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Terapia familiar: cuando la comunicación no es suficiente

En artículos anteriores he hablado de la comunicación en el entorno familiar como una herramienta para mejorar la convivencia familiar y como causa de armonía o discordia. Aunque es cierto que la comunicación es de gran utilidad, también es verdad que muchas veces está en un estado tan frágil que los beneficios que podría traer no logran verse.

Cuando esto sucede, es recomendable recurrir a la terapia familiar pues es un entorno seguro en el cual los lazos dañados pueden resanarse y donde incluso conflictos de gran escala y antigüedad pueden tratar de solucionarse. Ahora bien, quisiera pensar que los argumentos simples y llanos bastan para convencer a la gente de una práctica, pero cuando se trata de un tema tabú es algo un poco más complicado.

Las razones exactas por las que la terapia carga con estigmas las desconozco, pero sí sé que algunos de los motivos se relacionan con el nexo que las terapias tuvieron en un inicio con el psicoanálisis y la psiquiatría. Quienes asistían a terapia eran personas etiquetadas como "locos" y el admitir que uno visitaba a un psiquiatra o un psicoanalista era lo menos que uno podía pensar en compartir con amistades o parientes porque dichas aseveraciones equivalían a decir "voy con el loquero".

Conforme fue avanzando el siglo veinte los psiquiatras y las distintas escuelas de terapia que comenzaron a conformarse florecieron cada vez más y más y la práctica terapéutica comenzó a normalizarse. A pesar de esto, el estigma de locura, enfermedad y mala reputación continuó siendo parte de la fama de las terapias. Aunque ya pasamos la primera década del siglo veintiuno y estamos más cerca de iniciar la tercera, la terapia sigue cargando con ese peso para muchas personas y si se trata de dinámicas distintas a la individual, aún más.

Es cierto que hay más gente que acude a terapias, pero si hablamos de las dinámicas grupales, de pareja o familiar, es otro asunto, porque si uno va a terapia como individuo es decisión propia, pero ¿ir a un grupo? No suena como algo viable para la mayoría de personas porque es como ir a ventilar tu vida con un montón de desconocidos, muchas veces incluyendo al terapeuta. Si seguimos con las terapias de pareja o de familia, el asunto empeora porque para muchas personas la terapia pone en duda la capacidad de los involucrados en la relación de pareja o familiar.

Para mucha gente el ir a terapia implica no la voluntad de mejorar, sino la prueba irrefutable de que quienes asisten están defectuosos o tienen una incapacidad para relacionarse con el otro. Nada más falso que esto. Quienes asisten a terapia, sea de forma individual, en grupo, pareja o familia, no están defectuosos ni son menos que quienes no lo hacen, simplemente aceptan la asistencia de un profesional de la mente y la sana convivencia.

Para dejar las cosas más claras, un terapeuta es un mediador y un facilitador del diálogo, con otros y con uno mismo. Quienes hemos tenido la suerte de encontrar un buen terapeuta sabemos que las sesiones no consisten en un lavado de cerebro y que la dinámica no se relaciona con juicios y mucho menos con relatar problemas que el terapeuta resolverá por nosotros. Ir a terapia es una decisión y resulta en un proceso de autodescubrimiento y análisis de nuestras acciones diarias: mirar desde otra perspectiva nuestra vida, dejar hábitos que nos hacen daño y adoptar actitudes constructivas.

Entonces, la terapia familiar no implica que los involucrados estén defectuosos, sino que es la oportunidad que se da un grupo de personas que probablemente haya observado que las actitudes y los procesos de convivencia no son favorables ni propician la armonía. Asistir a terapia familiar es como ir por una dotación de útiles y herramientas para sortear las dificultades que puedan surgir en el camino y para sanear la convivencia en un círculo al que estamos expuestos día con día de la mano de un experto, para observar con más cuidado nuestras acciones y para mejorar las habilidades sociales.

La terapia, de cualquier tipo, es más necesaria de lo que podría pensarse porque ninguno de nosotros recibe educación emocional ni le da la importancia necesaria a escuchar su interior para conocer las necesidades personales, atenderlas y satisfacerlas. Así que si ustedes o alguien en su familia llega a proponer la terapia familiar, no la rechacen, más que calificaciones o juicios van a salir con un arsenal de herramientas para mejorar su vida dentro y fuera de casa.

Elisa E.

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