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Los elefantes bailan, pero no saltan

Los elefantes bailan, aunque nunca nadie los haya visto; lo que no pueden hacer es saltar.

Su danza, dice Sir Ruyard Kipling en su popular colección de cuentos “El Libro de la Jungla”, se puede apreciar en las llanuras de la India, donde al culminar la temporada para cazar paquidermos aparecían sus famosas pistas de baile: grandes claros en el bosque donde la vegetación era aplastada misteriosamente.

“Ahora, los elefantes golpeaban el suelo todos a la vez, y aquello sonaba como un conjunto de tambores guerreros a la entrada de una caverna […] Era el martilleo de centenares de pies sobre la tierra desnuda. Una o dos veces notó que Kala Nag y los demás se adelantaban unos cuantos pasos. Los golpes sordos se convertían en un rumor de vegetación llena de savia, pisoteada. Al cabo de un par de minutos, el estruendo se reanudaba”, así describe el baile Kipling.

La descripción del novelista aventurero parece sacada de una realidad alterna, porque en el mundo real no hay nada más silencioso que el andar de un elefante.

¿No lo crees? Al principio nosotros tampoco, porque con sus enormes patas y su enorme peso todo hace pensar que al caminar se escuchará mucho ruido.

Sin embargo, las patas de los elefantes son como un gran colchón gracias a la grasa que se acumula en la superficie redonda con la que pisan.

De hecho, poca gente sabe que los elefantes caminan de puntitas, apoyados solamente con los dedos de sus patas (sí, tienen dedos, cinco para ser exactos aunque solamente tres presentan uñas), y soportando una porción de su peso con el cojín de grasa que las rodea.

Pero, ¿por qué no saltan?

La verdad es que no se ha podido encontrar una razón científica. Algunos dicen que es por su peso, pero los rinocerontes sí pueden hacerlo. Además los elefantes pueden sentarse sobre sus patas traseras, alzando una o sus dos patas delanteras e incluso pueden imitar a un hombre que se arrodilla con sus patas delanteras.

Otros han dicho que la razón es precisamente porque no tienen rodillas, pero sí las tienen. No son cuatro, como algunos dicen, tienen rodillas en sus patas traseras y articulaciones que semejan más las de los codos en las delanteras.

Si pueden adoptar una posición similar al arrodillamiento con las patas de adelante es porque en realidad doblan lo que en una analogía con el cuerpo humano se asemeja más a las muñecas.

Puede ser, entonces, que la estructura recta de sus patas y sus articulaciones –distintas a las del resto de los animales— sean la razón, pero esto es apenas una especulación.

Por lo pronto, nosotros soñamos en conseguir hacer realidad la ficticia hazaña del joven Toomai –el personaje de Kipling— y a lomo de elefante llegar a los montes de Garo, una noche de verano, para presenciar el ensordecedor baile de los elefantes.

Roedor de Lencería