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De qué hablamos cuando hablamos de amor

Hace días me pidieron que respondiera qué es el amor. No el amor hacia los padres, nuestras mascotas, nuestro trabajo o pasatiempos, sino el amor hacia una persona desconocida que de pronto deseamos conocer y pasar el resto de nuestros días a su lado. No contesté la pregunta porque, para ser honesto, no tengo respuesta alguna.

 Muchos podrán acordar que, al igual que yo, no saben con seguridad lo que el amor es, y tal vez para ahorrarnos el problema podríamos modificar el soliloquio de Segismundo y dejarlo de la siguiente manera:

¿Qué es el AMOR? Un frenesí.
¿Qué es EL AMOR? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que todo el amor es sueño,
y los sueños, sueños son.

Esta sería una solución adecuada para una sociedad que parece ir por la vida buscando respuestas sencillas (que al final terminan por no serlo), que no le hagan derramar una gota de sudor, una sociedad dada a las respuestas inmediatas.

En fin, dejando de lado el problema de no saber qué es el amor, y tal vez acordando todos en ello, podemos de igual manera acordar que a pesar de no saber lo que es, sí lo hemos experimentado (serenense un momento los racionalistas). Ya sea que la experiencia signifique uno de los estados de felicidad más intensos en el drama de nuestras vidas, o por el contrario, un estado dantesco.

Frente al amor nos parecemos más a los ratones del laboratorio de Watson; atrapados en la indecisión de obtener el queso a riesgo de recibir una poderosa descarga eléctrica. Entonces, ¿por qué aun sabiendo el riesgo que conlleva el amor nos vemos predispuestos a enamorarnos? ¿Es que acaso todos los dolores posibles no son nada frente al placer de sabernos amados?

Podríamos decir que nos gustar el amor porque es una experiencia que ayuda a aliviar la separatidad en la que nos vemos sometidos con frecuencia. Cuando amamos a alguien encontramos oídos para escuchar y una boca para besar las palabras de la conciencia, dispersando así el silencio del mundo: vemos el mundo a través de la persona que amamos. Este amor requiere reciprocidad, si uno de los dos está decidido a ser amado y no amar, está claro que el otro terminará siendo invadido por el mundo sin capacidad de reacción, lanzado al abismo. Esta reciprocidad es lo que podría llamarse Fusión, pero una fusión que se fusiona y no termina de fusionarse.

Dice Eric Fromm: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor”. Sin embargo, el crecimiento de lo amado parece no tener lugar en nuestra sociedad posmoderna, pues crecimiento implica espera, y la espera es sumamente aborrecida en una sociedad acostumbrada a lo inmediato, lo instantáneo. Visto así el amor posmoderno se asemeja más a un producto fugaz, superficial, rápido e intenso. Lo cual podría decirse que contrasta con el amor, el cual requiere entrega, generosidad, sinceridad, comunicación, honestidad, entre otra tonelada de características que simplemente no podemos enlistar aquí y que en realidad no hace falta enlistar, pues el amor es sobre muchas otras cosas actividad. Por el ritmo fugaz se dice que los amores posmodernos han tomado las particularidades de las grandes urbes.

Las generaciones presentes, además, están acostumbradas a permanecer arriba, a las dosis de vida inmediata, que suben con la misma velocidad con la que bajan. Como el alcohol o las drogas, el amor es hoy también una sustancia recreativa, o una que nos embrutece (por malinterpretar a Tolstoi). Un Orfeo posmoderno no descendería por Euridice, buscaría alguna otra ninfa entre las calles de la ciudad. No haríamos mal en llamar orgiástica a esta sociedad donde el escape de la separatividad consiste en eso, en sustancias recreativas, soluciones parciales al problema del aislamiento que concluyen en un incremento de esa sensación de separatividad que inducen a la ingesta recurrente de alcohol, drogas, sexo, amor-inmediato, embrutecimiento al por mayor. 

