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Libertad y Dios

El problema con la libertad es que está intrínsecamente relacionada a la responsabilidad.

Fijemos un par de términos. Asumamos al individuo como cualquier ser humano discontinuo de los otros. Dígase, cada uno se encuentra biológicamente separado del otro. Este individuo surge dentro del seno dentro de una sociedad humana (actualmente globalizada), que le proveerá de un estilo de vida, un conjunto de conocimientos y un lenguaje que le permitirá ambas comunicarse (con otros y consigo mismo) y cortar la realidad en conceptos que le serán dados. Además, ésta misma  le proveerá de acceso a la información de culturas; de una preconcepción de lo lógico y lo ilógico; y de múltiples maneras de interpretar la realidad con la que se enfrenta. Todo eso predefinido con anterioridad a la inserción de esta criatura en la sociedad. De modo que el hipotético “individuo” humano nunca se va a dar fuera de un marco social.

Tenemos entonces a una criatura a la que se le ha impuesto un comportamiento, una perspectiva y una lógica. Ha sido ininterrumpidamente expuesto a numerosos y complejos estímulos que han reforzado o debilitado la probabilidad de que responda de cierta manera ante los que se den después. Dígase, este individuo socializado ha estado totalmente condicionado. Su comportamiento depende de los eventos previos en su vida. Y esto incluye, por supuesto, al comportamiento interno. Ver dos palomitas te hará recuperar el concepto de “visto”, por ejemplo. La manera de “asociar” conceptos viene a ser, entonces, resultado del mismo condicionamiento.

Si el pensamiento ha sido entonces condicionado, el individuo es totalmente vulnerable a las condiciones externas (e internas) en las que se desenvuelve. Así, el estado del famoso libre albedrío sería, cuando menos, en exceso dudoso. ¿Cómo podría en verdad actuar libremente un ser que ha sido tan fuertemente determinado en comportamiento, relación de ideas, cultura, lógica y conceptualización del mundo?

El libre albedrío nos indica que el individuo puede decidir por voluntad propia, basándose en su reflexión. Pero ¿qué nos queda cuando esa reflexión ha sido totalmente condicionada? ¿Cuándo hemos sido alentados a reflexionar de cierta manera, con conceptos que nos son dados? ¿En dónde queda la libertad ahí? Esta criatura parecería entonces más una espectadora de sus propias reacciones que otra cosa. Y es que, si se atreviera alguien a argumentar que, a partir de contemplar con horror sus propias acciones, este ser puede intervenir y tomar rienda de la situación, respondemos que esa intervención sería un comportamiento que viene no de alguna especie de mágica, noble y espiritual voluntad, sino que la reflexión misma y el horror que le causa rechazo a sus propias acciones resultan del mismo condicionamiento que le ha provisto la sociedad.

Nos encontramos ante un ser en el que no se puede encontrar libertad alguna, en el que todo está predispuesto por la sociedad. Y esta sociedad, conformada de puros individuos en la misma condición, está precedida por condiciones geológicas, climáticas, físicas, químicas, biológicas y geográficas, de modo que está predeterminada y no puede ser considerada sino una consecuencia lógica y necesaria del desarrollo histórico humano y universal.

Si todo viene a ser una consecuencia fatal de alguna acción previa, entonces tenemos que cada acción es prevista infinitamente por otra, pero alguna causa primordial tuvo que darse, por lo que el resto de las acciones están atadas al punto inicial. Sin embargo, esta primera acción se ramifica de manera infinita, por lo que todo se convierte en consecuencia lógica y si todo es consecuencia lógica, nada ni nadie es responsable, pues todo está predeterminado y predicho por el evento anterior, por lo que la única responsabilidad posible es la de la primera causa. Nos enfrentamos, pues, al Dios de Aristóteles: la causa incausada, que sería luego secuestrada por los cristianos y maquillado para justificar una especie de voluntad independiente del condicionamiento a partir de algún elemento espiritual.

Aristóteles nos indica que éste Dios se excluye de inmediato de su obra y desde una perspectiva cristiana donde este ser es perfecto, esto debería ser evidente, puesto que es el ser perfecto y omnisciente. Un ser con tales características sabe cuáles serán las consecuencias de su primera acción creadora y el cómo llevarla a cabo para que la infinidad de ramificaciones y consecuencias se den de la manera predispuesta en sus razonamientos, por lo que están exentos de error y por ende nunca necesitará intervenir para arreglar algo en la cadena infinita que ha desatado.

Se debe añadir que Dios no puede cambiar de opinión y no puede interceder en su creación sin contradecir su perfección. De esa manera, su responsabilidad se confirma, y corresponde entonces que Dios se excluye de su obra de otra manera, pues al haber desatado una cadena de acciones que se ramifica en todas direcciones y se extiende de manera infinita (pues crece exponencialmente), Dios no tiene cabida en este plano existencial del que está excluido y con el que no puede interactuar y se ve obligado a desaparecer o al menos a trasladarse a otro plano al que su creación no se puede extender, de modo que la interacción se sesga e imposibilita de manera absoluta.

Sin intervención posterior para proveernos de la misma, nos queda la posibilidad de que Dios haya programado el desarrollo del universo de modo que por algún fenómeno emergentista se desarrolle en una criatura llamada “humano” algún espíritu que permita aseverar una facultad de elección libre por la misma. Pero, ¿cómo podría ser así, si, como dijimos, realiza su primera acción para que todas las consiguientes ramificaciones de la misma se desarrollen como él lo planeó? Dado que todo va a suceder de acuerdo con el plan divino de este ser, nosotros quedaríamos relegados a un sitio en el universo como espectadores de nosotros mismos, pues todas nuestras espirituales decisiones sólo estarían ahí para hacer su parte en la realización de tal plan.

Somos esclavos de nuestros cuerpos. ¿Cómo podemos responsabilizar a alguien, o emitir cualquier juicio moral sobre aquello que no es libre y sólo se desarrolla de acuerdo a las leyes naturales? ¿En qué situación quedamos cuando nos descubrimos en esta condición? ¿Qué te queda, sino reaccionar a este texto y tratar de salvar la ilusión de la decisión libre, justificándola ante ti mismo?

Dogo Filósofo

Comments

casia     30 June 2017

Supongo que es una reflexión necesaria y válida. Yo casi todo lo ejemplifico con la vida en familia. El plan del padre es darle a sus hijos casa, educación, amor y disciplina, depende de los hijos lo que harán con eso y las decisiones a largo plazo serán enteramente suyas.

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