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La innovación y la política

Aquel que utiliza todas las herramientas que tiene a su disposición, haciendo uso de su ingenio, para transformar la realidad y construir su progreso, automáticamente se convierte en un innovador.

Aunque este concepto sea algo genérico y ambiguo, estoy seguro que muchos de nosotros asociamos el término “innovación” con inventores, visionarios y estadistas de la talla de Steve Jobs, cuyas creaciones revolucionarias apuntaban a que cualquier ciudadano pudiera tener un computador, un Ipod o un Iphone, transformando así nuestras vidas; haciendo que el procesamiento de datos llegara a nuestros hogares y bolsillos para que con un sólo click pudiéramos resolver problemas cotidianos, y de paso, revolucionando la industria de la música.

Todo innovador, primero; divisa un problema que debe ser resuelto o identifica una necesidad que precisa ser satisfecha; posteriormente, plantea la solución a este problema o necesidad, formulando una idea o invención que resulta ser eficaz.

¿Y la política? ¿Podremos innovar en la política?

Después de todo, la política también tiene enormes retos y problemas que requieren solución, como el de la corrupción y la falta de transparencia.

¿Alguna vez te has preguntado si la neurociencia, la conectividad, la nanotecnología, la automatización, la robótica y el diseño de software se pueden incorporar al mundo de la política para mejorarla?

Lo más probable es que no, de todas formas, no hay que ser una pitonisa para saber que los políticos no gozan de esa capacidad de innovar o mejorar, a menos que se trate de diseñar nuevos trucos y argucias para saquear el erario.

Y es que generalmente la política muta y evoluciona a un ritmo mucho más lento que los flagelos que tanto la desprestigian, algunos dirían que en política mientras se avanza un paso, se retroceden dos.

No obstante, contrario al sentir de muchos, en la política también hay numerosos casos de innovación y mejora, que vienen desde hace miles de años. Por ejemplo, Aristóteles nos enseñó que cuando no existen principios en los sistemas de gobierno, estos se corrompen; que la monarquía si no tiene principios, termina convertida en una tiranía; que la aristocracia entendida como el gobierno de los mejores si no tiene principios, termina siendo una oligarquía y que la democracia sin principios, termina degenerando en anarquía.

Otro ejemplo es Milton Friedman, quien nos enseñó que un estado grande, paquidérmico y burocrático termina defraudando mediante los impuestos y tributos el ahorro de los pobres; y las más veces, reprime la capacidad inventiva de los ciudadanos y el desarrollo de los negocios en la sociedad.

Pero, será que si incorporamos una conciencia altamente innovadora como fuerza que module todo en la política, ¿podríamos tener la esperanza de que se resuelvan en las próximas décadas los problemas de inequidad, falta de oportunidades, exclusión, mala calidad en la educación e inseguridad que padece toda Latinoamérica?

De lo que estoy seguro, es que los buenos indicadores sociales, la mejoría en la calidad de vida, el desarrollo económico, la eficiente prestación de los servicios públicos, la competitividad y hasta la felicidad no dependen sólo de la política.

Quizás existen factores más profundos que determinan la naturaleza malsana de la política Latinoamericana, ¿alguna vez te has preguntado si merecemos la política que tenemos? Detente un momento a pensar que una sociedad que admira al sagaz, al tramposo, al derrochador y al descortés, no puede producir políticos admirables.

En este orden de ideas, la política es como la televisión o la industria de la música; es decir, un reflejo del tejido social decadente de nuestras comunidades, carcomida por una cultura de la ilegalidad que ha venido permeando a las juventudes de todas las clases sociales en los más diversos barrios, colegios, parques y universidades.

Y si la política es reflejo de nuestras comunidades, será esta la razón por la cual el Estado y la clase política nunca están pensando en cómo hacer todos los cambios neurálgicos de la sociedad. A lo mejor no innovamos en política porque tampoco innovamos, o lo hacemos muy poco en otros ámbitos.

Si miramos que tan innovadora es la economía regional de Latinoamérica, nos damos cuenta que apenas representamos el 0.5% de los registros de patentes globales y el 2.8% de las exportaciones con valor agregado. De hecho, países como Corea del Sur, que era más pobre que Colombia, Perú, Brasil o México en la década de los sesentas, produce muchas más patentes que toda Latinoamérica. Lo mismo sucede con Israel, siendo un país pequeño y de escasos recursos naturales.

Pero, ¿podemos soñar con la innovación política en Latinoamérica?

América Latina tiene grandes retos; la mitad de nuestros mayores adultos no tiene cobertura pensional, somos una región joven donde el promedio de edad es de 27 años y enfrentamos unos preocupantes niveles de desempleo en ese sector de la población. Naciones Unidas nos dice que Latinoamérica tiene el 31% de los homicidios que se presentan en el mundo, y las principales víctimas y victimarios están entre los 19 y los 25 años de edad.

Estas dificultades apremian, si adaptamos el significado del término “innovación”, entonces debemos hacer uso de todos nuestros recursos, utilizando nuestra experiencia e ingenio para estructurar el tipo de política que necesitamos para construir progreso, para salvar a las juventudes, para proteger a las familias y recomponer el tejido social deshecho por la cultura de la ilegalidad.

Todo esto es posible, pues hoy somos ciudadanos distintos, tenemos en la palma de la mano un Smartphone que nos permite comunicar a nuestros seres queridos y conocidos los problemas que aquejan al país o el barrio.

Hoy, las dinámicas sociales de los ciudadanos son distintas, están altamente influenciadas por el entorno tecnológico, pero depende de nosotros mismos pasar de una política tradicional que se hacía con jerarquías; a una que va a estar conformada por redes, pasar de unos partidos que trataban a los ciudadanos como si fueran marionetas, a un sistema político en el que se empodere a cada uno de los ciudadanos de causas como la transparencia en la gestión pública, las veedurías ciudadanas, la rendición de cuentas y el voto programático; sólo así pasaremos de la privacidad y el secretismo en política, a la transparencia.

Sergio Augusto Alvarez Vargas

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