecen actualmente a unos deseos menos mezquinos. Creo que deberíamos preguntarnos, por ejemplo, si en verdad ya no somos capaces de formar parte activa de grandes ideologías, y sólo nos concentramos en nosotros como individuos, en un «presente perpetuo». También creo que sería muy importante preguntarnos a qué clase de ideologías seríamos capaces de adherirnos, y si esas ideologías no representan un sistema efectivamente caduco; o si, por el contrario, estamos ante la oportunidad de crear nuevas formas de relacionarnos, en la que el sujeto esté en el centro, en convivencia con su naturaleza y buscando un sentido en la vida, sin que por ello esa búsqueda y ese sujeto sean una simple moneda de cambio, una fuente de ingresos para otros cuyo poder todavía obedece a las eras del capitalismo de la modernidad surgida en el siglo XVI.

Hay que preguntarnos a qué sociedad se refiere Lipovetsky cuando habla de una era del vacío. Si esos ciudadanos se encuentran manufacturando telas en Korea, o escarbando con palas en el Congo, o comprando un vino en Carrefour. En ese sentido está la parcialidad de Lipovetsky, cuyos textos realmente me sorprenden y creo que reflejan realidades, pero siendo la realidad tan compleja hoy en día, tan infinitamente entrecruzadas sus relaciones, no puede abarcarla, ni presentar pretendidas verdades incuestionables, sino ensayar sobre las explicaciones para un mundo que, además, no para de cambiar, y que cada vez lo hace más rápido. 

Cochito de Balandra

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