Return to start

Juventud en crisis

La juventud enfrenta una crisis de valores, que deriva de su crisis de identidad. La globalización devastó su relación con la propia cultura a la vez que la desplazaba en detrimento de una cultura mundial heterogénea, y el capitalismo corporativista ha dejado a sus víctimas en un punto en que la cultura no es algo que se adquiera por participación en la misma, sino que se comercializa con ella. Dicho de otra manera: la cultura se consume, y con ello, los valores.

Es una época dicotómica –al menos así se nos suele presentar–, donde las contradicciones que siempre han movido al mundo y al humano son tan evidentes que parecemos haber perdido la capacidad de conciliarlas en nosotros mismos, tan distintas parecen. ¿De qué manera podríamos armonizar el progresismo rampante con el conservadurismo acérrimo? ¿Quién puede acaso unir dentro de sí su deber con la humanidad y su deber con su pueblo? Y es que, en efecto, cualquier atentado de “la sociedad” a elegir entre un capitalismo y un comunismo no sería sino una farsa, ya que no podemos pretender que la gente conoce siquiera la diferencia entre ambas (aunque no nos faltarán ejemplos de enterados que juren conocer a cabalidad ambos sistemas, ya que no nos sobran ignorantes; nos faltan, simplemente, aquellos que reconocemos serlo).

La guerra ideológica ha sido catastrófica. Y no nos referimos a aquella que supuestamente ganó el capitalismo contra el comunismo con la caída de la URSS. No. Hablamos de esa guerra mediática donde el capitalismo globalizado posibilita que grandes intereses pongan en todas partes propaganda para hacer que la gente absorba ideologías que los lleven a actuar contra los propios intereses, en favor de las empresas y grandes organizaciones con intereses meramente económicos y de poder.

Y es que hemos visto cómo Hollywood y gran parte de la prensa se opusieron a Trump con toda su fuerza durante su campaña, tan amenazante para el discurso progresista que tanto le han vendido a la gente, a la vez que grupos conservadores y de una pretendida derecha alternativa (Alt-right) altamente reaccionaria, han encontrado la manera de difundir por sus propios medios sus dogmas con el pueblerino medio. Cada facción impulsa su propia agenda como puede en una sucia guerra donde los únicos perdedores podrían haber sido los americanos, si no fuese porque el mundo está ya totalmente interconectado. Ahora, nos corresponde a todos (y vaya que nos está pesando a los mexicanos) pagar el precio de este enfrentamiento entre titanes.

Porque pocos se dignaron a salir de sus cámaras de eco. Les aterra (muestra, tal vez, de que han asimilado en su totalidad la propaganda que les ha moldeado) comprometer aquello que parece ser lo único sólido que les queda cuando la tradición muere: la ideología. Cuestionar esos valores que les han incrustado (valores que, vale decirlo, suelen hacerlos actuar involuntariamente contra sus intereses y los de su pueblo) es inconcebible. Y aquí ya no nos referimos sólo a la juventud de Estados Unidos, sino a toda la juventud americana. Admitir un error (o abrirse a que les hagan admitirlo) es impensable. Abrirse al diálogo no les parece una opción.

¿Qué le queda a una juventud que ya no sabe a dónde mirar? ¿A una juventud a la que le han convencido de que internet está mejor informado que sus padres, y al que, al navegar en el mismo, bombardean con posturas encontradas, noticias falsas y un uso mezquino de la retórica? ¿Una juventud con valores ajenos que teme volver la crítica hacia todo aquello que ha convertido en parte de su identidad?

Informarse. Leer. Debatir. Empezar a apreciar la discrepancia más que la conveniencia gratuita de todos aquellos que piensan igual. No estamos aquí suscribiendo con esa idea de que ser diferentes nos hace más fuertes. Pero sí estamos sugiriendo que, tal vez, la única opción que le queda a esta confundida juventud es aprender a aprender de sus diferencias, entrenándose en ser más analíticos e inquisitivos. Porque la pérdida de estas actitudes y hábitos (pérdida relacionada, sin duda, al entumecimiento intelectual que se les ha impuesto masivamente) es lo que dejó al mundo en este estado, en primer lugar.

Dogo Filósofo

Comments have been closed for this article.