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Como un profesor inspiró el legado de hacer el aula un refugio para los niños invisibles

“Yo era uno de esos niños. El estudiante del que los profesores cuchicheaban”.

Hoy, una historia que llegó a mi escritorio me hizo reflexionar. Era acerca de una joven estudiante que sufría mucho descuido y abuso emocional por parte de su familia. Estefania Andrade fue a la escuela cada día con un estómago hambriento y ropa sucia y se sentaba en el fondo del salón para no llamar la atención. “Rara vez hacía contacto visual con nadie. No tenía amigos, solo quería ser invisible”, dijo.

Por más que lo intentó, Andrade no pudo mantenerse invisible para su profesora de cuarto año, la profesora Herrera. La educadora inmediatamente reconocería a la niña que necesitaba no solo ropa limpia y una comida caliente, sino una mano que la guiara en el proceso difícil de convertirse en un adulto.

“Iba directo al salón de la profesora Herrera apenas llegaba a la escuela. Ella me hacía una coleta de caballo y me decía que me lavara la cara, además de recordarme de usar ropa limpia”, dijo ella. “Después de semanas de no entregar mi tarea, la profesora Herrera finalmente tuvo suficiente. Me llevó al pasillo y me dio un sermón de ‘debes hacerte responsable por ti misma’’. Me dijo que ya no me iba a lavar la cara, peinarme, o darme de comer antes de la escuela pues era ahora MI responsabilidad”.

La señorita Herrera era una educadora en toda la extensión de la palabra que sabía que educar a menudo se extiende a más allá del salón y hacia otros aspectos de la vida de un niño. Esas primeras lecciones de la profesora Herrera permitieron que Andrade caminara con la cabeza un poco más en alto por los pasillos y eventualmente le dio la confianza y disciplina para participar en clases, entregar tareas y hacer amistades. Cuando Andrade se unió a un pequeño equipo, caminaba hacia y del entrenamiento día a día e iba a cada juego a pesar de la ausencia de sus padres. En muchas ocasiones, ella miraba hacia las gradas después de un partido y veía a su profesora, la Sra Herrera, motivándola y dándole aliento desde su lugar en las gradas.

Cuando ya estaba a punto de graduarse de la preparatoria, Andrade dió luz a una hija y tuvo que quedarse en casa para cuidar del nuevo bebé. La escuela le asignó a un profesor que le ayudaría a continuar con su educación. “Con reluctancia abrí la puerta y la profesora Herrera estaba parada en el porche de mi mamá con mis tareas en la mano”, dijo. Durante el curso de las siguientes semanas, la profesora Herrera no solo le daba instrucciones a su antigua alumna en las tareas que tenía que hacer para graduarse sino que también le enseñó las habilidades que necesitaba como madre primeriza para cuidar de su pequeña hija. “Aprendí cómo sostener una botella correctamente, cómo sostener a mi bebé mientras estudiaba y probablemente una de las mejores lecciones de la vida: si quería darle una buena vida a mi bebé, tenía que educarme”, dijo.

No solo Andrade se graduó a tiempo, también lo hizo con honores. Y ahora trabaja como profesora de cuarto grado no solo en la misma escuela sino en el mismo salón que lo hizo la profesora Herrera hace muchos años.

“Estefania es la victoriosa, no yo. Enseñamos, eso es lo que hacemos”, dijo la profesora Herrera. “A los profesores les importa porque viene del corazón. Tenía un trabajo que hacer, prepararlos para el quinto grado y me lo tomé muy en serio. Tienen opciones y usualmente, los llevaba hacia la opción que los hiciera ser lo mejor que pudieran ser”.

Andrade dijo, “Le debo tanto a tantos profesores. Y la única forma en la que puedo siquiera pensar en cómo pagarles aunque sea solo una porción de lo que me han dado es enseñar y pasarlo. Entró al salón de clases cada día y trato de identificar a los estudiantes invisibles. He visto que muchos entran a mi salón de clases y déjenme decirles, esos niños son sobrevivientes. Han pasado por tanto abuso, hambre y descuido y todavía pueden levantarse e ir a la escuela y pretender que tienen una vida normal”.


Cuando le preguntaron qué consejo podría darle a alguien interesado en el área de la educación, Andrade dijo, “No hay otra profesión que podría darte una satisfacción laboral de la forma en la que educar lo hace. Y, ya seas un niño invisible o no, una educación es la única cosa que nadie te puede quitar”.

Eira Regalado Cavazos