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Me gusta la Navidad solo por los regalos

Si estás leyendo esto, lo más seguro es que pertenezcas, al igual que yo, a esa cosa posmoderna llamada “Siglo XXI” —eso, o finalmente se construyó la máquina del tiempo y viajaste al pasado y… olvídalo—. Por ende, también perteneces a una época histórica determinada —entre otras cosas como la revolución digital, la expansión de Internet y la posibilidad de que Trump gane las elecciones— por un paradigma económico devastador: el mercantilismo del capitalismo neoliberal.  

Te tocó vivir, pues, esa etapa de la humanidad posterior a la Guerra Fría, de la cual el bloque capitalista resultó “vencedor”. Desde la caída del muro en el '89, las cosas no han mejorado mucho. Por el contrario, han empeorado. Sin embargo, un común denominador que como civilización hemos experimentado la mayoría de la población es que gran parte de la vida se ha mercantilizado. ¿Qué queremos decir con esto? Pues nada más que muchos de los aspectos de la cotidianidad han caído en una relación económica, donde todo lo percibimos y experimentamos a partir de su utilidad.

“¿Pero de qué demonios me está hablando este hombre? ¡Yo sólo quería leer un maldito artículo sobre la navidad!”. Pues bueno, no se desesperen, para allá vamos. Para sintetizar esto del paradigma del mercantilismo y la utilidad capitalista, podemos irnos directo a un hecho concreto: las relaciones familiares. En pocas palabras, lo que el capitalismo ha hecho es que la Navidad se haya convertido en un evento que a muchos sólo les importa por los regalos, por la utilidad en forma de objetos materiales que van a recibir. El pavo ya no importa, ni la reunión familiar. No, importan los regalos. Sin embargo, para hacerlo más ilustrativo, vamos a exponer un caso hipotético con el que exploraremos el interior de una mente a la que sólo le gusta la Navidad por los regalos. Vamos a ello.

Finalmente, ya es 24 de Diciembre, ¡no puedo creerlo, creí que nunca llegaría este momento! ¿A quién engaño? Si sólo por eso me he portado tan bien con mi mamá en la última semana. No le he dicho ninguna grosería, llegué a tiempo de todas mis fiestas, y sólo tomé dinero de su cartera dos veces en los últimos diez días. Definitivamente, esto va para bien.

Claro que por lo que más estoy ansioso es por ver qué me regalará mi papá. Él siempre sabe cómo sorprenderme. El año pasado me dio esa bicicleta que quería, y el antepasado esos tenis tan caros. La navidad es definitivamente la mejor época del año. Recuerdo cuando mi papá me regaló también esa consola de videojuegos, ¡cuántas horas no me he divertido con ella!

Aunque, si he de ser sincero, ha habido tantas veces que he querido que me regalen… algo más. Su tiempo, por ejemplo. ¿Es mucho pedir una hora a la semana para pasarla con su hijo y hacer algo juntos? Siempre me han regalado cosas, me han llenado de cosas pero nunca me han dado lo que siempre he querido: atención, dedicación. Claro que yo tampoco he sido el mejor hijo, pero… ¿no deberían haber dado ellos el primer paso?

Es absurdo, ¿por qué tratar de comprar mi amor con regalos? ¿Por qué insistir en seguir el mismo ritual todos los años, tan lleno de nada, tan lleno de obsequios con los que intentamos tapar un vacío tremendo? No lo entiendo, y quizás nunca lo entienda. Quizás, cuando yo tengo hijos, haga lo mismo. Llegaré tarde a los cumpleaños de mi hijo, no asistiré a sus presentaciones en la escuela y cuando llegue Navidad, le regalaré exactamente lo que yo pienso que quiere, que en realidad será aquello que solicitó hace más de un año cuando se acercaba su cumpleaños.

Como sea, la verdad es que Navidad sigue siendo genial, porque me dan regalos. Y es en estas fechas cuando uno se puede engañar con más facilidad, sólo hay que mirar las películas e imitar a las familias que aparecen ahí. Es más, sólo hay que hablar con tu vecino para recordar cuál es el protocolo. Ya sabes, nada de alterar ni desestabilizar a los demás, nada de expresar tus verdaderos sentimientos. Al contrario, hay que guardar silencio, hay que apegarse al libreto, seguir el guion al pie de la letra. Sólo así sobreviviremos a una Navidad más, sólo así dejaremos la pistola debajo de la cama un año más.

Sí, no hay por qué arruinarle la navidad a nadie. Digo, ellos te han arruinado una vida entera, pero no es su culpa, nunca han sabido que los regalos no son suficientes. Y quizás nunca lo sepan. Quizás esta sea mi condena. Seguir recibiendo regalos, seguir haciéndole creer al mundo entero que la Navidad sólo me gusta por los regalos. 

Dogo Filósofo