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La mayor mentira en la religión

La religión es, hoy en día, una de las instituciones más cuestionadas sobre la faz de la tierra. Las razones de esto sobran, pero de cualquier manera, siempre es bueno señalar algunas:

1. Durante más de mil años, el cristianismo hundió a la humanidad en una época de oscuridad total, donde las ideas científicas y todo tipo de pensamiento que cuestionara la biblia o pusiera en duda los “designios sagrados” de Dios muy seguramente terminaba en la hoguera.

2. La intolerancia entre distintas religiones —por ejemplo, entre el Islam, el Cristianismo y el Judaísmo— ha devenido en innumerables guerras, muertes, actos violentos y sufrimiento humano sin precedentes.

3. Los rituales religiosos de los aztecas, que implicaban el sacrificio humano a los dioses, es hoy una de las prácticas politeístas que causan mayor asombro entre aquellos que las descubren: “¿Cómo podían sacrificar humanos a dioses inexistentes para que hubiera una mejor cosecha? Que absurdo”, piensan muchos creyentes, sin darse cuenta de su incongruencia.

 Así pues, la religión ha perdido mucho prestigio hoy en día, sobre todo con las puertas que el Internet nos ha abierto: miles y miles de páginas de la web —que en antaño serían bibliotecas llenas de libros— tienen argumentos históricos con evidencia y fundamentos para denunciar una cosa: la religión es una estafa, es una creación del hombre para someter al hombre.

Ojo, hay que distinguir entre dos argumentaciones: que digamos que la religión es una falacia no significa que estemos rechazando con ella la existencia de un (o unos) Dios (o Dioses), pues este es más bien un debate que le concierne a la metafísica y la teología.

No, lo que estamos señalando aquí es la mentira de la religión como institución, entiéndase esto como un conjunto de iglesias agrupadas bajo una misma creencia compartida, donde hay una jerarquía vertical bajo la que se decide la “interpretación divina” más adecuada según las condiciones existentes y los intereses detrás de los altos mandos representantes de ésta.

Sin lugar a dudas, la religión como institución es maquiavélica. Sin embargo, creo que es necesario hacer especial énfasis en cuál ha sido la mayor mentira, la mayor blasfemia de una estructura deísta que ha provocado infinito dolor y oscuridad en la especie humana. Hablo, por supuesto, de la fantasía del más allá.

Uno de los mayores —sino es que el mayor temor— de todo ser humano es el miedo a la muerte, el miedo a “no ser”, como podríamos conceptualizar desde una óptica heideggeriana. ¿Por qué? Quizás porque desde que tenemos memoria, siempre “hemos sido”, y “no ser” (o volver a esa carencia de existencia llamada “la nada”) es una idea que se torna aterradora al pensar en que no estaremos más en el mundo para disfrutar de los grandes placeres que ello implica.

El filósofo alemán, Martín Heidegger, puso esta cuestión en el centro de su pensamiento filosófico al cuestionarse por el ser, una pregunta filosófica de carácter metafísico. Dentro de sus ideas, partía de la unidad de tiempo para determinar la “existencia humana” (o dasein), que está limitada por la vida que un individuo puede disfrutar “estando” en la tierra.

Es dentro de todas esta ideas —que no abordaré por motivos de espacio y tiempo—, que Heidegger propone ver a la muerte, no como una idea que nos llena de miedo, sino como un destino infranqueable que nos lleve a vivir la vida con mayor pasión, fuerza y arranque. Al saber y reconocer que nuestro tiempo de existencia es sumamente limitado —si lo comparamos con todo el tiempo que no existiremos—, es inevitable no querer disfrutar cada “insignificante” momento y sacarle el mayor provecho hasta al segundo más superfluo.

Sin embargo, como se podrá imaginar el lector, lo que la religión propone es exactamente todo lo contrario: no ver la muerte a los ojos, mejor ocultar la realidad de que moriremos tarde o temprano, tapar aquello que más nos aterra —la religión nos lleva a vivir “inauténticamente”, diría Heidegger, en contraposición con una existencia “auténtica”, que implica el reconocimiento de la muerte—.

Así, la religión se ha convertido en una institución que proclama a los 4 vientos la idea que más reconforta a los inauténticos: la vida eterna. ¡Imagínese usted, vivirá para siempre! No, pues ya sabiendo eso puedo desperdiciar días enteros viendo la televisión y comiendo frituras, al cabo que cuando me muera seguiré teniendo tiempo indefinido, ilimitado, para hacer todo lo que se me antoje.

Y claro, la promesa paradisiaca, en muchas religiones, llega a otros extremos. Por ejemplo, en el Islam se les promete a los hombres que tendrá un número increíble de mujeres a su disposición, listas para atenderlos cuando quieran en todas sus necesidades —por ejemplo, alimenticias y sexuales—.

En fin, la religión sigue siendo una creación horrible, no sólo por el dogmatismo que inhibe el pensamiento crítico, o los odios que promueve entre diferentes creyentes, sino porque le miente en la cara a todos los que la siguen con una falacia que a cualquier ignorante lleno de incertidumbre lo llena de alegría y esperanza: la vida será para siempre. Esa es, pues, la mayor mentira de la religión. 

Dogo Filósofo

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