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La mirada de un artista a la planta más antigua del planeta

La pasión de Karl Blossfeldt (Alemania, 1865-1932) eran las plantas, pensaba que debían ser valoradas como una estructura arquitectónica totalmente artística. Dedicó su vida a colectar ejemplares que encontraba en el camino, en los terraplenes; casi como un taxónomo clasificaba las familias y anotaba minuciosamente el nombre científico, la fecha y el lugar del hallazgo. Después las fotografiaba con una cámara creada por él mismo, que le permitía ampliar el tamaño hasta treinta veces.

Blossfeldt no intentaba hacer un objeto artístico ni tenía una inclinación científica; quería descubrir las formas de la naturaleza que nos rodean, estudiar “la fuerza primigenia, que empuja a todo a adoptar una forma artística sublime”. Fotografiaba la misma planta repetidas veces y las colocaba en series, como Equisetum hyemale, parecía que buscaba el arquetipo de la naturaleza.

Las cinco fotografías de equisetos de esta serie abre una nueva forma de percepción, la amplificación reduce las propiedades vitales para observar la perfección de las formas geométricas y estructurales de una de las plantas más antiguas del planeta: su aspecto es el reflejo de un tiempo lejano, en el que aún no se habían formado las flores. Aunque parezca contradictorio, la fuerte impresión objetiva de esta serie invita a hacer interpretaciones emocionales.

El inesperado reconocimiento como fotógrafo ocurre hasta 1926, cuando Karl Nierendorf, un galerista berlinés, descubre el aporte de sus fotografías para el proyecto del arte de vanguardia, y organiza una exposición. Blossfeldt sólo usaba las fotografías como recurso para enseñar las formas y estructuras de la naturaleza a sus estudiantes de dibujo exacto y de transcripción plástica al relieve.

Posiblemente nunca imaginó la exitosa recepción de su afición para la época, quedaron interesados diversas corrientes artísticas que no eran compatibles entre sí: tanto la nueva objetividad como el surrealismo. Dejó al mundo desconcertado con esa insólita realidad cotidiana, que nunca nos habíamos detenido a mirar. 

Cristina del Río Francos

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