Frente a las uniones orgiásticas, las personas desean amores de una noche que los entretengan. Pero su deseo radica en la sensación, no en el amor en sí. Este deseo de amores de una noche tiene lugar porque deja la puerta abierta a futuras sensaciones, en lugar de permanecer con la que se tiene, sobrevivir a sus fluctuaciones, trabajar para mantenerla viva, como si se tratase de una llama bajo la lluvia y nosotros una hoja que la cubre; recibimos calor y luz, pero a veces también los nervios reciben quemaduras. Esta disponibilidad de amores de una noche llega a confundir a las personas y las hace creer que el amor es algo que pueden llegar a aprender, que el dominio incrementa con el número de experiencias y en su ejercicio, como cuando se practica constantemente al futbol, o la escritura o la pintura. Creen que gracias a ese conocimiento la relación ulterior será aún mejor, incluso más estimulante que la actual. Bauman diría frente a esto que no se aprende la habilidad de amar, sino de terminar rápido para volver a empezar. Sin embargo, resulta que las personas, como el alcohol y las drogas, terminan en un momento dado por parecernos inservibles ante las garras de la separatividad.

Pero qué puede hacer la sociedad contemporánea, acostumbrada a no derramar una gota de sudor, a no demorar la satisfacción, aquella que desea insanamente obtener todo en el mundo y no cerrarse una sola de sus posibilidades. Resulta que las personas son culpables y a la vez víctimas. Buscan con desesperación alejarse de todo aquello que caracterizaba a las generaciones pasadas, “culpables de las problemáticas actuales”. El amor, como lo Vivian antes, es por lo tanto anticuado y no funcional para esta era. En un mundo donde todo se mueve tan rápido, el cómo llegar a ser amado se ha convertido en una de las problemáticas más grandes, aunada con el dilema de cómo encontrar a la persona digna de ser amada, o mejor aún, dónde encontrarla. Pero quizá el más grande problema es el conflicto existente entre el anhelo y el fenómeno en sí de enamorarse. Se busca constantemente una persona que cumpla con todas las características que proponemos para la persona amada, para ese anhelo de amor que guardamos producto de películas, revistas, televisión y redes sociales.

Tan solo como una mera especulación, y corriendo el riesgo de caer en un cliché, quizá debamos considerar que es en las polaridades donde se encuentran las relaciones más fructíferas. Como El día y la noche, el cielo y la tierra. Rumi alguna vez dijo: “Sin la Tierra, ¿despuntarían las flores, echarían flores los árboles? ¿Qué, entonces, producirían el calor y el agua del Cielo?”. En lugar de anhelar alguna Helena o algún Adonis, deberíamos ver a los ojos a quien nos ama y preguntarnos si no amamos también a esa persona, pero nos alejamos bajo pretexto de la búsqueda de nuestros anhelos de amor, cuando en realidad estamos tan aterrados de la unión como de la separatividad. No hay absolutamente nada ridículo en ello, somos a fin de cuentas seres contradictorios, y así son también en algunas ocasiones los enamoramientos. Polaridad fisiológica y psicológica puede convertirse en nuestra aliada. En el dar y el recibir fisiológico, la fusión de cuerpos, en el dar y recibir psicológico, fusión de espíritus. Nos fusionamos, pero sin perder nuestra individualidad; una paradoja del hombre para el hombre.

En fin, ¿qué pretendo con todo esto? Bueno, como dije en un inicio, me hicieron la pregunta y no contesté en su momento. Todo este texto es una especie de respuesta tardía al reclamo de una amiga que se sintió ofendida por no haber respondido su pregunta. Las personas creen que cuando no contestas es porque no estás interesado en lo que dicen. Es solo que hay preguntas que no me atrevo a contestar con negligente prontitud. La respuesta del amor implica una vida, y su conocimiento no es a través del pensamiento, ni el pensamiento del amor por el amor, sino en el acto de experimentar la unidad con el otro o lo otro. Pero eso de nueva cuenta no es el amor, pues lo dicho no es sino una serie de palabras que la razón extrae del pensamiento.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? De todo y de nada. Esa respuesta no la hallarán en un libro, una canción o un blog. A fin de cuentas el amor es una peste y un encanto, una dicha y una angustia, por eso nos agrada, por su fluctuación. Pero para las personas sedientas de respuesta rápidas, diría que el amor es poesía petrificada que se revela con el acto y no con las palabras. 

Eduardo Ramirez Aparicio

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